miércoles, 14 de octubre de 2015

Una reflexión a propósito de la muerte del Loco Aldo


Al Loco Aldo la realidad lo perseguía insistiéndole para que por favor la modificara según sus opiniones y pareceres. Y de tanto crear realidades allí donde no había, el Loco fue creando un universo paralelo, otro mundo, hecho a imagen y semejanza de sus propias convicciones, porfiadas no siempre reales, pero siempre a contracorriente.

El mundo locoaldiano.

El que suscribe tuvo el extraño privilegio de haber sido consecutivamente uno de sus mejores amigos y uno de sus más enconados enemigos. Un lapso fue de treintaicinco  años y el otro de veinte.

Porque el Loco Aldo era así. Cero o uno. Blanco o negro. Los matices o los términos medios no existían desde donde entregaba sus opiniones lapidarias que emergían de su particular manera de ver el mundo. Y cuando no le alcanzaban los argumentos  de la realidad, pues sin falta inventaba los que le requería, sin más.

Esa técnica filosófica imparable me permitió encontrar una nueva definición para el concepto de verdad: la Verdad en el cosmos locoaldiano, era una mentira contada por él.

Así, más valía estar de acuerdo con sus propuestas y definiciones, so pena de sufrir su argumentación sagaz e imaginativa que no se detenía en comprobaciones o datos de la realidad objetiva. Como decimos, bastaba que se lo imaginara y lo dijera para que lo dicho tomara vida propia.

Tuve también el privilegio de ver más o menos de cerca su transfiguración del joven José Díaz de la escuela y el liceo, al mejor de los tres estados que tuvo en su vida: cuando se convirtió en el Loco Aldo. Luego, muchos años más tarde, mutaría a su última condición: el Guatón Aldo.

En el Loco Aldo vibró siempre un anhelo escondido por aquello que admiraba y que le habría gustado ser y si acaso lo habrá dicho alguna vez. El Loco habría querido ser poeta. Lo dijo uno de esos días de caminar juntos. Me gustaría escribir poesía, pero no soy un poeta, dijo en un tono de impronta poética de verdad.

Y si no pudo o no quiso adentrase en esos vericuetos, fue por aquello que definió siempre su vida: su dificultad para vincularse con sus emociones, su casi absoluto analfabetismo emocional.

Por eso cultivó su forma ruda y a trazos dura de ser y de vincularse incluso con los que uno podría sospechar que quería o que debía querer.

No mostraba sus emociones, ni sus sentimientos. Los bloqueaba por la vía de sus arrestos de franqueza verbal que le hacía hablar sin filtros. Consideraba en el secreto de sus convicciones que una persona emocionalmente provista era una persona débil y en su mundo locoaldiano, eso era impensable.

Es que era un ser humano complejo. Y no como algunos han querido establecer: un dechado de virtudes, un militante ejemplar, un sujeto responsable y puntual, un compañero disponible a toda hora.

No fue así. Hizo lo suyo, es cierto, pero riéndose de todo, sobre todo de las formalidades, los símbolos y las solemnidades. Dudo que alguna vez haya estado en alguna reunión. El Loco Aldo que parece en ciertos discursos no es muy parecido al que era en realidad

Dudo que alguien se le haya escapado a sus comentarios burlones y muchas veces brutales, tanto como precisos. Y si no encontraba argumentos para reírse de alguien o hacerlo blanco de algún comentario jocoso, simplemente, también los inventaba.

Y eso rasgos profunda y humanamente mezclados, contradictorios, risueños, burlescos, irónicos, ácidos y muchas veces hirientes, eran precisamente los que seducían a quienes lo conocían.

El Loco Aldo tenía una inteligencia deslumbrante que le permitía dominar las situaciones y conocer de un vistazo a las personas. Pero por sobre el juicio, afirmado en datos de la realidad, en detalles comprobables y certeros,  cultivaba con esmero el prejuicio, afirmado solo en su opinión espontánea y burlona. Y le asentaba.

Tenía, por la misma razón de una inteligencia privilegiada, la capacidad de sacar adelante cualquier proyecto que se proponía, aunque quizás no lo hizo con relación a su propia individualidad.

De haberse vinculado con algún arte, en especial con la literatura de la cual gustaba, no habría pasado inadvertido. Pero huía de eso porque ese camino lo llevaba, es una de las funciones del arte, a develar sus emociones y ante eso, se cerraba, como ya hemos dicho.

Era propietario además, de una memoria quizás fotográfica, capaz de recodar detalles y circunstancias muy lejanas con una precisión que deslumbraba. De una sola lectura se aprendió con detalles una novela tan compleja como Cien años de soledad y era capaz de recitar de memoria pasajes completos de esa obra.

Esa configuración locoaldiana fue lo que le permitía una capacidad de liderazgo en los círculos en que se desenvolvió: no le asentaba ser subordinado. Sabía que tenía condiciones para ejercer su propio dominio sobre lo que definiera.

El Loco Aldo fue carnicero, monaguillo, actor, garzón, guardaespaldas y encantador de serpientes. Lo perseguían las pulgas y la gente rara. Don Gato y su Pandilla.

Muchas veces tuve el convencimiento de que sus capacidades intelectuales le permitían modificar la realidad que lo circundaba.

Cuando subíamos  a las micros antiguas, lo suyo era buscar dos cifras en las series numeradas de los boletos: el diez y el veintiséis, que correspondían a las letras J y X, respectivamente. Con ambas letras se puede escribir el nombre Ximena. Y cuando eso no pasaba, igual acomodaba la suma hasta que los números le obedecían y se ordenaban de nuevo hasta que salía el diez y el veintiséis.

Un día nos separamos con el Loco Aldo. Ya se visualizaba su nueva faceta del Guatón Aldo, su tercera etapa. Pude sortear con relativo éxito el exilio hasta donde me envió por la brutal vía de decirle a sus amigos que quienes fuera amigo mío, pasaba a ser su enemigo: nadie quiso arriesgar tamaña amenaza.

Y desde entonces no tuve más que recordarlo desde lejos con mis amigos, con mi familia, y no por una razón nacida de la nostalgia, del dolor de lo pasado, sino porque en muchas de mis evoluciones, no pocas veces me vi siendo o intentando ser como el Loco era. 

Quizás de tener alguna parte interesante en mi vida, lo más probable es que el Loco Aldo tenga que ver.

Mientras dilucido tamaño misterio, seguiré contando historias del Loco Aldo, las de verdad y las prestadas, como decía cuando si no tenía nada que recordar, no tenía ningún problema adjudicarse historias de otros como suyas o en inventar una realidad que se hacía cierta en el fragor de sus palabras. Curiosamente esa técnica se parece mucho a lo que se llama literatura.

Y en estos rasgos profundamente humanos, el Loco fue de texturas, de subidas y de bajadas, de aciertos y errores, de mentiras y verdades, está la verdadera riqueza de su legado.

Y tal como el Loco Aldo fue y no fue de manera simultánea, tengo la convicción que quienes los sobrevivieron tiene la maravillosa opción de vivir al amparo de su leyenda, para ser y no ser como él fue y no fue, en el derrotero mágico de su vida hecha de risas y dolores.



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