Al Loco
Aldo la realidad lo perseguía insistiéndole para que por favor la modificara según
sus opiniones y pareceres. Y de tanto crear realidades allí donde no había, el
Loco fue creando un universo paralelo, otro mundo, hecho a imagen y semejanza
de sus propias convicciones, porfiadas no siempre reales, pero siempre a
contracorriente.
El mundo
locoaldiano.
El que
suscribe tuvo el extraño privilegio de haber sido consecutivamente uno de sus
mejores amigos y uno de sus más enconados enemigos. Un lapso fue de
treintaicinco años y el otro de veinte.
Porque
el Loco Aldo era así. Cero o uno. Blanco o negro. Los matices o los términos
medios no existían desde donde entregaba sus opiniones lapidarias que emergían
de su particular manera de ver el mundo. Y cuando no le alcanzaban los
argumentos de la realidad, pues sin
falta inventaba los que le requería, sin más.
Esa
técnica filosófica imparable me permitió encontrar una nueva definición para el
concepto de verdad: la Verdad en el cosmos locoaldiano, era una mentira contada
por él.
Así,
más valía estar de acuerdo con sus propuestas y definiciones, so pena de sufrir
su argumentación sagaz e imaginativa que no se detenía en comprobaciones o datos
de la realidad objetiva. Como decimos, bastaba que se lo imaginara y lo dijera
para que lo dicho tomara vida propia.
Tuve
también el privilegio de ver más o menos de cerca su transfiguración del joven
José Díaz de la escuela y el liceo, al mejor de los tres estados que tuvo en su
vida: cuando se convirtió en el Loco Aldo. Luego, muchos años más tarde, mutaría
a su última condición: el Guatón Aldo.
En el
Loco Aldo vibró siempre un anhelo escondido por aquello que admiraba y que le
habría gustado ser y si acaso lo habrá dicho alguna vez. El Loco habría querido
ser poeta. Lo dijo uno de esos días de caminar juntos. Me gustaría escribir
poesía, pero no soy un poeta, dijo en un tono de impronta poética de verdad.
Y si no
pudo o no quiso adentrase en esos vericuetos, fue por aquello que definió
siempre su vida: su dificultad para vincularse con sus emociones, su casi
absoluto analfabetismo emocional.
Por eso
cultivó su forma ruda y a trazos dura de ser y de vincularse incluso con los
que uno podría sospechar que quería o que debía querer.
No
mostraba sus emociones, ni sus sentimientos. Los bloqueaba por la vía de sus
arrestos de franqueza verbal que le hacía hablar sin filtros. Consideraba en el
secreto de sus convicciones que una persona emocionalmente provista era una
persona débil y en su mundo locoaldiano, eso era impensable.
Es que
era un ser humano complejo. Y no como algunos han querido establecer: un
dechado de virtudes, un militante ejemplar, un sujeto responsable y puntual, un
compañero disponible a toda hora.
No fue
así. Hizo lo suyo, es cierto, pero riéndose de todo, sobre todo de las
formalidades, los símbolos y las solemnidades. Dudo que alguna vez haya estado
en alguna reunión. El Loco Aldo que parece en ciertos discursos no es muy
parecido al que era en realidad
Dudo
que alguien se le haya escapado a sus comentarios burlones y muchas veces brutales,
tanto como precisos. Y si no encontraba argumentos para reírse de alguien o
hacerlo blanco de algún comentario jocoso, simplemente, también los inventaba.
Y eso
rasgos profunda y humanamente mezclados, contradictorios, risueños, burlescos,
irónicos, ácidos y muchas veces hirientes, eran precisamente los que seducían a
quienes lo conocían.
El Loco
Aldo tenía una inteligencia deslumbrante que le permitía dominar las
situaciones y conocer de un vistazo a las personas. Pero por sobre el juicio,
afirmado en datos de la realidad, en detalles comprobables y certeros, cultivaba con esmero el prejuicio, afirmado
solo en su opinión espontánea y burlona. Y le asentaba.
Tenía,
por la misma razón de una inteligencia privilegiada, la capacidad de sacar adelante
cualquier proyecto que se proponía, aunque quizás no lo hizo con relación a su
propia individualidad.
De
haberse vinculado con algún arte, en especial con la literatura de la cual
gustaba, no habría pasado inadvertido. Pero huía de eso porque ese camino lo
llevaba, es una de las funciones del arte, a develar sus emociones y ante eso,
se cerraba, como ya hemos dicho.
Era
propietario además, de una memoria quizás fotográfica, capaz de recodar
detalles y circunstancias muy lejanas con una precisión que deslumbraba. De una
sola lectura se aprendió con detalles una novela tan compleja como Cien años de
soledad y era capaz de recitar de memoria pasajes completos de esa obra.
Esa
configuración locoaldiana fue lo que le permitía una capacidad de liderazgo en
los círculos en que se desenvolvió: no le asentaba ser subordinado. Sabía que
tenía condiciones para ejercer su propio dominio sobre lo que definiera.
El Loco
Aldo fue carnicero, monaguillo, actor, garzón, guardaespaldas y encantador de
serpientes. Lo perseguían las pulgas y la gente rara. Don Gato y su Pandilla.
Muchas
veces tuve el convencimiento de que sus capacidades intelectuales le permitían
modificar la realidad que lo circundaba.
Cuando
subíamos a las micros antiguas, lo suyo
era buscar dos cifras en las series numeradas de los boletos: el diez y el
veintiséis, que correspondían a las letras J y X, respectivamente. Con ambas
letras se puede escribir el nombre Ximena. Y cuando eso no pasaba, igual
acomodaba la suma hasta que los números le obedecían y se ordenaban de nuevo
hasta que salía el diez y el veintiséis.
Un día
nos separamos con el Loco Aldo. Ya se visualizaba su nueva faceta del Guatón
Aldo, su tercera etapa. Pude sortear con relativo éxito el exilio hasta donde
me envió por la brutal vía de decirle a sus amigos que quienes fuera amigo mío,
pasaba a ser su enemigo: nadie quiso arriesgar tamaña amenaza.
Y desde
entonces no tuve más que recordarlo desde lejos con mis amigos, con mi familia,
y no por una razón nacida de la nostalgia, del dolor de lo pasado, sino porque
en muchas de mis evoluciones, no pocas veces me vi siendo o intentando ser como
el Loco era.
Quizás
de tener alguna parte interesante en mi vida, lo más probable es que el Loco
Aldo tenga que ver.
Mientras
dilucido tamaño misterio, seguiré contando historias del Loco Aldo, las de
verdad y las prestadas, como decía cuando si no tenía nada que recordar, no
tenía ningún problema adjudicarse historias de otros como suyas o en inventar una
realidad que se hacía cierta en el fragor de sus palabras. Curiosamente esa
técnica se parece mucho a lo que se llama literatura.
Y en
estos rasgos profundamente humanos, el Loco fue de texturas, de subidas y de
bajadas, de aciertos y errores, de mentiras y verdades, está la verdadera
riqueza de su legado.
Y tal
como el Loco Aldo fue y no fue de manera simultánea, tengo la convicción que
quienes los sobrevivieron tiene la maravillosa opción de vivir al amparo de su
leyenda, para ser y no ser como él fue y no fue, en el derrotero mágico de su
vida hecha de risas y dolores.
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