El
derrumbe ético que cursa en la Nueva Mayoría consigue cada día expresiones
novedosas las que, de no ser parte de una tragedia de inconmensurables
proyecciones, deberían mover a la risa más honesta.
Utilizando
recursos rascas se firma un acuerdo para congelar los sueldos de las más altas
autoridades y los parlamentarios. Esta vez, no recibirán el aumento que
corresponde al sector público.
Recurso
picante, rasca y carerraja que solo busca un efecto comunicacional.
La
miseria que se ahorra el Estado en esas personas que han hecho fortuna con
sueldos, bonos y prebendas, es una burla para los trabajadores del sector público,
a quienes los mismos signatarios del acuerdo, regatean una chaucha cuando se
sientan a negociar con los gremios.
Por
estos días, y mientras no aparezca alguien que supere la marca, la mejor y más risible demostración de la
definitiva caída ética de la Nueva Mayoría, es lo hecho por el presidente del
Partido Democratacristiano, el ex jugador de rugby y senador por Coquimbo,
Jorge Pizarro.
Quizás afectado
aún por las tensiones vividas con ocasión del caso que vincula a sus hijos con asesorías
verbales hechas a empresas ligadas al pinochetismo, creyó necesario darse un
relajo de fiestas patrias asistiendo el mundial de su deporte favorito en
Inglaterra.
Lo que
no previó el honorable, fue el remezón de 8,4 Richter que asoló la Región que
lo eligió como senador.
¿Por
qué no canceló su viaje si tuvo dos días para hacerlo? Porque simplemente la
gente y sus dramas le importan un soberano pucho. No sólo por la desgracia
emergente de fiestas patrias, sino desde siempre.
Este
desprecio por todo lo que huela a populacho es un rasgo que adquirió tempranamente
la Concertación y que heredó, faltaba más, la Nueva Mayoría.
Y esta
auto concedida facultad de hacer y deshacer con la mayor desfachatez e
impunidad tuvo su punto de mayor expresión cuando se descubre el negociado del
hijo de la presidenta.
Esa
frescura, por cierto ni la primera ni la única ni la última, tuvo el efecto de
finiquitar las virtudes por las que Michelle Bachelet asumió como presidenta
por segunda vez.
Lo que
tiene por el suelo a la coalición gobernante es la corrupción que aún no
termina de desplegarse del todo en los tribunales y que se relaciona con el
entorno familiar directo de la presidenta.
Tramposamente,
se ha querido adjudicar la banca rota de la Nueva Mayoría a su supuesto ánimo
reformista. Ni reforma ni ánimo. Carerrajismo. Las leyes que se han negociado y
que expresan lo ofrecido en el Programa de gobierno no han pasado de ser
acomodos necesarios que flexibilizan aún más el modelo por la vía de agregarle
más modelo.
Los
desastres que de continuo vive la Nueva Mayoría son adjudicables a la
naturaleza de sus componentes y a los rasgos que han adquirido en un cuarto de
siglo de ejercicio del poder si contrapeso.
En ese
lapso no solo se llegó a encontrar bueno
lo que antes era abominable. La reconversión de ex izquierdistas en avezados
neoliberales vino de su íntimo convencimiento de que, visto de cerca, el
capitalismo extremo no era del todo malo y que los enemigos de entonces, ya más
cercanos y colegas del ejercicio chamullento de la política, eran sujetos bien
intencionados, confiables y democráticos.
No
importa si fueron cómplices de los crímenes de la tiranía, a la que gustosos dieron
soporte político y comunicacional.
Hoy, el
neoliberalismo fundado por Pinochet y su pandilla es un modelo al que la Nueva
Mayoría intenta hacer correcciones formales simplemente porque bajo ese dominio
cultural han logrado hacerse de fortunas, posiciones y poder. Y no van a
renunciar a esos privilegios.
Se ha
demostrado que el poder es una droga de la cual es imposible zafarse. Una vez
que se probó, no hay caso. Y se hará cualquier cosa con tal de mantenerse en la
cúspide, y una de esas herramientas más eficaces es el convencimiento de que,
hagan lo que hagan, jamás van a sufrir punición alguna.
Por eso
el sistema político se pobló de zánganos caras de raja a los que les importa un
soberano huevo lo que se diga, piense o haga en contra de sus conductas
inmorales, sus volteretas, traiciones, arreglines, cohechos, transas, tráficos,
negociados, renuncias, mentiras, las cuales, de tanto verlas por la tele, ya no
parecen asombrar ni enojar a nadie.
Por eso
el desparpajo del sinvergüenza del presidente de la Democracia Cristiana que no
se arruga para decir Estoy en el rugby y qué. Total, el hecho de que la zona a la
cual se supone representa esté en ruinas es algo que no es de su
responsabilidad.
Por
eso, cualquier pelafustán con fuero encumbrado como político hace, ofrece y
dice lo que se le da la gana contra los intereses
precarios de la gente tonta que trabaja por un sueldo, convencido que jamás
nadie nunca le va a pasar la cuenta.
La
frescura de raja es una componente esencial de esta cultura. Y su aplicación más
frecuente es hacer risa de la gente crédula y esperanzada. Recordemos no más el
video de la presidenta Michelle Bachelet y su opinión respecto de la bata
blanca de médico: En este país, dijo, es grito y plata. Debió agregar, Para los
giles….
La
lista es larga, aún cuando no aburrida. Si algo tiene este país nuestro de cada
día, es que no falta de qué reírse. Y así como cualquier compatriota sabe que
luego de incendios, inundaciones, terremotos, tsunamis, avalanchas, algo grave
va a pasar, del mismo modo sabe que de alguna manera hay que pararse para
seguir.
Esa
resilencia extrema fue descubierta por los sinvergüenzas que pueblan la
política.
La
gente abusada, mentida, maltratada, traicionada, tramitada, abandonada, sabe que
cada dos años y medio le regalará su porción de soberanía a un mentiroso de
capirote. Y lo hace prisionera de ese sentido común inexplicable y fatal:
Mañana igual tengo que salir a trabajar.
A
propósito. Sería bueno sincerar eso del voto. Cada uno debería cobrar por
votar, buscando hacerlo por el que más
ofrezca. Sería lo mismo, pero algo se alcanzaría a ganar. Y por lo menos, se
verían en la obligación de repartir lo que reciben de las empresas y los millonarios.
Sincerar
el carerrajismo puede ser una de los mejores legados históricos de la Nueva
Mayoría.
Algo en
ese sentido tiene lo dicho por el Ministro del Interior, Jorge Burgos, respecto
del vapuleado viaje deportivo del senador Jorge Pizarro. Con una frescura fundacional dice que
lo hecho por el parlamentario no tiene nada de malo y que todo el mundo sabe
que la pasión de Pizarro por el rugby es solo comparable a la que siente por su
circunscripción y que su viaje es un intento para integrar ambos amores.
Toda
una loa al carerrajismo más profundo y honesto.
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