Que
este gobierno era una falsificación ideológica e histórica y una manipulación
emocional que se asentaba en el supuesto liderazgo de la actual (ex) presidenta
y en una supuesta superación de los
vicios que hicieron de la Concertación un tándem de frescos que perfeccionaron
la Constitución pinochetista y sus legados más concretos, lo dijimos hace
mucho, muchas veces y de muchas maneras.
Lo que huele
en el ambiente es lo que sale de un gobierno que nació muerto. Un mando no nato,
un período perdido que buscaba solo
dejar montado en aparato formado por emergentes políticos que debían tomar el
bastón de la posta afirmados en un perfeccionamiento de lo hecho con anterioridad,
pero manteniendo intacta su alma: la continuación de la dictadura por medio de un lenguaje lubricante.
Un hito
de importancia en la operación diferenciadora de lo anterior, como excusa y
fundamento para justificar lo nuevo, fue fichar al Partido Comunista
convencidos como estaban los ingenieros
de la nueva política, que para el efecto, era necesario calmar las aguas en el
mundo social, único escollo que se veía en lontananza.
Y para
lograr ese fichaje era necesario un argumento de diferenciación y de manera
simultánea de integración. Ese fue el Programa, que hoy yace en el rincón de
los trastos inútiles.
Pero
como se pudo ver en la magra, escuálida y patética marcha convocada por la CUT,
a la cual asistieron no más de quinientas personas, la cosa se ha puesto cuesta
arriba y quizás ya sea hora de recular.
Que el
gobierno haya terminado antes de cumplir dos años y que la presidenta haya
renunciado a pesar de seguir en el cargo como una decoración de un tinglado
triste y sin ánima, no es algo que sorprenda mucho.
Esa
pegatina llamada Programa, levantada como tótem invulnerable por ese tren de
oportunistas alineado en la Nueva Mayoría, no se podía sostener. Sus
definiciones eran de tal manera contradictorias, sus postulados tan
increíblemente imposibles en el actual
orden, que ese texto era una sola
gran mentira sin ninguna posibilidad de ver la luz en este mundo. En otro,
quizás. No en este.
La
mayoría de sus propuestas emblemáticas colisionaban desde su origen con la
madre de todas las contradicciones: la Constitución. Por ejemplo, los que urdieron el montaje,
sabían desde el primer día que una educación gratuita, democrática y a la
altura de la necesidad de la gente, era una propuesta descabellada que en el actual
ordenamiento constitucional no tiene posibilidad alguna. Por decir algo.
Del
mismo modo, un cambio aunque sea superficial de esa misma Constitución, la que
se prometió modificar por medio de un entrevero de cantinfleos presidenciales
que nunca dejaron nada claro, que es otra manera de mentir, no fue sino una
burla desembozada y masiva.
Y así,
cada una de las propuestas majestuosas impresas en papel couché no fueron sino
martingalas que solo alcanzaron para que un 25% de ciudadanos votaran por la
presidenta. Por la ex presidenta.
Y de pronto,
como si fuera poco, se destapa el mayor escándalo de la clase política que se tenga memoria: vendidos, arrendados,
cooptados, ofrecidos al mejor postor, la casta política de devela como
traficantes de influencias y negociados.
Traicionando
sus mentirosos y encendidos discursos, trampeando sus malabares con los que
cogoteaban por un voto, fueron descubierto haciendo leyes para los que les
pagaban: poderosos millonarios,
inescrupulosos depredadores, delincuentes que deberían estar presos o
confinados a trabajos forzados para resarcir aunque sea en parte el daño que le
han hecho a la gente más modesta.
Aún
así, confinados en la opinión ciudadana a límites abisales, se pasean como
Pedro por su casa haciendo uso de la pátina invulnerable que por años han
criado por la vía eficiente de la impunidad.
Y en
esta debacle, se acabó el futuro. Esos políticos jóvenes, aunque veteranos en
falsías, exacciones y chamullos, que debían reemplazar a la veteranía
desgastada y desprestigiada que ya se veía en la sentina de la historia, cayeron
al fondo del pozo. Por ahora. Ya sabemos que en política, nadie muere.
Y en
este tránsito de descomposición generalizada, quizás lo más impactante sea ver
el patetismo con que la presidenta renuncia a su rol de primera autoridad por
el silencioso método de entregar el mando a un equipo de dinosaurios.
Impacta
ver que su última gestión haya sido asistir casi de incógnito a los partidos de
la Copa Chile. Y que para los graves conflictos que circulan profusamente, no haya
tenido la capacidad de decir esta boca es mía, salvo para avisar que lo que
prometió no lo hará. Como si no se supiera de antes. Como si no lo supiera ella
misma desde siempre.
Queda
el país en una situación de las más extrañas. Con una presidenta nominal sin
atributos reales, una casta de políticos que no soporta su propio hedor a
miserables sinvergüenzas, con partidos políticos despreciados por la
ciudadanía, con un congreso vendido a
los poderosos y un país que comienza a despertar del letargo inoculado por las
promesas que no fueron.
En
alguna parte estarán sonando las alarmas. Como en el cuento de Gabriel García
Márquez, algo grave va a pasar en este pueblo.
El caso
del largo paro de los profesores es un hecho que se debe estar tomando en
cuenta. A los docentes nos los mueve la sensación de sentirse traicionados por
la renuncia del Programa o de la gestión de la presidenta. Ni por dos pesos
más. A los maestros los está moviendo la certeza de que en este orden no es
posible ningún cambio real. Y ese efecto puede tener efectos contagiosos en
todo el resto.
Y las
explicaciones marranas de que no se calculó bien y que los dineros no alcanzan,
no pasan de ser chamullos que ya no los
cree nadie en un país en que lo que sobra es el dinero y cuyo ingreso per
cápita va en los 24 mil dólares.
Cuando
se renuncia, cuando se abandona lo que se piensa y no se piensa en lo que se
abandona, pasa lo mismo que en las rendiciones incondicionales: se pierde la
vergüenza.
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