miércoles, 14 de octubre de 2015

Allende inmortal (Revista Punto Final Nº)


Lo sucedido el cuatro de septiembre del año 1970 aún no ha tenido la oportunidad de desplegar toda su profunda trascendencia. Tal como lo dijera desde el balcón de la FECH el presidente Salvador Allende, esa noche encantada emergía de lo más profundo de la historia el primer gobierno auténticamente democrático, popular, nacional y revolucionario de la historia de Chile.

Se detonaba así un momento único en la aporreada vida del pueblo que desde su anonimato incansable y fértil hizo lo posible por ese triunfo largamente buscado, que tanto obstáculo debió superar y tanta traición debió sortear.

Lo excepcional del gobierno de Salvador Allende fue el hecho de  que por primera vez los más pobres sabían que ese  médico socialista de verdad los representaba y no buscaba abusar de su esperanza. Esa fe nacía de la marginación centenaria, de sus sueños eternamente postergados.

Salvador Allende dejó latiendo un pulso histórico que ha tardado en ser entendido en su cabal mensaje y compromiso: el honor, la lealtad, la fidelidad a la palabra empeñada, el sentido de la consecuencia.

El triunfo de Salvador Allende representa un momento único e irrepetible. Inaugura mil días en el que cada uno pareció ser el primero, pero también el último. Y será el pueblo realmente allendista, el marginado, el explotado, el hombre y la mujer sin futuro, quienes entendieron de mejor manera su profundidad revolucionaria.

La victoria de Salvador Allende detonó de igual modo, el odio más profundo de los poderosos. Movió los valores menos humanos anidados en quienes toda medida es riqueza, y todo valor un precio.

Esa noche heroica e irrepetible notificó al imperialismo norteamericano, el enemigo de todos los pueblos, que en este pequeño país comenzaba un proceso que trascendería la geografía y la historia y que por su impronta popular y el despliegue inusual y original de su optimismo, se alzaba como un peligroso ejemplo.

La victoria popular del cuatro de septiembre de 1970, fue ante todo, la victoria de los más desposeídos porque no todo el que alzó el puño fue un leal militante de esa gesta.

¡Qué manera de estar vivo este muerto!  Y qué manera de alzarse de su tumba y vivir en la memoria de los más humildes.

Y desde su ejemplo sigue aún exponiendo en su vergüenza la cobardía de los militares traidores y rastreros que sucumbieron a potencias extranjeras, al dinero y a su odio de clase.

Sigue denunciando la bajeza de los poderosos para los cuales no hay más razón que la riqueza ni más lealtad que la que trae ganancias. Políticos ponzoñosos, servidores de potencias enemigas de la vida, vendidos, golpistas de la primera hora, cómplices, encubridores y facilitadores de la tragedia que se vendría.
En estos días hemos visto asombrados la irrupción de algunos sectores de camioneros en un intento de provocar al gobierno aprovechando que navega en ceñida. No olvidamos el rol de esos sectores en el derrocamiento del gobierno popular, y en la  represión que le siguió, que fueron financiados por la CIA y que tuvieron el apoyo entusiasta de sectores que hoy lucen no muy pulcras vestimentas democráticas. 

Y pese a la represión, al asesinato, a la tortura y el destierro, siempre latió la inspiración valerosa del ejemplo del presidente Allende en cada lucha por modesta que haya sido.

El pueblo jamás abandonó a Salvador Allende. Sí  lo hicieron algunos de los que se dijeron sus compañeros. Y  lo siguen haciendo hasta hoy, con singular encomio.

Es que el ejemplo de Salvador Allende se transformó en una  valla difícil de sortear para quienes lo olvidaron interesadamente al amparo dulce que produce el poder.

Allende es para la memoria de algunos una palabra que incómoda, un destello que molesta, un remembranza que cabrea. Para muchos es solo una estatua en una esquina. No para el pueblo. Para la gente humilde Allende es un ejemplo que impulsa, un recuerdo que emociona, un muerto imbatible.

A cuarenta y cinco años de aquel triunfo de la gente pobre, hoy vivimos el contraste inimaginable entre el programa Popular y el país que hoy la mayoría sufre, el que ha sido perfeccionado con el concurso entusiasta de quienes se dijeron sus camaradas.

Las riquezas que fueron rescatadas para el beneficio del país, hoy son de propiedad de capitales extranjeros quienes dejan un hoyo estéril en donde estuvo la viga maestra de nuestra economía.

Se depredan los mares para el goce de un puñado de egoístas que arrasan con todo lo que se mueva, cuyo producto jamás toca nuestras costas.

Destazaron la incipiente industrialización del país, dejando que en otras latitudes se fabrique lo que se podría hacer aquí.

Se carcomió la tierra y se envenenó el aire, el agua y los glaciares.

La cultura que se entronizó con el entusiasta apoyo de algunos allendistas conversos, pulverizó todo intento por restituir los derechos humanos que hacen de la vida algo que es grato vivir.

Se destina al viejo a sufrir la última parte de sus vidas en la pobreza más indigna para que de su trabajo disfruten empresarios abotagados de riqueza construida sobre la base de pensiones horror.

La infancia ya no es lo que fue en el ideario de Allende. Los niños ya no nacen para ser felices, sino para ser considerados clientes del consumo y la estulticia, cuando no de la droga y otras lacras hijas del desprecio y la pobreza.

Se privatizó la educación, la salud, las carreteras, las cárceles y todo cuanto esté en condiciones de generar una chaucha para beneficio del ramillete de millonarios que lo controlan todo.

Las ciudades se han transformado en un geografía anárquica, a expensas del clima, del crecimiento cancroide de edificaciones que asfixian a los habitantes y creando guetos abominables en las márgenes a donde van a parar los más pobres de los pobres.

El país se ha poblado de industrias tóxicas que generan medio ambientes sucios, contaminados, fétidos, trasminados de olor a mierda, de residuos mortales sobre los cuales se construyen casas, escuelas y calles.

El pueblo mapuche sigue con sus tierras militarizadas lamentando de tarde en tarde el asesinato de sus jóvenes.

Y cada una de estas desgracias que pagan día a día los más desposeídos, es la forma que adquiere en su proyección histórica la venganza de los poderosos por esos tres años tan lejanos y sin embargo tan cerca.

Y en ese tránsito hacia un país de mierda, encabezando un proyecto antipopular, oloroso a dictadura, obviando los derechos más elementales de la gente y mediante una represión que no tiene parangón, se sitúan algunos que un día dijeron ser compañeros del Presidente Allende.

En el fondo, lo que late en la trenza de poderosos que ha instalado esta cultura inhumana, y ajena, es imponer la certeza de que no es posible un intento siquiera parecido al que ganó aquella noche del cuatro de septiembre del año 1970.

Y luego de poner la mayor cantidad de muertos, desaparecidos y perseguidos, es el pueblo el que sigue pagando la herencia castigadora por la insolencia de haber querido cambiar su destino.

Hoy, luego de cuarenta y cinco años de ese día heroico, las esporas de aquella izquierda compañera y decidida se debaten entre la nada y la cosa ninguna, sin atinar a generar una idea nueva que permita un nuevo horizonte. Peor aún, sin entender este mundo en que vivimos

Por una parte, entregados en cuerpo y alma al sistema los otrora combativos  partidos que conformaron la Unidad Popular trastocaron la trinchera por el directorio, y el puño en alto por el traje de alta gama. Y de lo que hubo, no queda sino algún afiche desteñido.

De esas maquinarias electorales ávidas de poder jamás va a salir una opción que retome las antiguas banderas y sume las contemporáneas. Serán otros quienes demuestren que nada es eterno, que ningún sistema es capaz en contra de un pueblo provisto de una idea y de una decisión.

Late fuerte la esperanza en las nuevas  generaciones que vienen haciendo sus primeras armas en la lucha social y política, opuestas a un destino que parece inevitable.

Los estudiantes, la juventud chilena, la que fue vanguardia en esa gran batalla, según dijera el mismo Salvador Allende, han hecho bastante por desnudar esta cultura avasalladora y miserable. Pero hasta ahora, no ha sido todo lo necesario.

Hay veces que el optimismo juega malas pasadas y parece que se abren caminos. Pero esos impulsos no han dado réditos hasta ahora. Habrá que insistir a la espera de mayor decisión para abrir las nuevas Alamedas.

Con las organizaciones de trabajadores en el atolladero de la politiquería, cooptadas sus organizaciones, sus dirigentes y estructuras, son los jóvenes los llamados a empujar la historia y ofrecer un camino de lucha a este presente que a veces parece irremediable y definitivo.

Innumerables colectivos, agrupaciones, frentes, iniciativas y coordinadoras de izquierda pululan en escuelas, facultades, poblaciones y sindicatos sin que se logre encontrar un lenguaje común, un camino que compartir. En esta buena gente parecen cursar el egoísmo de lo propio mas que lo colectivo de todos y las teorías por sobre la porfiada realidad que insiste en ser más terca que la filosofía.

Y olvidado de casi todo, a la espera de su hora, está el pueblo.

En este extravío que a veces abruma, la figura de Allende y su porfía trascendente, es  un buen punto de partida. Su decisión por cambiar un destino que parecía inmodificable lo hizo un campeón de la unidad, capaz de comprender las diferencias como propias de la riqueza humana, más que como insalvables bordes.

Supo que la unidad requería de una alta dosis de generosidad, de voluntad y decisión y por sobre todo, de una especial preocupación por los que nunca son tomados en cuenta sino hasta cuando se les cuenta como muertos: el pueblo.

En estos tiempos de brumas y de incertidumbres haría muy bien el ejercicio de sentirse allendistas, no solo para reivindicar un heroísmo que transciende nuestras fronteras y tiempo, sino como un imperativo que urge considerar y es que el pueblo de Chile es el legatario indiscutible del inmortal ejemplo de Salvador Allende.



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