Habrá
quedado claro que las ofertas de la campaña electoral presidencial no pasaron de
ser mentiras envueltas en papel de regalo. Salvo los recalcitrantes que por un
cupo electoral son capaces de escupir sus principios, la gente honesta habrá
tomado en cuenta que nada de lo ofrecido ha sido respetado.
De
nueva Constitución ni hablar. Ni mucho menos de una Asamblea Constituyente para
su redacción, aún cuando la misma presidenta haya asumido, sin vergüenza
alguna, que esta Carta Fundamenta, la que le da existencia a su propia
investidura y permite todo lo que hay, es ilegitima en su origen y requiere por
lo tanto de su superación.
Muchas
voces han venido repitiendo desde hace mucho de la necesidad ética de sacudirse
de la indecencia que significa ser ordenado por una constitución que reproduce,
protege y eterniza los principios fundadores de la dictadura.
Pero
desde el primer día, la casta política que se hizo con el poder, se sintió de lo más cómoda en sus articulados y
disposiciones. Desde el día uno, hasta este mismo que vivimos hoy.
La
trenza feroz que lo ata todo, la ultra derecha más feroz y los ávidos y
acomodados partidos de la Nueva Mayoría, generan un sistema en el cual ambos polos
son tan necesarios, que no se conciben cada uno de manera aislada. Ya es
difícil saber quién es quién en una primera mirada. Y en una segunda.
El
sistema necesita actualizar sus usos y mecanismos. Tanto por el propio desgaste
en un cuarto de siglo de funcionamiento, como por las presiones del populacho
que a veces se tornan algo más que molestas.
Y
entonces se hacen esas fintas llamadas reformas. Y se promete un alambicado
diseño constitucional que más bien parece una cachaña que no tiene otra función que volver a engañar
a la gente.
El
advenimiento de un país verdaderamente democrático pasa porque que se sacuda de
esa rémora criminal, sin embargo en lo
referido a la idea de un Asamblea Constituyente hay una trampa peligrosa.
Una
Asamblea Constituyente, dado el estado de situación en que está el movimiento
popular, la inexistencia de una izquierda que haga de contra poder efectivo,
las necesidades del estatus quo y de una ultra derecha viva, poderosa y peligrosa,
jamás arrojaría una nueva Constitución como la que se exige. Imposible
Cualquier
iniciativa en las actuales condiciones en que están los trabajadores, los
estudiantes y los movimientos sociales, es decir dispersos, debilitados,
cooptados, infiltrado, sin estrategia, lo único que haría sería legitimar un
cambio cosmético en un sistema que ya no se la puede. E hipotecar un cambio
real para los siguientes cincuenta años.
La
convocatoria a una Asamblea Constituyente que emane del poder neoliberal no
sería sino para afianzar ese mismo
poder, quizás con alguna concesión, pero resguardando lo esencial del modelo y
de la cultura neoliberal. Con todo - ¡todo!-
el poder en sus manos imposible pensar de otro modo.
Tampoco
es posible la instalación de una Asamblea Constituyente con efectos reales, por
fuera de la institucionalidad, desde la base como se escucha. El Estado tiene
armas suficientes como para disolver un conato que se propongan suplantar al
gobierno o a las instituciones. El neoliberalismo y sus mecanismos
contrainsurgentes han aprendido que sus crisis son estupendas oportunidades y
saben cuidarlas.
Movilización
no es sinónimo de marchas o desfiles. Un pueblo movilizado es el que asume el desafío
histórico de dejar de ser simples testigos cuando no víctimas de un estado de
cosas. Movilización significa recuperar la enorme tradición de lucha del
pueblo, que fue, sin ir más lejos, capaz de derrotar a la dictadura. Que su
triunfo fue secuestrado, es otro cantar. Pero fue el pueblo el que puso el
mayor esfuerzo por terminar con la tiranía. Un pueblo movilizado es un pueblo
seducido por una idea por la que se dispone a luchar
Y solo luego
de disputar y ganar espacios que desplacen a los actuales administradores del
sistema, luego de ocuparles importantes plazas del poder político, de
metérseles dentro de sus espacios, estaremos en condiciones de impulsar la
batalla no solo por demostrar la
necesidad de un cambio constitucional, sino por hacer que de verdad emane de la voluntad de la mayoría.
Hasta
donde se sabe, la carreta va siempre después que los bueyes.
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