jueves, 22 de octubre de 2015

Asamblea constituyente, cachañas y carretas




Habrá quedado claro que las ofertas de la campaña electoral presidencial no pasaron de ser mentiras envueltas en papel de regalo. Salvo los recalcitrantes que por un cupo electoral son capaces de escupir sus principios, la gente honesta habrá tomado en cuenta que nada de lo ofrecido ha sido respetado.

De nueva Constitución ni hablar. Ni mucho menos de una Asamblea Constituyente para su redacción, aún cuando la misma presidenta haya asumido, sin vergüenza alguna, que esta Carta Fundamenta, la que le da existencia a su propia investidura y permite todo lo que hay, es ilegitima en su origen y requiere por lo tanto de su superación.

Muchas voces han venido repitiendo desde hace mucho de la necesidad ética de sacudirse de la indecencia que significa ser ordenado por una constitución que reproduce, protege y eterniza los principios fundadores de la dictadura.

Pero desde el primer día, la casta política que se hizo con el poder, se sintió  de lo más cómoda en sus articulados y disposiciones. Desde el día uno, hasta este mismo que vivimos hoy.

La trenza feroz que lo ata todo, la ultra derecha más feroz y los ávidos y acomodados partidos de la Nueva Mayoría, generan un sistema en el cual ambos polos son tan necesarios, que no se conciben cada uno de manera aislada. Ya es difícil saber quién es quién en una primera mirada. Y en una segunda.

El sistema necesita actualizar sus usos y mecanismos. Tanto por el propio desgaste en un cuarto de siglo de funcionamiento, como por las presiones del populacho que a veces se tornan algo más que molestas.

Y entonces se hacen esas fintas llamadas reformas. Y se promete un alambicado diseño constitucional que más bien parece una cachaña  que no tiene otra función que volver a engañar a la gente.

El advenimiento de un país verdaderamente democrático pasa porque que se sacuda de esa rémora criminal, sin  embargo en lo referido a la idea de un Asamblea Constituyente hay una trampa peligrosa.

Una Asamblea Constituyente, dado el estado de situación en que está el movimiento popular, la inexistencia de una izquierda que haga de contra poder efectivo, las necesidades del estatus quo y de una ultra derecha viva, poderosa y peligrosa, jamás arrojaría una nueva Constitución como la que se exige. Imposible

Cualquier iniciativa en las actuales condiciones en que están los trabajadores, los estudiantes y los movimientos sociales, es decir dispersos, debilitados, cooptados, infiltrado, sin estrategia, lo único que haría sería legitimar un cambio cosmético en un sistema que ya no se la puede. E hipotecar un cambio real para los siguientes cincuenta años.

La convocatoria a una Asamblea Constituyente que emane del poder neoliberal no sería  sino para afianzar ese mismo poder, quizás con alguna concesión, pero resguardando lo esencial del modelo y de la cultura neoliberal. Con todo - ¡todo!-  el poder en sus manos imposible pensar de otro modo.

Tampoco es posible la instalación de una Asamblea Constituyente con efectos reales, por fuera de la institucionalidad, desde la base como se escucha. El Estado tiene armas suficientes como para disolver un conato que se propongan suplantar al gobierno o a las instituciones. El neoliberalismo y sus mecanismos contrainsurgentes han aprendido que sus crisis son estupendas oportunidades y saben cuidarlas.

Movilización no es sinónimo de marchas o desfiles. Un pueblo movilizado es el que asume el desafío histórico de dejar de ser simples testigos cuando no víctimas de un estado de cosas. Movilización significa recuperar la enorme tradición de lucha del pueblo, que fue, sin ir más lejos, capaz de derrotar a la dictadura. Que su triunfo fue secuestrado, es otro cantar. Pero fue el pueblo el que puso el mayor esfuerzo por terminar con la tiranía. Un pueblo movilizado es un pueblo seducido por una idea por la que se dispone a luchar

Y solo luego de disputar y ganar espacios que desplacen a los actuales administradores del sistema, luego de ocuparles importantes plazas del poder político, de metérseles dentro de sus espacios, estaremos en condiciones de impulsar la batalla no solo por  demostrar la necesidad de un cambio constitucional, sino por hacer que de verdad  emane de la voluntad de la mayoría.

Hasta donde se sabe, la carreta va siempre después que los bueyes.


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