Comencemos por decir
que este libro de Ricardo Candia Cares tiene mucho entorno.
Primero, el entorno
de los años noventa, una época de amnesia histórica, enajenación, conformismo,
la época de “no estoy ni ahí” (digamos que es un entorno no solo de los
noventa, es también el del Chile previo a la revolución pingüina del 2006 y las
protestas estudiantiles del 2011) es la plana transición del primer gobierno
post dictadura, y todo esto intercalado con evocaciones de entornos ya idos,
cargados de nostalgia (como la de los jubilados de los talleres de tranvías que
pueblan el cité en el que habita el personaje) y además con el entorno onírico
de las utopías y sueños del personaje en los que alterna la conquista de los
dos personajes femeninos de la historia, con el asalto el poder en una lucha
revolucionaria, en la que liderando a un batallón de escolares el protagonista
asedia el Palacio de la Moneda, donde se defiende el dictador como gato boca arriba.
Tiene muchos
elementos del género negro, si bien no hay un crimen con su respectiva
investigación, todo se desarrolla en el contexto de la recuperación de los
archivos secretos de la dictadura, que guardan la información del paradero de
los detenidos desparecidos, así como la identificación de sus asesinos, estos
archivos también contienen la identidad de ex agentes de los servicios
secretos, algunos de ellos infiltrados en lo que fueran los partidos de
oposición, y por lo tanto formando parte de los gobiernos de la transición: es
decir, el trasfondo es la búsqueda de la verdad no sobre un crimen en
particular, sino sobre el conjunto de violaciones a los derechos humanos
cometidos por la dictadura, y sobre la identidad de los agentes aún enquistados
en las diversas fuerzas que se debaten en una transición en el que el nuevo
Gobierno temeroso parece ser uno de los principales interesados en que estas
verdades no se revelen.
Donde emerge también
con fuerza el género negro es en el contenido de crítica social, donde el
género (y esta novela en particular) a diferencia de las los clásicos en los
que el que el investigador defiende el orden establecido frente a irrupciones
de villanos ajenos al sistema y sus reglas, apunta a los villanos enquistados
en las cúpulas del poder. El investigador en estas novelas muchas veces termina
por enfrentar el status quo (Sam Spade, Pepe Carvalho, Heredia, por ejemplo) al
descubrir que los crímenes se originan desde el aparato burocrático del estado,
o desde algún poder establecido. También lo hace el protagonista de esta
novela, y de qué manera.
La historia se
enmarca dentro de una corriente, que sin aparente coordinación va surgiendo en
Chile, en la que los personajes son ex combatientes, o cercanos a grupos
armados (y en este caso en particular al FPMR). En esta corriente se reivindica
a estas personas que sufrieron la derrota, que además de ver como muchos ex
perseguidos se abrazan con los asesinos, ven también caer el muro. Esta es una
vertiente muy chilena, en la que podemos ubicar al Marco Buitrago, de
Daúno Tótoro, y otros en de novelas recientes, y desde luego están los textos
de investigación y memoria (como “Los Fusileros”, de Cristóbal
Peña y "Mi hijo Raúl Pellegrin", de Tita Friedmann) e incluso
en series de televisión como “Los 80” con su personaje Gabriel y los
protagonistas de “Los archivos del Cardenal”. Por nuestra historia, aquí
pueden brotar ese tipo de personajes, no así en las novelas negras de España,
México, Cuba y Suecia, por mencionar algunas de las que disfruto muchísimo.
En el caso de las
novelas chilenas (a diferencia de las series de TV), estos ex combatientes son
protagonistas más cercanos a los patrones del anti-héroe de la novela negra,
como en el caso de Operación Cavancha donde el protagonista es amante
del trago y putero…
No se idealiza a esa
generación, varios de los amigos del personaje han derivado a la delincuencia y
al menos uno colabora con La Oficina que ha creado el Gobierno de transición
para liquidar a los grupos que combatieron con armas contra la dictadura,
cualquier parecido con nuestra realidad claramente no es coincidencia, esto
también es parte de nuestra historia.
Un elemento a
destacar de Operación Cavancha es la elaboración del personaje: como se
ha dicho alcohólico y derrotado, pero además derrotado desde la infancia,
tímido no obstante las acciones heroicas que lo transformaron casi en un mito
en la época de la lucha contra la dictadura. Refugiado en una clandestinidad
permanente, con “Una cierta bondad que había que esconder de la
inclemencia de un mundo brutal que no soporta a los débiles”. No es un
personaje simple, pero es vívido y creíble, con una clara identidad a pesar de
ser el único personaje de la novela que no tiene nombre. Desde sus
contradicciones, y aplastado por el alcohol y el desajuste con el nuevo país de
la transición, acude al llamado de esta nueva misión.
No hay caricaturas,
no todos viven por igual la derrota, sus compañeros de la operación la vive
cada uno de forma muy distinta, sin embargo todos responden al llamado a
cabalgar de nuevo.
El protagonista, si
bien hasta entradas las primeras etapas de la operación, vive su vida
derrotado, no deja de soñar, y eso enfatiza el contraste entre la realidad
mediocre de la transición y las escenas del lento avance de las tropas del
Gobierno Provisional Revolucionario hacia La Moneda, entre sus escapadas con
las prostitutas y el sexo onírico con sus musas. El no deja de soñar, por lo
tanto, creo que en el fondo, a pesar de lo que dice el autor, el personaje central
nunca fue un derrotado.
Finalmente, al menos
una parte de esos sueños parece hacerse realidad para el protagonista y sus
compañeros “Ahora estaban sintiendo la extraña alegría propia de un ambiente
que ya les comenzaba a parecer natural, aún cuando no se sintieran
acechados, pero donde sí se daba por cierta la existencia pretérita de una
dictadura y en el que compartían el convencimiento de que hubo gente que la
enfrentó, contradiciendo lo que se podía extraer de los diarios, ver en la
televisión y leer en la literatura”. Cualquiera que haya vivido el Chile de
inicios de los noventa, puede recordar ese contexto de negación de
nuestra historia, un contexto que afortunadamente – y sin ser autocomplacientes
– vemos que va cambiando, desde distintas manifestaciones del arte, desde
algunos medios de comunicación, y desde luego desde la literatura, que está
dando aportes contundentes como esta Operación Cavancha, de la que
prefiero no comentar más para que puedan disfrutar debidamente del suspenso y
la sorpresa que tan bien se trabajan en esta obra.
Felicitaciones al
autor a quien no conocía, lo que me deja con la tranquilidad de que nadie podrá
decir que hice elogios subjetivos o parciales por temas personales, aunque
desde luego, alguna parcialidad hay por el lado de la empatía con la
temática de la novela y sus personajes.
***
Ceibo Producciones, Santiago de Chile, 2014
