miércoles, 28 de enero de 2015

Operación Cavancha por Eduardo Contreras




Comencemos por decir que este libro de Ricardo Candia Cares tiene mucho entorno.


Primero, el entorno de los años noventa, una época de amnesia histórica, enajenación, conformismo, la época de “no estoy ni ahí” (digamos que es un entorno no solo de los noventa, es también el del Chile previo a la revolución pingüina del 2006 y las protestas estudiantiles del 2011) es la plana transición del primer gobierno post dictadura, y todo esto intercalado con evocaciones de entornos ya idos, cargados de nostalgia (como la de los jubilados de los talleres de tranvías que pueblan el cité en el que habita el personaje) y además con el entorno onírico de las utopías y sueños del personaje en los que alterna la conquista de los dos personajes femeninos de la historia, con el asalto el poder en una lucha revolucionaria, en la que liderando a un batallón de escolares el protagonista asedia el Palacio de la Moneda, donde se defiende el dictador como gato boca arriba.
Tiene muchos elementos del género negro, si bien no hay un crimen con su respectiva investigación, todo se desarrolla en el contexto de la recuperación de los archivos secretos de la dictadura, que guardan la información del paradero de los detenidos desparecidos, así como la identificación de sus asesinos, estos archivos también contienen la identidad de ex agentes de los servicios secretos, algunos de ellos infiltrados en lo que fueran los partidos de oposición, y por lo tanto formando parte de los gobiernos de la transición: es decir, el trasfondo es la búsqueda de la verdad no sobre un crimen en particular, sino sobre el conjunto de violaciones a los derechos humanos cometidos por la dictadura, y sobre la identidad de los agentes aún enquistados en las diversas fuerzas que se debaten en una transición en el que el nuevo Gobierno temeroso parece ser uno de los principales interesados en que estas verdades no se revelen.
Donde emerge también con fuerza el género negro es en el contenido de crítica social, donde el género (y esta novela en particular) a diferencia de las los clásicos en los que el que el investigador defiende el orden establecido frente a irrupciones de villanos ajenos al sistema y sus reglas, apunta a los villanos enquistados en las cúpulas del poder. El investigador en estas novelas muchas veces termina por enfrentar el status quo (Sam Spade, Pepe Carvalho, Heredia, por ejemplo) al descubrir que los crímenes se originan desde el aparato burocrático del estado, o desde algún poder establecido. También lo hace el protagonista de esta novela, y de qué manera.
La historia se enmarca dentro de una corriente, que sin aparente coordinación va surgiendo en Chile, en la que los  personajes son ex combatientes, o cercanos a grupos armados (y en este caso en particular al FPMR). En esta corriente se reivindica a estas personas que sufrieron la derrota, que además de ver como muchos ex perseguidos se abrazan con los asesinos, ven también caer el muro. Esta es una vertiente muy chilena, en la que podemos ubicar al Marco Buitrago, de Daúno Tótoro, y otros en de novelas recientes, y desde luego están los textos de  investigación  y memoria (como “Los Fusileros”, de Cristóbal Peña  y "Mi hijo Raúl Pellegrin", de Tita Friedmann) e incluso en series de televisión como “Los 80” con su personaje Gabriel y los protagonistas de  “Los archivos del Cardenal”. Por nuestra historia, aquí pueden brotar ese tipo de personajes, no así en las novelas negras de España, México, Cuba y Suecia, por mencionar algunas de las que disfruto muchísimo.
En el caso de las novelas chilenas (a diferencia de las series de TV), estos ex combatientes son protagonistas más cercanos a los patrones del anti-héroe de la novela negra, como en el caso de Operación Cavancha donde el protagonista es amante del trago y putero…
No se idealiza a esa generación, varios de los amigos del personaje han derivado a la delincuencia y al menos uno colabora con La Oficina que ha creado el Gobierno de transición para liquidar a los grupos que combatieron con armas contra la dictadura, cualquier parecido con nuestra realidad claramente no es coincidencia, esto también es parte de nuestra historia.
Un elemento a destacar de Operación Cavancha es la elaboración del personaje: como se ha dicho alcohólico y derrotado, pero además derrotado desde la infancia, tímido no obstante las acciones heroicas que lo transformaron casi en un mito en la época de la lucha contra la dictadura. Refugiado en una clandestinidad permanente, con  “Una cierta bondad que había que esconder de la inclemencia de un mundo brutal que no soporta a los débiles”. No es un personaje simple, pero es vívido y creíble, con una clara identidad a pesar de ser el único personaje de la novela que no tiene nombre. Desde sus contradicciones, y aplastado por el alcohol y el desajuste con el nuevo país de la transición, acude al llamado de esta nueva misión.
No hay caricaturas, no todos viven por igual la derrota, sus compañeros de la operación la vive cada uno de forma muy distinta, sin embargo todos responden al llamado a cabalgar de nuevo.
El protagonista, si bien hasta entradas las primeras etapas de la operación, vive su vida derrotado, no deja de soñar, y eso enfatiza el contraste entre la realidad mediocre de la transición y las escenas del lento avance de las tropas del Gobierno Provisional Revolucionario hacia La Moneda, entre sus escapadas con las prostitutas y el sexo onírico con sus musas. El no deja de soñar, por lo tanto, creo que en el fondo, a pesar de lo que dice el autor, el personaje central nunca fue un derrotado.
Finalmente, al menos una parte de esos sueños parece hacerse realidad para el protagonista y sus compañeros “Ahora estaban sintiendo la extraña alegría propia de un ambiente que ya les comenzaba a  parecer natural, aún cuando no se sintieran acechados, pero donde sí se daba por cierta la existencia pretérita de una dictadura y en el que compartían el convencimiento de que hubo gente que la enfrentó, contradiciendo lo que se podía extraer de los diarios, ver en la televisión y leer en la literatura”. Cualquiera que haya vivido el Chile de inicios de los noventa, puede recordar  ese contexto de negación de nuestra historia, un contexto que afortunadamente – y sin ser autocomplacientes – vemos que va cambiando, desde distintas manifestaciones del arte, desde algunos medios de comunicación, y desde luego desde la literatura, que está dando aportes contundentes como esta Operación Cavancha, de la que prefiero no comentar más para que puedan disfrutar debidamente del suspenso y la sorpresa que tan bien se trabajan en esta obra.
Felicitaciones al autor a quien no conocía, lo que me deja con la tranquilidad de que nadie podrá decir que hice elogios subjetivos o parciales por temas personales, aunque desde luego, alguna parcialidad hay por el lado de la empatía con la  temática de la novela y sus personajes.
***
Ceibo Producciones, Santiago de Chile, 2014


Décimas pésimas



 Está la media cagá
Con eso del caso Penta
Pero pa decir la pulenta
No es de ahora esa empaná
Para decir la verdá
Los momios siempre han robado
Al obrero han estafado
Y al que compra en la farmacia
O al que cae en la desgracia
De tener que pedir fiao.

Se visten de millonarios
Con pura ropa prestá
Entraron a pata pelá
Haciéndose del erario
Con pinta de funcionario
Chorearon desde el gobierno
Cada cual se vio más tierno
En ministerio y negocio
Y el verano fue pal ocio
Y en el ski pal invierno.

Ladrones de cuello tieso
Se abotagaron la panza
Con Pinocho como fianza
Se robaron todo el queso
Y si no fuera por eso
Serían como un monrero
Cafiche, choro, cuentero,
Tirao a vivo el picante
Venga el burro y se los plante
Cuatrero,  lanza  y mechero.

Decir derecha y ladrón
Es decir chico y enano
Repetir chancho y marrano
Rateros de tradicióm
Tremenda escuela de traición
Expertos en el choreo
gente brava pal cuenteo
Pa reprimir la gallá
Que igual a pa pelá 
Le pone el hombro al paqueo




La escuela neoliberal
Inventada por los ricos
Para que le llegue al pico
Al movimiento sindical
La frescura sin igual
Se aprovecha del aguante
Del pobre y del atorrante
Que vive de pedir fiado
Todo el mes mirando pal lao
Sin tener nada delante.

Las centrarles sindicales
Trabajan pal otro lao
Dejando al pati pelao
Y a los viejitos fiscales
Con sueldos casi mortales
Con sus arreglos picantes
Bajados lo militantes
En acomodo filete
Por unos buenos billetes
Se olvidaron del torrante

Hace falta la avivá
del gilerío paqueao
del cabro bien retobao
del que ya no aguanta hueás
y quiere dejar la patá
y atinar como era antes
y darle jugo al tunante
caerle pulento al burgués
y no dejar pa después
su buena protesta gigante.

Se va indignar la gallá
El día de la escurría
Y aunque se vaya la vida
Va quedar media cagá
Es mucha la enfermedá
Que deja esta economía
Y aunque parezca dormía
La gente se va a empaurar
Y va a hace recagar
A la Nueva Mayoría.

También va a cagar el facho
El rico y el mandamás
El que tira para atrás
Y el que le pone caracho
Al pobre estudiante huacho
Que estudia pa la corneta
El que no llega a la meta
Aunque se saque la chucha
El que cada día lucha
Pero igual no avanza ná.


A veces es mejor el caos
Que esta realidad tan charcha
De poco sirve la marcha
El desfile motivao
Si parecemos paos
Listos pal cocinero
Hay que ponerle esmero
A otro tipo de lucha
Pa que toda la galucha
Tenga su uno de enero.







¿Crisis en el sistema? (Punto Final Nº 822)

Cuando se despejen los humos de las reformas impulsadas por el gobierno y las que ha dejado en la derecha el caso Penta, el sistema capitalizará esa energía para su propio fortalecimiento.  

El susto que pasó el año 2011 no será más que un recuerdo risueño, y la crisis por la que navega la ultra derecha no será entendida sino como una oportunidad para su necesaria renovación.

La Nueva Mayoría, gestora impecable de la nueva refundación del modelo, puede estar contenta. Ha tenido la extraordinaria capacidad de volver suya la energía que se desplegó cuando los estudiantes comenzaron a levantar sus indignadas voces. Y ha salido bien parada de la tembladera que deja la relación dinero – política. Por lo menos, hasta ahora.

Y aquí vamos. La reforma educacional sigue a paso vacilante su camino en las movedizas arenas de la improvisación, pero que no afectará la esencia clasista y segregadora del sistema, que no saca al mercado de su gestión y mantendrá su función de reproducir una sociedad infectada de egoísmo. 

La reforma tributaria ya sabemos cómo se cocinó y en qué quedaron reducidas sus alcances: ni siquiera rozó aquellos aspectos en que se requiere terminar con el abuso: el saqueo de nuestros recursos naturales regalados a precio de huevo a capitales extranjeros, las tera-fortunas construido sobre la base de la explotación y  la sinvergüenzura.

Y luego, como por si se quedara algo no considerado en el tintero, la reforma laboral que no ha sido sino un retroceso en los derechos de los trabajadores, lo que se  tendrá que lamentar muy luego. La propia jefatura de CUT, cooptada de la manera más inescrupulosa, ha tenido que reconocer que fueron pasados por el perineo de los empresarios y el Ministerio del Trabajo.

Así se llega a la reforma al binominal, cacareada como histórica, en la hora precisa para dar el mejor toque de legitimidad a un sistema que si bien lo anduvo pasando mal, ya ha restañado sus heridas y puede seguir su marcha imparable. Así sea que se haya cambiado de un sistema binominal, a uno semi binominal.

Se ha dicho y demostrado. El sistema no tiene vocación suicida. Por el contrario, su sentido de supervivencia es digno de encomio. Y la gestión de la Nueva Mayoría ha dado la demostración que no es sino una coalición destinada/digitada para resolver aquellos nudos que podían transformarse en complejas situaciones difíciles de controlar.

En ese escenario aparece el escándalo de los dineros del consorcio Penta, financiando a su brazo político de los empresarios, la UDI. Y el vocerío que le sigue deja la impresión que estamos ante un hecho inédito de la historia patria.
El caso es que siempre ha sido así. La relación dinero de los poderosos con la derecha política, es tan vieja como la relación que tienen éstos con las Fuerzas Armadas o con la Iglesia Católica.
Los poderosos, defensores de la moral y las buenas costumbres que aborrecen la delincuencia, y predican su moral en púlpitos y directorios, siempre han asegurado que sus intereses sean cautelados al momento de  hacer las leyes o deshacerla, según sea lo que les conviene. 
Entonces la escandalera que estamos conociendo en que conspicuos defensores de la moral, la decencia y las buenas costumbres, silicios en los muslos, azotes en la espalda y misas diarias, que tienen sexo con sus mujeres solo para procrear, aparezcan trampeando dineros, no es algo nuevo.
Pero nada muy de fondo va a pasar una vez que se aconche la situación. Desde el punto de vista del sistema, que es lo que en realidad importa, se habrá ganado. Golpeada, ofendida, acosada, la ultraderecha renovará sus cuadros, desechará los que ya no le sirven, pedirá disculpas, apretará los dientes, asumirá lo que venga y luego de acordar con el gobierno una agenda legislativa para evitar futuros malos ratos, el mundo seguirá su curso.
Saldrá debilitada la UDI según sea su capacidad para replegarse ordenadamente, pero con certeza se va a consolidar una derecha más acorde a los tiempos que vivimos.
Este remezón era el último que se requería para considerar superada la crisis que envolvió al sistema luego que los estudiantes hicieran su cachaña y dejaran en evidencia las grietas por las que se podía colar un aire más democrático.
Luego del vendaval de reformas y del remezón medicinal de la derecha, el sistema habrá vuelto a ganar.

El olfato como arma revolucionaria

Una anosmia criada a partir de los tiempos en que el asombro se batía en retirada para no volver nunca más, es la que no permite a la ciudadanía, pueblo, chusma, gente, gilerío, percibir que el ambiente político gana en hedores repulsivos a cualquier chiquero.

Luchar por un país decente debería ser considerado como un llamado a la subversión en estos tiempos en que la indecencia campea y los escándalos se superponen unos sobre otros, y son el pan de cada día.

Sería suficiente para quienes quieran cambiar las cosas, levantar la consigna de la construcción de un país decente. Se demostraría que no son necesarias las arengas complejas, ni los diagnósticos alambicados, ni las ideologías remozadas para estimular un alzamiento de quienes deben soportar sin decir esta boca es mía, que la podredumbre de todo un sistema pase por su lado sin más opción que esperar que cada dos años y medio se le convoque a votar.

Delitos que en un país precisamente decente serían castigaos con severas penas, en el nuestro solo dan para aderezar el comidillo de la política, cuyos cárteles esperan resignados que por algún accidente contable, una pasada de cuentas o por una falta de prolijidad, sus nombres aparezcan en las listas secretas de quienes se venden y/o arriendan para los poderosos. Es decir, casi todos.

En este país en que la ultraderecha más temible de las que existen ha sido siempre el brazo político de los poderosos, ya no causa asombro el que se conozcan los desfalcos que solo querellas intestinas entre estos magnates sacan a  la luz.

En caso alguno por ser conductas repulsivas, reñidas con la ley, las buenas costumbres, y los preceptos morales de la religión.

Y mucho menos aún causa el estupor que debiera el que en medio del escándalo que compromete a mandamases de la ultraderecha, éstos sean recibido con alfombra roja por el Ministerio del Interior, y que, peor, aún no se tenga idea de lo que se habló.

No sería raro que en esa oportunidad unos y otros hayan acordando sentarse en la ciudadanía,  pueblo, chusma, gente, gilerío, por medio de coincidir en la manera menos lesiva de dar por superado el escándalo. Un error lo comete cualquiera

No sería extraño, dado que en los últimos veinticinco años los acuerdos entre esos bueyes sin cuernos, ha sido la condición que ha permitido todo lo que se ve.

Mediante esa buena vecindad, se ha implementado la mejor manera de someter a los díscolos, inconformistas y rebeldes que creyeron que salir de la dictadura no era suficiente.

De tanto convivir con esos olores, ya no se siente la podredumbre de un sistema que en nombre del crecimiento económico, perfeccionó lo que por tiempo no alcanzó a hacer la tiranía. Y le dio viso de legitimidad a una cultura cuya esencia es contraria a lo que se entiende por decencia, por cosa limpia.

En Chile es bien pagado ser delincuente de alto vuelo. Los personajes siniestros cuyos pasados están relacionados íntimamente con la dictadura, cuyas fortunas proceden del saqueo uniformado de las empresas del Estado, verdaderos botines de guerra, y que por la vía de la compra o arriendo de políticos han hecho lo que han querido para su propio beneficio, gozan de un estatus de gente decente, de esfuerzo, de familia con blasones.

En nuestro país reina la impunidad con la anuencia y complicidad de un cómodo tándem de políticos otrora de izquierda, que se han visto beneficiados económicamente por la vía de mirar con un solo ojo.

Esta práctica ha dado origen a una casta nueva de oligarcas para quienes la pobreza es un dato estadístico, la lucha mapuche una molestia a cargo de la policía, el reclamo de la gente envidia de los  inconformistas de siempre y el legado pinochetista un déficit con el que se puede convivir.

De la cultura anidada en esa convivencia, trasciende el olor al que ya parecemos acostumbrados.

Mientras tanto, en algunos rincones y recovecos, esporas izquierdistas dan rienda suelta a la imaginación urdiendo teorías, manifiestos, proyectos y revoluciones. Y de vez en cuando pone en movimiento un desarrollado sentido del auto castigo por la vía de intentar con una reiteración enfermiza, ensayos de fracasos que ya ni siquiera llaman la atención.

La izquierda debería revisar con ojo contemporáneo eso de las condiciones objetivas y subjetivas, las teorías alambicadas y las experiencias internacionales, y decidir restablecer el buen olfato, precursor de reacciones de descontento, asco y repulsión, necesarias para un levantamiento de sanidad nacional.

Un movimiento que se proponga consignas tan básicas como la  decencia, la honestidad y la honradez,  necesariamente debería ser considerado un potencial revolucionario por cuanto proponerse la construcción de un país basado en esas categorías impone la destrucción de este otro país en que la indecencia ocupa rangos de las más altas investiduras, asentadas en las más imponentes instituciones, con los mejores sueldos y la más eficiente inmunidad.

Yo cociné para Lemebel


La única vez que vi de cerca a Pedro Lemebel, fue cuando los compañeros me pidieron  cocinar en el Tren de la Victoria que llevaría la candidatura de Gladys Marín y a ella misma hasta Temuco. Eran tiempos en que había trenes y victorias

Yo dije que sí.

Me perdí gran parte de la algarabía natural de esa iniciativa, guitarreos, risas, gritos, a pesar de que era un tren en zona seca, que en gran medida intentaba reproducir el Tren de la Victoria de Salvador Allende, el que hasta hoy se recuerda en tonos épicos, porque debí meterme en un sucucho estrecho, y algo grasiento en el cual estaba la cocina del coche comedor.

El tren paraba de vez en cuando, en pueblos y ciudades y la gente en los andenes  alguna aplaudía y otra miraba con algo de curiosidad.

No era primera vez que cocinaba ni la primera que cometía tantos errores juntos. Sugerí a los encargados de resolver las cosas, que hiciéramos un menú lo más simple posible. El segundo error, el primero fue aceptar ir en esa aventura, fue decidir hacer un consomé de pollo, pensando en lo frío de la noche y su correspondiente desvelo, aprovechando las presas como plato de fondo, agregando algunas ensaladas.

No he dicho, ahora lo hago,  que se cocinaba para la candidata y sus más cercanos acompañantes, no para todo el chungo que iba en el tren, que era mucho.

El tercer error fue no considerar que el movimiento del tren es el mismo de todo el resto. En un gran fondo de aluminio, aderezados con pimentón, cebollas, algo de orégano y sal, primero sellamos las presas y luego, una vez que comenzó a salir un agradable aroma a ajo frito, dejamos caer el agua en medio de un vaivén que se reprodujo de inmediato en el fluido.

Para ahorrar palabras, diré que a los pocos minutos cada trutro largo, cada pechuga entera se había desmenuzado por completo, y sus restos, el más grande de un par de centímetros, flotaban alegremente en la superficie. Los huesos se habían ido a fondo.

El vaivén del tren había hecho lo suyo. De nada me sirvió concluir que el pollo debió cocerse en tierra, en donde los movimientos son algo menos violentos, descontadas las circunstancias de temblores y terremotos.

Los encargados de la atención de candidata y personalidades, llegada la hora de almorzar a la altura de Chillán, me miraban con la expresión de quien quiere matar a alguien.

Con mi ayudante, quien, al otro día me daría cuenta que se llevó mis cuchillos cocineros regalones los que yo había robado de un restaurant de Estocolmo, cien años de perdón para el ayudante, decidimos cortar por lo sano y con un enorme colador, comenzamos la penosa tarea de rescatar los restos náufragos del pollo que parecían disfrutar ese ir y venir tan propio de los trenes.

Luego de juntar una respetable cantidad de trocitos de pollo reblandecido, improvisamos unas ensaladas y sobre éstas dejamos caer cantidades más o menos parecidas de carne molida de pollo, adornamos los platos con hojas lechugas y, transpirados tanto por el calor de ese sucucho enano, como por la desgracia que habíamos sufrido, pedimos a los compañeros que oficiaban de garzones que procedieran a servir.

Lo que sí tuvo aceptación, fue el consomé. Por suerte teníamos huevos, así que en una maniobra tan rápida como desesperada, procedimos a repartir la sopa en las tazas algo saltadas del tren, para que la cosa no se viera tan pobre.

A Lemebel, que fumaba y fumaba, su cabeza protegida del viento por un coqueto pañuelo de señora,  lo vi dos veces acodado en una mesa del coche comedor que olía a pachulí, por el cual pasé de ida y de venida. Acompañaba a Gladys en animada conversación, rodeados de cámaras y gente amiga.

Al otro día volvimos a Santiago con el cuerpo castigado por el poco dormir y con la sensación de fracaso en el cometido de cocinar para los compañeros. Como siempre sucede, ese golpeteo en la conciencia me siguió por un breve tiempo, hasta que se extinguió.

Luego vinieron las elecciones. Gladys Marín sacó un 2,9% y el mundo siguió andando. Hoy avisan de la muerte de Lemebel y por eso recordé que en aquella oportunidad fue la única en que lo vi de cerca.

 http://eldesconcierto.cl/yo-cocine-para-lemebel/

Elogio del huevón

El huevón no tiene ley: obra de oficio. Un huevón de buena talla no tiene inconveniente alguno en decir que algo es blanco aunque no hace mucho haya jurado su negrura sin detenerse a objetar en su fuero íntimo esa rareza.

Un Huevón, así, con alta, necesita un jefe para su existencia, para su reproducción y para casi todo. Y entre más jefes tenga y mientras más se calce a la cola de ellos, mejor. Más huevón es.

Esa postura le señala de la mejor manera su naturaleza: antes que él, hay varios que pensaron vicariamente sus opiniones, por lo que se siente relevado de ese ejercicio tan complejo. De ahí en adelante, lo que viene es decir sí a todo.

Para un huevón - huevón, lo peor son los textos sin subtítulos ni resúmenes, sobre todo si vienen escritos en letra pequeña: Timen New Roman cuerpo catorce es el límite de lo cognoscible. Cualquier cosa diferente como que lo obliga a pensar y, como sabemos, para eso no está

Un huevón promedio, siempre va a intentar pasar lo más piola posible. Su puesto normal es entre el medio y la parte de atrás. Las primeras filas y los escenarios le generan comprensible pánico: constituyen una exposición incómoda que eventualmente podría exigir cierta iniciativa, y ya sabemos que eso no está entre sus rasgos.

Los huevones tienen tendencias endogámicas y por esa razón, junto con no extinguirse, las estirpes huevonas son cada vez más herméticamente huevonas por eso de inhibir el ingreso de sujetos no huevones en sus locales, guaridas, cafeterías, restaurantes, casa de la cultura, esquinas y parques. Lo anterior asegura huevón para rato.

Una comunidad huevona tiene lideres que no son tan huevones, pero necesitan parecer huevones por eso de que en esas sociedad huevonas el principio de la igualdad es de los más importantes. Tienden a una sociedad de huevones iguales en derecho y dignidad, aun que los machos alfa del huevonaje, son lo más vivos que hay.

Un huevón en algunos casos se puede asimilar al tonto, pero son casos esencialmente diferentes y obedecen a fenómenos distintos, aunque en el último tiempo hay una tendencia a la aparición del huevón tonto, pero son casos aislados. Hasta ahora, estadísticamente despreciables.

Dile al tonto que tiene fuerza, apela la ironía popular para reírse de aquel al que basta con adular un poco para que sea capaz de proezas inimaginables. En el caso que nos ocupa, el sujeto huevón, capcioso como el que más, no caerá en el garlito y optará por hacerse el huevón.

Un huevón hará su esfuerzo, es cierto, pero tanteadito. Aplicable en toda su comprensión es aquello de Flojo, pero vivo el ojo, cuya expresión más extendida sería, Huevón, pero hasta mediodía.

Pero donde un huevón eximio pondrá su mejor esfuerzo, será en su intento por trascender mediante sus ideas, propuestas, proyectos e innovaciones, las que nunca funcionarán jamás.

Sin embargo, un huevón de peso medio, no se crea, tiene un aspecto envidiable: su tendencia a la felicidad. No hay huevón que no sea feliz. Qué envidiable manera de conformarse con poquito, qué arte para elevar a doctrina la cuestión más pueril, qué delicadeza para el auto convencimiento, qué serena manera de pasar por la vida sin dejar huellas. No se conoce caso de huevón infeliz.

Decir huevón y feliz es un abuso de la sinonimia.

EL COA Y LOS POLÍTICOS: MONREROS, COGOTEROS Y LANZAS

Desde que el Coa salió del ámbito de las poblaciones y las cárceles, ha aportado un sinnúmero de palabras y expresiones que hacen más fluido y sintético nuestra habla coloquial. Como si la verdadera alma del chileno medio dispusiera mejor de sus colores mediante el uso de  esta jerga, que a pesar de ser mal vista,  es recurrida por deportistas y políticos, y de la que ciertas famosas teleseries han sacado provechosos jugos.

El coa es una jerga de ladrones que se ha visto afectada, como prácticamente todo, por el avance  increíble de las comunicaciones. Desde que se configuró como el lenguaje que permite a ladrón enmascarar sus comunicaciones, reconocerse entre pares y distinguir rangos en su interior, se mantuvo al amparo de la discreción de su usuarios/creadores por cuanto en el secreto de sus términos residía en gran medida su eficacia. Fue en originalmente solo de uso de los iniciados. Del vivo.

La palabra coa viene de la expresión española dar coba, suyo significado es distraer a  una persona o entretenerla mediante la adulación para intentar algún tipo de beneficio,  robar o engañar. Lo más parecido a lo que en Chile conocemos como engrupir.

El coa chileno tiene dos afluentes significativos: el español como idioma madre, que trae a cuestas elementos de sus propios lenguajes bastardos: la antigua germanía, lenguaje de rufianes españoles, y el caló, lenguaje preferente de los gitanos españoles; y por otra parte el lunfardo, original lenguaje de los ladrones del puerto de Buenos Aires, cuyo mayor influencia  y riqueza lingüística proviene de las distintas variantes del  italiano que trajeron a cuestas los emigrantes de la península en los siglos XIX y XX.

De vez en cuando figuras públicas se afirman del coa para expresar ideas que por la vía del español formal resulta con un uso mayor de recursos: muchas palabras para decir lo mismo. Así, recordado es el caso del Chino Ríos que no estaba ni ahí.

La intervención de la senadora Von Baer, utilizando la expresión vale callampa, ha dado mucho qué hablar y ha escandalizado a  algunos, incluso su dislate ha sido utilizado como la demostración palpable de la necesidad de un reforma educacional.

El exabrupto senatorial, sin embargo, da pie para demostrar cómo un lenguaje de ladrones como es el coa, podría ayudar a entender lo que pasa en la política, la que muchas veces se desarrolla en un lenguaje de tal manera alambicado, que no se sabe si es para que la gente común entienda o para que no.

Además, la función política podría agregar términos al algo alicaído lenguaje de los ladrones, justo ahora en que se devela, con el arrebato propio de la cosa nueva,  lo que ha pasado siempre: que la derecha es un tándem de ladrones que se diferencian de los pobres diablos que pueblan los penales en los montos, técnicas y uso dado al botín, tanto como por la impunidad en la que se desplazan y por los barrios en que viven.

Veamos algunos ejemplos.

El delito más común es la monra, también conocido en el lenguaje de las leyes como robo con fuerza y puede afectar a un lugar habitado o no habitado. Este es el más popular de los robos y se verifica normalmente cuando una empresa demanda un tonto que cometió el error de pedir un crédito y no pagarlo en los tiempos que comprometió. También puede afectar a un estudiante universitario que creyó en el Estado como aval para su préstamo. En este delito, también conocido como apreté, le van a llevar todo.

El segundo más común es el robo con Violencia o Intimidación en las personas, en el que el ladrón, el vivo, apura el gil, su víctima o cliente, con algún tipo de arma. Es lo que en coa se llama cogotear, colgar, apurar, y en general afecta a ancianos, pobres y mujeres desvalidas.

Este delito tiene varios especialistas entre los que descuellan las farmacias, los supermercados, las clínicas privadas, las universidades, ciertas escuelas, el Transantiago, los bancos, los servicios de carácter público, los bancos, las tarjetas de crédito, los peajes en las autovías, los parquímetros y estacionamientos, y un etcétera casi interminable.

Un tercer delito asociado a la exacción ilegal de lo que legítimamente pertenece a su propietario, es el Robo por sorpresa, cuya más conocida versión es el lanzazo.

Es el que viene luego de cualquier tipo de negociación en que los trabajadores dejan en manos de sus supuestos representantes la defensa de sus derechos o beneficios, pongamos por caso, la negociación del sector público, el reajuste de las pensiones, los montos de las jubilaciones, o las leyes que permiten el robo diario de parte de los sueldos de los trabajadores por parte de las AFP. Le meten la mano en el bolsillo, agarran lo que encuentran y arrancan.

Y así.

 http://eldesconcierto.cl/valer-callampa-o-el-aporte-del-coa-al-habla-cotidiano/

 http://elclarin.cl/web/opinion/politica/14526-el-coa-y-los-politicos-monreros-cogoteros-y-lanzas.html

 http://www.elpuertolibre.cl/archivos/43544

Caso Penta: ¿una operación de falsa bandera?

¿Y si el escándalo de los dineros políticos no sea sino una operación de inteligencia de gran escala que busca disciplinar o disminuir a la UDI para ponerla en sincronía y en armonía con las reformas que apuntan a entibar al sistema después del susto del año 2011, luego de que por el otro extremo ya está disciplinado el Partido Comunista?

Con la reforma al sistema binominal, el modelo ha dado otro paso en la estrategia de perfeccionar aquellos nudos que el avance de sus propias contradicciones, por un lado, y de la toma de conciencia de ciertos sectores por otro, han dejado al desnudo. Sumemos también una cierta inercia descontrolada,  no muy bien advertida por un exceso de confianza de los actores con tendencia al achanchamiento.

Así, se consolidó la reforma tributaria, que dejó  las cosas peor que antes; la laboral, que le quitó a las organizaciones de trabajadores parte de sus pocas garantías; y está en curso en su propio pantano una reforma educacional que, doble contra sencillo, dejará en peor estado un sistema educacional que ya se cae a pedazos y a los profesores, más castigados  y ninguneadas que antes por la simple estupidez de haber comenzado por el final.

Es cierto que nada prometió el sacrosanto programa de la Nueva Mayoría, pero lo que se dijo de él por sus exégetas era que de sus propuestas dependía un futuro esplendoroso sobre todo para aquellos que lo vienen pasando mal desde el mismo año 1973.

La gestión de la segunda presidencia de Michelle Bachelet fue concebida sólo para arreglar los entuertos de los gobiernos anteriores, incluidos el de ella misma, que llevaron al modelo a vivir horas de real disgusto y cierto temor.

Entonces, desde el punto de vista de los reales manejadores del modelo, mantener ciertos enclaves que aumentan las tensiones, dado el avance y entronización de la cultura neoliberal, ya no se justifica.

Y correspondería pasar a otra etapa de la refundación neoliberal, soltando algunas amarras que ya cumplieron su objetivo y que, de sostenerlas, lo único que se logra es agudizar la ira de los desalmados, de los ultras, de los eternamente insatisfechos y de los envidiosos.

Se procedió entonces a activar las válvulas de despiche del sistema para alivianar la presión que ya parecía insostenible. Y se cedió, un poco por aquí, un poco por allá, porque en las cuentas de los reales mandantes, esas concesiones, lejos de poner en peligro el sistema, lo afianzan.

Digamos que el retorno de la presidenta Bachelet y su plan restaurador es determinado por esta necesidad. Ni siquiera por la insistencia insana de Sebastián Piñera, no de toda la derecha ni menos de los poderosos, de hacerse innecesariamente del gobierno.

Como quedará registrado en la historia, a ese ejercicio de egolatría del empresario, inútil e innecesario en la lectura de los poderosos, debía seguir un  esfuerzo de reforzamiento y calafeteo del sistema luego de la ofensiva popular del 2011.

De manera que era necesario tomar medidas extremas para cautelar que los sucesos de de ese año exótico no dieran pie a lo que la lógica y el sentido común indicaba: que los estudiantes, los únicos con reales capacidades de movilización, se atrevieran a pasar de la protesta y los desfiles, a la acción política directa allí donde se verifica esa pelea: en las  elecciones. El resto, es harina tostada.

Y Michelle Bachelet fue esa medida extrema de los que mandan, quizás en conflicto con su decisión más íntima.

Entonces, luego de la embestida de reformas, dizque estructurales, de reformulaciones en el aparato del Estado, de intentos, algunos fructuosos, por desmovilizar y anular a los movilizados inconformistas, recalcitrantes, ultrones, apurones, renegados y traidores, y luego de reconocer que es necesario cambiar algunas cosas para que no cambie nada, se da comienzo a la operación para disciplinar a la ultraderecha, la que ya no resulta útil, por lo menos en su actual configuración: sin dinero es muy posible que se restrinja notablemente su tamaño, se podría pensar.

Como saben hasta las piedras en este país, siempre los poderosos han financiado a sus partidos, mejor dicho, sus brazos políticos. Lo que se destapa no es algo nuevo. Y ahí  radica lo extraño. ¿Por qué algo sabido revienta como un escándalo de magnitud estelar si se pudo controlar, tal como se ha hecho con tantos escándalos incluso de mayor envergadura?¿Los aparatos de inteligencia no detectaron el peligro? En tiempos de operaciones de falsa o tercera bandera, ¿no estaremos enfrente de algo parecido?

 Por mucho menos, han muerto varios.

Que el dinero es a la política como el afrecho al chancho, es algo sabido. ¿Quién gana con este  escándalo? Gana el sistema. Luego que se calmen las aguas, la segunda parte de la operación será recomponer todo de modo que la ciudadanía, es decir el hato de giles que  les vota una y otra vez, recupere la confianza en sus representantes y todo vuelva a la normalidad y de paso aumente el caudal de electores.

Y he aquí la mayor gracia del sistema, a pesar / o a propósito de todo esto, no va a pasar nada.

Así que lo que resta es esperar la parte menos interesante, desde el punto de vista del sistema: alguna renuncia o expulsión, golpes en el pecho, tímidas formalizaciones, y, por sobre todo, nuevas leyes que prohíban o que intenten restringir financiamientos poco transparentes, y de paso aportarán con un tinte de decencia que tanta falta le hace al cártel de políticos.

Y de paso, la advertencia a los mega empresarios: ya no es necesario que se financie al brazo civil de la ultraderecha, que para lo que se requiere en este tiempo, con la Nueva Mayoría es suficiente.

Y por cierto vendrá  mucha, mucha mala memoria.

 http://eldesconcierto.cl/caso-penta-una-operacion-de-falsa-bandera/