La respuesta no
tiene que ver con la ciencia de la balística. Tiene que ver con los que generan
las condiciones para hacer puntería, disponer del armamento, dar las órdenes,
para luego en una sucesión de declaraciones y buenas intenciones, ocultar sus
manos y borrar sus huellas, luego de matar.
A pesar de lo
que se diga, el de Nelson Quichillao es un crimen político. Y si bien el
Ministro Burgos no disparó, tiene gran responsabilidad en razón de su cargo.
A Quichillao lo mató la cultura que permite la
existencia de trabajadores de primera y última clase, que nacen viven y mueren
condenados a no salir más de las trampas que les ofrece la economía, que es
como decir la pobreza, cuyos hijos irán a una escuela determinada según su
condición social, los que luego de
estudiar algo que probablemente no le sirva para nada, les va significar
echarse a la espalda una deuda infinita, la que luego hará más rico al dueño de
esa deuda y de todo lo demás.
A Quichillao lo
mató el desprecio con el que se trata al trabajador, más bien un número, una
estadística, cuando no una molestia que es necesario apalear y balear como
medio disciplinario por si se le ocurre exigir sus derechos mediante la legítima
y necesaria protesta.
A Quichillao lo mató un paco desechable, un
monigote manipulado por mandos superiores, cebados como están por la impunidad
criminal que les permite dar sus opiniones de clase mediantes sus mariconas órdenes
de abrir fuego.
A Nelson Quichillao
lo mató una cultura que no se castiga el disparar en contra de trabajadores
desarmados, sino que al contrario, entiende ese acto como válido,
legítimo, necesario, propio del valer
militar y no una cobardía sin límites.
A Quichillao lo mató el cinismo de los políticos que miran
para el lado cuando se trata de contratos entre privados, pero se la juegan
cuando esos privados son los poderosos que les han pagados sus carreras
políticas y sus bienestares, sus amantes y las carreras de su hijos. Que no se
interesan por el muerto cuando es un pobre el que cae acribillado.
¿En manos de
quien estamos?
La nueva
Mayoría ha intentado por todos los
medios parecerse a la tiranía. Ya no solo por suscribir a pie juntillas un
sistema económico abusivo e inhumano, que lleva a la gente a desesperase y
salir a las calles a exigir justicia, sino también por la puntería criminal de
la que está haciendo gala.
Compungida, la
presidenta ausente que no preside nada, evalúa como criminal y lamentable el disparo
contra un oficial de la policía que cae en el cumplimiento de su deber. Y nada
dice cuando es un obrero el que muere por una bala muy parecida.
Nelson Quichillao no es el único muerto en esta extraña post
dictadura. Aún gritan desde el silencio de sus tumbas decenas de compatriotas
que han sido asesinados por la policía solo por el hecho de luchar por sus
derechos.
Lo que antes
era adjudicable al oprobioso régimen del tirano, hoy se repite con espantosa
regularidad en lo que algunos llaman plena democracia.
La pasividad
oficial y el ruidoso silencio de Bachelet, permiten por omisión que se sigan
cometiendo crímenes contra las personas inocentes a manos de jefes policiales que
se equivocaron de vocación o de tiempo.
El asesinato de
Nelson Quichillao es un crimen político perfectamente evitable, por lo tanto también
perfectamente premeditado.
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