La
Nueva Mayoría culminó su proceso de traicionar incluso lo que así misma se
propuso. No le bastará a la presidenta estar muy abajo en la consideración de
la gente. Quizás quiere enterrarse más abajo aún.
Habrá
quedado claro para los ilusos e ingenuos, que lo que se ha dicho respecto de
una nueva Constitución y los medios para acceder a ella fueron desde siempre
solo una retahíla de mentiras y malabares, precisamente para mantener a los
crédulos de siempre ocupados en sus ilusiones.
La
Nueva Mayoría es un fracaso en toda la línea. No ha sido siquiera capaz de
respetar sus propias convicciones. Ese pegoteo indecente que solo busca
perpetuarse en el poder, no escatima esfuerzos para deshacer en la tarde lo que
hizo en la mañana.
No
habrá jamás alguna reforma como las que esbozó ese documento que ya no vale ni
los corchetes con los que están unidas su páginas: el Programa, tan sagrado
para los comunistas que, dios les guarde el ojo, se acercaron a la Concertación
sin considerar el olor a podrido que provenía de su interior. O quizás no fue para
ellos un dato muy relevante
No
habrá reformas, porque no podría haberlas. El compromiso ideológico de la Nueva
Mayoría es tan profundo con el paradigma que ordena el modelo, que de haberla
sería un suicidio. En especial, lo que dice relación con una nueva
Constitución.
No es
que se diga que esta constitución es legítima o imposible de cambiar. Lo que
hemos dicho es que en el actual orden y con el pueblo desmovilizado y ajeno a
elementales grados de poder, cualquier iniciativa que busque un cambio de
verdad en el anclaje constitucional, va a tropezar con la insalvable y férrea
oposición de todos quienes comparten el poder. Como se ha visto una y otra vez.
Ninguno
de los gobiernos de la post dictadura tuvo la más mínima intención de terminar
con la peor y más genuina herencia del tirano. A lo sumo, en este cuarto de
siglo de miserables, lo que ha habido han sido operaciones que han intentado
maquillar con tintes democráticos y progresistas, modificaciones
constitucionales que más bien han sido necesarios calafateos para permitir su
actualización. Cambios reales, ninguno.
Y
quienes crean que bajo el actual orden, con el pueblo desmovilizado, con
sus organizaciones gremiales y
sindicales la mayoría cooptadas por intereses bastardos, sin una izquierda que se
permita izar alguna idea coherente, con las trincheras de la ultraderecha
golpista indemnes, es posible instalar de modo democrático una Asamblea
ciudadana, que redacte un nueva Constitución y que luego el pueblo informado la
ratifique mediante un plebiscito, es no tomar en cuenta el país en que vivimos.
Y ya
sería bueno que las buenas personas que levantan con encomio esa iniciativa,
hiciera pie en la realidad que impone la brutal demostración de postración del
sistema político ante los verdaderos mandantes: el gran empresariado sedicioso,
cómplice activo del tirano y su genocidio, a quienes dieron generoso apoyo
político y financiero aún en su retiro.
La idea
de marcar el voto con letras ingenuas no sirvió de nada. O bien, sirvió para
que sus vocera más encumbrada encontrara soberbio trabajo diplomático luego de
contados los esmirriados votos de su iniciativa tan cacareada. Para no mucho
más sirvió.
Hay que
poner los pies en la tierra dura y reseca.
La
presidenta alude sin despeinarse a lo mejor de la tradición constitucional chilena. O no sabe u olvida, qué
es peor no se podría adelantar, que esa tradición precisamente es la que ha
permitido la entronización de una
oligarquía que ha hecho y deshecho constituciones de espaldas a la gente o en
algunos casos, por sobre sus cadáveres.
El
derrotero tramposo que delega en otros lo que no se enfrentó con la valentía que se decía tener,
aterriza en un espacio en que el olor a mierda lo domina todo: el Congreso.
Como si no hubiera en desarrollo un proceso acelerado de putrefacción en el
sistema político, como si no fuera el Congreso una de las más rechazadas
instituciones.
Lo de
la presidenta sería como redactar el Código Penal en la Penitenciaría
El
camino no va por ese lado, ni va por el que han levantado esas buenas, cándidas
y optimistas personas que creen posible levantar una Asamblea Constituyente y lugeo
redactar una Nueva Constitución
Se
trata de que el pueblo que día a día es afectado en su vida cotidiana por un
orden desalmado, al extremo de transformar éste en una mierda de país, tenga la
opción real de participar en un cambio que signifique terminar con ese orden.
No en
su maquillaje, ni en su arreglín superficial. Ni como un asombrado espectador.
Sino integrado a la chusma tras un cambio de paradigma. En un tránsito que
implique definir qué queremos con nuestra sociedad, qué queremos como país.
Y eso
solo es posible desde la política. Y, aunque resulte extraño, parte antes de
tener una nueva Constitución.
Y
porque la política es el medio por el cual se impulsan, se concretan y se verifican todos los cambios, es que
resulta imprescindible que el pueblo se politice y dispute en ese campo a
quienes por demasiado tiempo se han aprovechado de la apatía de la gente, de su
ignorancia, de sus miedos, de su ingenuidad y de sus fantasmas, para imponer una
visión unipolar del mundo y una artificial pero profunda sensación de que esto
que hay, es imposible de ser modificado.
El
pueblo debe tomar partido político desde su realidad y esa realidad indica que
sus organizaciones más genuinas deben optar por decisiones de transcendencia: o
nos metemos a la pelea donde corresponde
o abandonamos el espacio ganado y se
lo regalamos a los sinvergüenzas de siempre.
Las
movilizaciones de los estudiantes, de los profesores, de los pobladores
afectados por las pestes de la contaminación y/o la escasez de sus aguas
robadas, de los mapuches y sus reivindicaciones históricas, los trabajadores
atrapados entre la explotación más feroz y el nudo corredizo de las deudas,
necesitan transformar sus fuerzas en energías efectivas, ya no simbólicas.
Deben
transformar la fuerza social en fuerza política y sacar a los sinvergüenzas de
sus madrugueras.
Lo
anterior es leído a menudo con una óptica corta que impele a ciertos actores de
la socio política nacional a la idea de formar partidos políticos como
respuesta a la necesidad de expresión política. Esa reducción es una miopía que
se ha repetido de manera sospechosa en los últimos diez años. La cosa no va por
ahí, en nuestra opinión.
Cada
vez que surge un partido político de izquierda, no solo aumenta la disgregación
de ésta, sino que ese partido está destinado a desaparecer. La creación de un
partido como aporte a la unidad es una contradicción lógica
Las
movilizaciones de los estudiantes desde el año 2001 a la fecha, han demostrado
que se puede hacer política desde lo social, claro está, solo si hay decisión.
De lo que se trata es disputar los espacios de la política a quienes han
abusado de ellos hasta crear este país que ya no soporta más neoliberalismo.
No es
un espejismo creer que se le puede disputar el status quo en su propia cancha y
con sus propias armas, a condición de que sea como una expresión de un pueblo
movilizado.
Y
movilización significa ese proceso de seducción en que la gente que asume una
idea para hacerla realidad, sin importar el costo. Y una nueva Constitución
debe salir de una movilización que se lo proponga.
Lo que
escuchamos representa como pocas cosas el centro del pensamienmto y praxis
bacheleteano: huir hacia adelante, caer hacia arriba, endosar a otros las
propias responsabilidades y considerar
la realidad como una enemiga que hay que evitar a toda costa.
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