La
alcaldesa de Antofagasta, que más que independiente parece ser neutra, informa
las razones por las cuales se dispone a desalojar los campamentos que afean la
vista hacia los cerros de su ciudad.
Los
seis argumentos que esgrime no son otra cosa que una acertada aunque incompleta
definición de la pobreza extrema, lo que en el país de los eufemismos, se llama
vulnerabilidad. Y en el país de las más agudas contradicciones y diferencias,
esa misma ciudad rodeada de pobres, eleva por sobre el resto el orgullo de
tener un ingreso per cápita de treinta y siete mil dólares.
Alguien
que no se sabe muy quien es, pero se puede sospechar, se está quedando con el
per cápita de esos pobres, al borde de ser lanzados a un basural por la sensibilidad
social de la alcaldesa antofagastina.
Por ser
la cuna de la minería que hace rico a un puñado de inmorales, Antofagasta se ha
convertido en un infierno en el que para vivir hay que arracimarse como se
pueda. La presión sobre el consumo y la habitación, dada la enorme población
flotante que requiere la explotación
minera, hace que sea una de las ciudades más caras del país.
Y como
se sabe, en la base de la cualquier fortuna hay vidas, sub vidas que la hacen
posible. Y que son hombres, mujeres y niños, despreciables, desechables,
sobrantes no invitados al festín de los poderosos.
Los
pobres, y no solo en Antofagasta, son tratados como cosas prescindibles. El
cacareado sentido social de la coalición gobernante, que nunca existió, quedó
como una repetición inútil de consignas y promesas en algún recodo de esas
rutilantes carreras políticas. Flota al garete en algún rincón olvidado.
Quizás
el anuncio más concreto que ha hecho la mandataria en ese innecesario discurso
que anuncia en envío del la ley de presupuesto, es el aumento de las plazas de
las policías y de los medios de última generación para el efecto de controlar
la delincuencia y la violencia.
Nadie le
habrá dicho a Su Excelencia que el principal factor que reproduce la violencia y la delincuencia es precisamente
la pobreza. Se habrá convencido ya la compañera del criterio de la ultra
derecha chilena para quienes el delincuente elije su vida de entre varias
opciones y que la pobreza es la opción de los flojos que se levantan tarde y no
quieren emprender.
El
sistema político que ha dado vida y reforzado una cultura que segrega, castiga
y reprime al pobre, ha ganado hasta ahora todas las batallas. La corrupción en
la que se ha desenvuelto esa cultura, lejos de debilitarla, le ha dado mayores razones para su
entronización. Los pobres son un riesgo que hay que ir desactivando mediante la
gestión represora del Estado.
Los
poderosos están afectados por el fenómeno de la escotoma, esa ceguera parcial y
direccionada que permite ver solo aquello que es agradable para los sentidos y obviar
aquello que causa tensión, miedo o dolor.
Y si
hay algo fuera del campo visual del los poderosos, es, efectivamente, la gente
más desposeída. Por eso todos los discursos son tan bonitos porque parece que
se refieren a otro mundo. En ellos las cifras siempre alcanzan, las medias son
siempre las correctas y el futuro es algo tan cierto como maravilloso.
La
escotoma que sufre el corroído sistema político, permite por ejemplo que aquel senador
que se fue a ver el rugby pueda decir convencido en los más honesto de su ser,
que no comete nada grave al viajar al Inglaterra cuando su circunscripción
recibe un terremoto grado 8,3.
Para
él, con su visión distorsionada por la presión soberbia del poder, lo que hace
es perfectamente normal si se considera que ese deporte es su pasión. Donde
muchos ven frescura, aprovechamiento, burla, indolencia, él ve algo normal, que
se ajusta a su derecho.
Ese
fenómeno afecta también a la autoridad edilicia antofagastina. Como a toda
buena aprendiz de prepotente, para ella ese pobrerío no merece afear esas
alturas y lo que corresponde es mandarlo a algún basural, un gueto, un
botadero.
Una buena idea
sería conseguirle un helicóptero Puma y lanzarlos al mar. Hay gente con
experiencia en ese tipo de soluciones.
Pero lo
que no están tomando en cuenta esos aprendices de tiranos, es que a veces la
bronca de la gente se expresa de forma tal que obvia las buenas maneras y la
gentileza. Y cuando eso pasa los costos son muy altos para todos.
A veces
lo que baja de los cerros en donde se arracima la gente pobre, no es solo un
alud de barro y piedras. Luego quedan los lamentos, contriciones y
arrepentimientos.
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