miércoles, 14 de octubre de 2015

Una aprendiz de prepotente


La alcaldesa de Antofagasta, que más que independiente parece ser neutra, informa las razones por las cuales se dispone a desalojar los campamentos que afean la vista hacia los cerros de su ciudad.

Los seis argumentos que esgrime no son otra cosa que una acertada aunque incompleta definición de la pobreza extrema, lo que en el país de los eufemismos, se llama vulnerabilidad. Y en el país de las más agudas contradicciones y diferencias, esa misma ciudad rodeada de pobres, eleva por sobre el resto el orgullo de tener un ingreso per cápita de treinta y siete mil dólares.

Alguien que no se sabe muy quien es, pero se puede sospechar, se está quedando con el per cápita de esos pobres, al borde de ser lanzados a un basural por la sensibilidad social de la alcaldesa antofagastina.

Por ser la cuna de la minería que hace rico a un puñado de inmorales, Antofagasta se ha convertido en un infierno en el que para vivir hay que arracimarse como se pueda. La presión sobre el consumo y la habitación, dada la enorme población flotante que  requiere la explotación minera, hace que sea una de las ciudades más caras del país.

Y como se sabe, en la base de la cualquier fortuna hay vidas, sub vidas que la hacen posible. Y que son hombres, mujeres y niños, despreciables, desechables, sobrantes no invitados al festín de los poderosos.

Los pobres, y no solo en Antofagasta, son tratados como cosas prescindibles. El cacareado sentido social de la coalición gobernante, que nunca existió, quedó como una repetición inútil de consignas y promesas en algún recodo de esas rutilantes carreras políticas. Flota al garete en algún rincón olvidado.

Quizás el anuncio más concreto que ha hecho la mandataria en ese innecesario discurso que anuncia en envío del la ley de presupuesto, es el aumento de las plazas de las policías y de los medios de última generación para el efecto de controlar la delincuencia y la violencia.

Nadie le habrá dicho a Su Excelencia que el principal factor que reproduce  la violencia y la delincuencia es precisamente la pobreza. Se habrá convencido ya la compañera del criterio de la ultra derecha chilena para quienes el delincuente elije su vida de entre varias opciones y que la pobreza es la opción de los flojos que se levantan tarde y no quieren emprender.

El sistema político que ha dado vida y reforzado una cultura que segrega, castiga y reprime al pobre, ha ganado hasta ahora todas las batallas. La corrupción en la que se ha desenvuelto esa cultura, lejos de debilitarla,  le ha dado mayores razones para su entronización. Los pobres son un riesgo que hay que ir desactivando mediante la gestión represora del Estado.

Los poderosos están afectados por el fenómeno de la escotoma, esa ceguera parcial y direccionada que permite ver solo aquello que es agradable para los sentidos y obviar aquello que causa tensión, miedo o dolor.

Y si hay algo fuera del campo visual del los poderosos, es, efectivamente, la gente más desposeída. Por eso todos los discursos son tan bonitos porque parece que se refieren a otro mundo. En ellos las cifras siempre alcanzan, las medias son siempre las correctas y el futuro es algo tan cierto como maravilloso.

La escotoma que sufre el corroído sistema político, permite por ejemplo que aquel senador que se fue a ver el rugby pueda decir convencido en los más honesto de su ser, que no comete nada grave al viajar al Inglaterra cuando su circunscripción recibe un terremoto grado 8,3.

Para él, con su visión distorsionada por la presión soberbia del poder, lo que hace es perfectamente normal si se considera que ese deporte es su pasión. Donde muchos ven frescura, aprovechamiento, burla, indolencia, él ve algo normal, que se ajusta a su derecho.

Ese fenómeno afecta también a la autoridad edilicia antofagastina. Como a toda buena aprendiz de prepotente, para ella ese pobrerío no merece afear esas alturas y lo que corresponde es mandarlo a algún basural, un gueto, un botadero.

Una buena idea sería conseguirle un helicóptero Puma y lanzarlos al mar. Hay gente con experiencia en ese tipo de soluciones.

Pero lo que no están tomando en cuenta esos aprendices de tiranos, es que a veces la bronca de la gente se expresa de forma tal que obvia las buenas maneras y la gentileza. Y cuando eso pasa los costos son muy altos para todos.

A veces lo que baja de los cerros en donde se arracima la gente pobre, no es solo un alud de barro y piedras. Luego quedan los lamentos, contriciones y arrepentimientos.


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