martes, 19 de mayo de 2015

La garantía

La aseveración del Ministro Vocero en orden a que la "La principal garantía que el programa se cumplirá se llama Michelle Bachelet", se podría interpretar como una irresponsabilidad.

Que todo dependa de lo que pueda o no hacer la presidenta  resulta una conducta del todo aventurera.  Es como decir: quizás, no sabemos, a lo mejor.

Y es un abuso si se considera la fragilidad del estado emocional del que hace gala, por lo cual sus determinaciones corren el riesgo de ser todo lo contrario de lo que se supone.  O simplemente, no ser.

Ha quedado demasiado expuesta la debilidad del supuesto liderazgo de Bachelet.

Desde el momento en que se desencadenaron los dramáticos hechos que hicieron coincidir el rebalse de la cultura que desde siempre ha ligado a los poderosos con los políticos, pasando por el escándalo familiar que la desbarrancó en credibilidad y confianza, hasta el día en que vivimos, no ha habido sino una seguidilla de hechos de una torpeza increíble.

No solo por el momento y la forma en que avisa su cambio de gabinete, que dicho sea de paso incumple lo que ella misma había comprometido, sino por su composición, que va en camino de desatender de nuevo sus compromisos: un Ministro de Hacienda pro empresarios y de un Ministro del Interior cuya postura en contra de una Asamblea Constituyente es de sobra conocida, son desatinos impropios de un liderazgo. Estos enroques y cambios más bien aumentan el desconcierto.

Hay quienes aseveran que Michelle Bachelet jamás se comprometió a  mecanismo constitucional alguno y otros que dicen que sí lo hizo. Y lo más probable es que sean ambas aseveraciones igualmente ciertas, dependiendo del momento y auditorio al que iban dirigidas. Un trabajo pendiente para los futuros  arqueólogos de la política.

El caso es que la presidenta bien puede decir blanco y un momento después decir negro, con la misma decisión y convicción. Y luego sus voceros, intérpretes y exégetas, se encargarán de buscar la mejor manera de armar una versión creíble y ajustada a lo que se supone debió decir en un primer momento.

Es que para decir las cosas como son, el pretendido liderazgo de Michelle Bachelet no ha sido sino una construcción de la nueva camada de políticos que saben de la necesidad de suplir a los que ya cumplieron su ciclo vital.

Este nuevo tándem de poderosos tuvo la gracia de convencer a la presidenta de esta segunda aventura, que no era en absoluto necesaria sino para dejarlos instalados como su herencia histórica, ambición de todo político que se la crea.

Así, montados en esos números históricos de aprobación ciudadana, la cuenta resultaba clara y del todo auspiciosa: Rodrigo Peñailillo y su equipo tenían la mejor opción de ser los legítimos herederos de la mujer que alcanzaría dos veces el Sillón de O’higgins.
 Lo demás: coser y cantar.

Y de pronto, falló el liderazgo. Y falló precisamente porque lo de Michel Bachelet no es liderazgo, es decir, no se trata de alguien que pueda conducir con lucidez, decisión, con capacidad de prever escenarios y de tomar decisiones drásticas y oportunas. No es porque no encarna los deseos más anidados de los se supone le siguen.

Liderazgo supone mucha gente detrás. No un grupo reducido por muy fieles y leales que se definan. Supone coherencia entre el decir y el hacer. Y por sobre todo, significa lealtad con los supuestos liderados, aquellos que siguen confiando en que las cosas ahora sí pueden mejorar sus vidas diarias.
Nada de eso se ha cumplido. La gente sigue igual o peor, sufriendo el avance de una cultura que se funda en la existencia de un grupo reducido de poderosos que han tenido la audacia de beneficiarse tanto de la dictadura como de lo que vino a continuación y que reina por sobre la amplia mayoría que sobrevive ajena a los prodigios de los promedios y las cifras.

Quizás lo más trascendente de su gestión sea haber logrado lo que pocos pensaban: el rechazo ciudadano absoluto a un sistema político cuyo desprestigio tiene rasgos de crisis institucional, más que política.

Y esa proeza sí que habrá que reconocérsela. En eso sí ha sido garantía.

Que matar salga caro

El asesinato aleve de Exequiel y Diego nos recuerda en forma dramática que vivimos en un país de gatillo fácil, aunque no sea siempre una bala la que mate.

Dos jóvenes han sido abatidos por la ignorancia, brutalidad y falsos valores que la cultura que domina plasmó en un sujeto que bien puede corresponder al logotipo de todos estos años, en que ha dominado el precio por sobre el valor, el brillo de lo falso  y superfluo, por sobre lo verdadero de las cusas nobles y humanas.

Un sujeto que por las trazas de su brutalidad convertida en una forma de ser, es un hijo de esta época, parido en medio de una sociedad que valora la prepotencia, admira la arrogancia y desprecia al otro, solo por la diferencia que impone la otredad genuina y necesaria.

El asesino de nuestros camaradas es nieto de los presidentes, prepotentes por antonomasia, que han colaborado con un entusiasmo de encomio, para construir un país en que resulta no solo fácil, sino comprensible, confundir la fuerza de las ideas con la imposición brutal de sus convicciones egoístas.

Resulta falso e  injusto decir que en estos crímenes todos somos responsables. En la construcción de esta cultura que mata todos los días, concurren los poderosos de siempre, imbricados en una cópula que les asienta con los nuevos poderosos, quienes se desdijeron de sus antigua consigna no más sintieron el peso del dinero en sus faltriqueras y del poder en sus decisiones.

Son ellos los que deben cargar con el peso de sus obras, no sus víctimas. Cuando somos todos, ya se sabe, no es nadie.

La muerte de nuestros muchachos nos retrotrae a uno de los efectos más terribles de la tiranía: acostumbrarse a la muerte. Y responder al crimen con gestos que si bien tienen la solemnidad del duelo, desde el punto de vista de la cultura que nos impone este tipo de sacrificios innecesarios y dramáticos, no tiene ninguna importancia.

No es lo mismo prender una vela que hacer arder una barricada.

Exequiel y Diego no son los primeros jóvenes que caen acribillados en lo que va de dictadura de baja intensidad, en esto que se llama, trampeando una vez más con el idioma, transición democrática.

Antes ya han caído muchos otros igualmente comprometidos con las cusas que intentan hacer de este país un lugar de una mínima decencia. Y no ha pasado nada. Nada que no sea la más brutal impunidad. Los asesinos se pasean libres, eximidos de puniciones, a salvo de sus conciencias, bendecidos y pensionados.

Y aún en este minuto  importantes extensiones de territorios mapuche de mantienen en una ocupación militar que, cuando sucede en otros países avergüenza y no se tarda en apuntarla como violadora de derechos y de vidas. Pero si se trata de  indios, la cosa no da para tanto y la reiteración machacona e interesada de los poderosos termina por acostumbrar al trasiego de tropas de asalto maltratando ancianos, niños y mujeres, y de vez en cuando matando a uno que otro mapuche.

La muerte parece ir con nosotros. Y nuestra parte en esta sociedad homicida es poner  los muertos.

Hay una pena muy extendida que busca la manera de expresarse de otra manera más decidida que el llanto, la congoja y el pesar. Y hay un miedo que nos obliga a pensar que de aquí a poco, quizás hasta antes del siguiente muerto, ya no recordemos a los que hoy cayeron.

Por eso hace falta una reacción mucho más decidida y radical ante este crimen. Se extrañó que solo se limitara a encender velas rituales que ya no alcanzan para mucho.

Porque estas muertes deben ser vengadas y debieran servir como un ejemplo que hay que tener en cuenta para que nunca más, como hasta ahora, siga saliendo tan barato asesinar.

Retórica, chamullo y manipulación

Los expertos en la manipulación de lo que por un abuso del idioma se nombra como la opinión pública, como si tal excentricidad fuera posible, de vez en cuando instalan neologismos que a poco andar pasan a ser conceptos de los que nadie cuestiona su real significado, que es como decir, su falacia intrínseca, su falsedad absoluta.

Y se repiten con una soltura de cuerpo adjudicable al que dice la verdad más profunda e indesmentible.

Sucede que estos genios de la manipulación han descubierto que la cachaña comunicacional con las que el gobierno y sus distintas expresiones intentan controlar la sagrada, creciente y peligrosa bronca de la gente, se llama discusión pre legislativa.

En palabras simples, se trata de un proceso que parte con la redacción de un proyecto de ley que va a ser llevado a su tramitación en el Congreso por algunas de las vías institucionales, pero que antes de eso es puesto en conocimiento de los sujetos a los cuales se supone, y se anuncia con un desparpajo cada vez más asombroso, va beneficiar.

En esta etapa, los agradecidos destinatarios de lo que en breve será una ley de la república, son citados en distinta oportunidades y lugares para que den a conocer aspectos que les parezcan modificables o simplemente rechazables del texto, momento en el cual los funcionarios que ofician de contraparte del gremio o grupo interesado en el tema, toman notas, mueven la cabeza con gestos de anuencia y comprensión, hacen alguna consulta y al final de la sesión, propone otro día para seguir con la gestión pre legislativa, no sin antes aventurar que las cosas van por buen camino y, aunque esa instancia no sea vinculante, lo más probable es que se considerarán las ideas y propuestas de las que tomaron debida y puntillosa nota.

No vinculante. He ahí otra de las grandes expresiones que dice una verdad que intenta ser elegante pero que de galanura no tiene nada: digan lo que quieran, pero sepan que nada de eso será considerado.

Resulta de un desparpajo descomunal esa práctica que se ha esparcido desde los ministerios que en algún momento de su ejercicio han debido cumplir con el desagradable rito de dar a conocer sus proyectos de ley a quienes, más temprano que tarde, les va a modificar sus condiciones de trabajo, que es como decir sus vidas.

Y se desarrollan reuniones con un amplio despliegue de galletitas y café en las que los representantes del  gobierno hacen un denodado esfuerzo por no aburrirse de escuchar un palabrerío que saben desde mucho antes que no servirá para nada. Que no vincula. Que no obliga. Que da lo mismo.

Así ha sucedido con todos los gremios. Así sucedió hace muy poco con las negociaciones, en realidad una serie de aburridas conversaciones, que llevó a cabo el Ministerio de Educación y el gremio de los profesores en las que los representantes oficiales reiteraron la maroma de las buenas formas para que al final, nada de lo propuesto  por los decentes fuera siquiera considerado.

Recuerdo haber asistido a una exposición, por cierto no vinculante, en la que una abogada del Consejo Nacional del Arte y la Cultura, daba a conocer fragmentos desarticulados y casi fantasmales del proyecto que crearía el Ministerio de la Cultura.

Pocas cosas tan extrañas como intentar hacerse una idea de una ley sobre la base de leer a la rápida pedazos de artículos, trozos de incisos y girones de párrafos legales. Una  estéril pérdida de tiempo si se  considera que lo que se diga a favor o en contra no tendrá efecto alguno, no servirá de absolutamente nada porque ese ejercicio innecesario, que bien podría ahorrar galletas y café, no es vinculante.

Esa técnica de la manipulación, ese abuso del lenguaje, se ha venido incrustando como la puesta en escena preferente de un gobierno que dice escuchar a la gente pero que en verdad no solo no la escucha y la ignora de la manera más vergonzosa, sino que la desprecia de un modo que ya no se detiene en formalidades o buenas maneras.

La cerrazón de quienes dirigen el país respecto de quienes en sus discursos aparecen como el centro preferente de sus preocupaciones, la gente, los desposeídos, los vulnerables, se ha hecho cada día más evidente.

Y de las promesas no tan lejanas que prometían escuchar a la gente y hacerla  participar para que fueran actores de una gestión que prometió de este mundo y del otro, ya no queda sino la incomodidad que genera el recuerdo de esas extravagantes mentiras.

El mecanismo de lo no vinculante como técnica de manipulación debería tener sus días contados en la medida en que los actores sociales dejen de creer. O más bien, hagan explícita su determinación de aceptar el abuso del idioma para encubrir aquello que finalmente termina por ser tal cual como se diseño y en donde nunca estuvo, ni por asomo, el interés de aquellos a quienes dice va a beneficiar.


Justicia para las prisioneras y los prisioneros políticos

Los prisioneros políticos sobrevivientes de la dictadura han sido reducidos todos estos años de post dictadura, a un estado de no ser.

Acorralados en una bruma que los hace invisible, sin un rol específico en la actual configuración cultural, son tratados como una molestia que viene directamente de la memoria de la tiranía que de a poco comienza a desdibujarse de la historia.

País de cordilleras tan grandes como las paradojas que lo definen, Chile ha hecho lo posible por olvidar a ese contingente de personas que quedaron suspendidas en la historia, como si no hubieran existido sino hasta ahora, cuando vuelven a dar su lucha, una más, ahora por el mínimo derecho de ser reconocidos y merecidamente reparados en tanto constituyen un contingente histórico, sin cuya lucha y entrega la historia no sería la que hoy vivimos.

Modesta y simbólica, definió un ex presidente de vergonzosa memoria lo que en su opinión correspondía a modo de reparación para nuestras compañeras y compañeros.

Como si el aporte de los que purgaron largas condenas de la prisión más dura, luego del paso terrible por los sótanos de la tortura y el flagelo, hubiera sido también de naturaleza simbólica y modesta, y no concreta, heroica y terrible.

Cada uno de los ex prisioneros y prisioneras políticos eligieron, elegimos, la dura vida de enfrentarse con todo lo que se pudo para deshacerse del agravio permanente de una dictadura impuesta entre otros, por muchos de los que ahora gozan de los beneficios de esta democracia.

Se olvidan, incluso quienes por moral, por deber, por haber tenido entre los prisioneros a muchos de sus camaradas, por los principios que dicen sostener, que lo que hoy se vive en términos de avances democráticos no habría sido posible sin los que lucharon y que debieron pagar con tortura y cárcel su audacia, decisión y patriotismo.

Chile tiene un deber moral con sus prisioneros políticos que hoy viven no solo en el olvido y el desprecio, sino bajo las condiciones que el neoliberalismo aguarda para quienes por edad o por salud pasan por dificultades serias para su sobrevivencia.

En el desfile de egolatrías y fortunas, para ellos no hay nada. Salvo, la sensación cotidiana de estar pagando por la audacia de haber luchado.

Ni una de esas heroicas mujeres y hombres que sufrieron la dura condición de la prisión política, hizo lo que hizo con algún cálculo o interés. Cada cual entregó parte importante de sus vidas para deshacerse del oprobio de la tiranía cuya componente civil se pasea hoy como Pedro por su casa, disfrutando de una impunidad que avergüenza y genera comprensible bronca.

La huelga de hambre es un extremo recurso de lucha que muchas veces fue usado desde las celdas de todo el país, y que generaba una respuesta represiva violenta y muchas veces criminal. Hoy se revive de nuevo la HH como arma y como el recordatorio de que por ahí aún anda el enemigo, aunque vestido de ropajes democráticos.

Hoy resulta impostergable que el gobierno atienda las peticiones de los ex prisioneros y ex prisioneras las que se reducen a cuestiones estrictamente de plena y mínima justicia: mejoras en sus pensiones reparatorias, cuyos montos resultan una vergüenza, y un mayor protagonismo del Gobierno en los casos que requieren verdad y justicia si se tiene en cuenta que numerosos torturadores no solo gozan de millonarias pensiones otorgadas con recursos estatales, sino porque, peor aún, se pasean con la más aberrante de las impunidades.

Chile tiene una deuda moral con sus ex presas y presos políticos. No solo tomando en cuenta la reparación necesaria para quienes abandonaros proyectos personales, arriesgaron sus propias vidas y afectaron la estabilidad y seguridad de sus familias, sino por el resultado evidente de su combate: sin la pelea cotidiana de miles de patriotas antifascistas, la dictadura no habría retrocedido tal como lo hizo.

Y cada una de esas mujeres y hombres no merece el trato que reciben de las autoridades, no merecen el desprecio del que son objetos por quienes gozan de posiciones , fortunas y poderes, precisamente por el sacrificio desconocido de miles de compatriotas que merecen infinitamente más de lo que piden, que no es otra cosa que justicia.


Un galán cuesta abajo

Solo un par de semanas después de haber reventado el llamado Caso Caval, el Ministro Peñailillo aseguraba que todo estaba superado.

Sin embargo sería el agujero por donde todo se le fue al carajo.

Para muchos, esa extraña declaración auguraba lo que vino: su erróneo consejo a la presidenta y la seguidilla de errores de rango básico, cuya culminación fueron sus mentiras enfrentando la tragedia de sus boletas.

Resulta extraño que haya sido Rodrigo el que pagó el mayor precio por el uso de una costumbre tan chilena como la cordillera.

Desde el momento de su afirmación infantil y fuera de lugar, hasta el de su salida, el hijo político de la presidenta, ahora un huérfano más, no dio pie con bola en el manejo de la crisis que, a pesar del cambio de gabinete, dista mucho por terminar.

Y su salida, más allá de los pucheritos, las caras acongojadas y las ojeras extremas,  darán un respiro a la presidenta que ya no puede ocultar su penar.

Es que el ingreso de nuevos rostros y el enroque en el gabinete se relaciona con la necesidad imperiosa de la presidenta de deshacerse de quien fuera por diez años su principal asesor, su escudero, su guardia de corps, que en un dos por tres se le transformó en su más extenso y agudo dolor de cabeza. Descontado por cierto, su retoño sanguíneo.

De lo que se trata de ahora en más, no es sino de administrar un fracaso.

E intentar remontar en la única variable que parece importar: sus números.  Los nuevos operativos de los ministerios políticos saben que este país adolece de una enfermante facilidad para olvidar, de manera que en esa amnesia crónica pondrán los huevos y la acción política.

Salir lo mejor parados, aislar lo sucedido desde febrero hasta la fecha mediante algún artefacto escénico, e intentar el cumplimiento del programa, es lo que viene. Por cierto, dados los rasgos del nuevo Jefe de Gabinete quienes apuestan por una Asamblea Constituyente o algún delirio parecido, vayan haciéndose moñitos.

Quizás nadie recuerde un cambio de gabinete  con el ambiente trémulo de la fatídica mañana de este 11 de mayo (¡¡otra vez 11!!), en el cual no se vio ni por asomo algún resto del  optimismo propio de los segundos tiempos. Y puede ser que la cara triste y ausente de la primera mandataria sea lo que quede para la historia.

Porque hasta aquí no más llegó el segundo intento presidencial de Michelle Bachelet que a esta hora deberá estar pensando en qué estuvo para decidir dejar New York.

Para lo que viene, más vale no agudizar las cosas y buscar superar estos momentos grises y amargos por la vía de hacer como, pero sin hacer mucho. Lo mejor sería recular, pero la presidenta que ha hecho sus cursos en temas de defensa, sabe que ante la emboscada, nada como el fuego y la maniobra.

Y va a comenzar por distender las relaciones con la oposición mediante algún acuerdo que selle los recientes escándalos bajo una severa capa de olvido.

Ya estarán los poderosos frotándose las manos y afilando su discurso: eso pasa cuando se confunden los delirios con la realidad. Y lo más probable es que las cifras con las que los empresarios venían amenazando, como por milagro vuelvan a ser auspiciosas ahora que hay gente amiga y juiciosa en los cargos de importancia.

Y en la penumbra de su autocrítica la presidenta estará royendo su rabia por haber creído que los poderosos se hacen en un dos por tres. Y por  no haber escuchado a su intuición, que ya sabemos, es mucho mejor predictor que lo que le susurraron sus asesores, entre ellos su Ministro del Interior.

En fin. Vuelta alto, Rodrigo. Pero ni tanto. Por lo menos habrás aprendido en tu corta carrera lo importante que es la amnesia de la gente para los efectos correctivos y para los futuros en ciernes.

Tranquilo. Vendrán tiempos mejores.





Diputado Teillier en La Haya

Desde el punto de vista visual, el diputado Teillier no se diferenciaba muchos de sus colegas diputados asistentes a la Corte Internacional de Justicia de la Haya.

Ahora, si se mira desde el punto de vista de lo estrictamente ideológico, habría que sospechar que en otras oportunidades históricas uno o varios de ellos lo habrían hecho desaparecer sin mucho trámite, solo por ser comunista.

Pero la evolución de los contextos y de las personas logran misterios tales que ahora no resulta extraño que furibundos anticomunistas y comunistas, compartan la business class,  codo con codo.

Hasta hace no mucho, uno  de los vértices de las consignas comunistas era la de solidaridad con los pueblos latinoamericanos que habían logrado procesos de construcción basados en movimientos sociales y políticos anticapitalistas. El internacionalismo proletario

Los que, agreguemos, han logrado no pocos avances de integración política y económica en el continente, con los efectos que ya se comienzan a ver en términos muy concretos: unidad hemisférica, relaciones económicas justas, proyectos de integración.

La última de esas actuaciones fue la maciza respuesta de la VII Cumbre de Las Américas al intento norteamericano por castigar a Venezuela nominándola entre los países maléficos que hay que castigar. Esa respuesta fue suficiente para que el imperio reculara.

Del mismo modo, la causa Boliviana por acceder a un mar sobre el cual tenga plenas facultades, ha encontrado en la comunidad latinoamericana el más grande, transversal y decidido apoyo.

Nadie medianamente informado olvida que la guerra que definió los actúales límites entre nuestro país, Perú y Bolivia fue, como toda guerra injusta, impulsada por los  intereses financieros de los poderosos de nuestro país y de los imperialistas de la época.

Y nuestro pueblo y los de los países hermanos lo único que hicieron  fue poner puntualmente los muertos. Veamos que porción de toda esa riqueza alguna vez le ha llegado a los descendientes de los veteranos que dejaron sus huesos y pulmones en esas soledades.

Veamos si alguno de esos furibundos nacionalistas que jamás entregarían una pizca de mar a Bolivia, pueden, con su chilenidad a cuestas, sacar algún pez de esas profundidades, sin que sus verdaderos dueños no lo encarcelen por robo.

Tras cartón, la historia contada por los vencedores nos hicieron enemigos de nuestros hermanos por medio de lo que desde niño nos hicieron creer en  formatos de himnos y leyendas.

La reivindicación boliviana en tanto país hermano castigado por el solo hecho de haber tenido en sus tierras inmensas fortunas naturales, tiene que ver no tanto con fronteras o límites, ni siquiera con porciones de mar, como con un derecho a sobrevivir como país.

Se relaciona mejor con una integración latinoamericana, de entenderse como hermanos y no como potenciales enemigos cercados de minas antipersonales.

La causa  boliviana en tanto es la del un pueblo explotado, esquilmado, castigado, humillado y despreciado por la ignorancia, madre de todo racismo, no puede sino ser la causa de todas las buenas personas del mundo, en especial de los revolucionarios. De los que queden.

Por eso corroe ciertas conciencias ver al presidente del Partido Comunista de Chile en tan tenebrosas compañías: xenófobos, anticomunistas, racistas confesos,  apoyando una causa que no es la de los pueblos.

Este partido tuvo entre sus militantes y ex militantes, centenares de combatientes peleando en tierras lejanas por causas muy cercanas. Y solo en Nicaragua, de las casi dos decenas de internacionalistas caídos en combate, muchos son heroicos militantes del PC.

Las explicaciones acerca de formalidades que tienen que ver con criterios profundamente capitalistas enarboladas por Teillier a la hora de balbucear explicaciones desde su gesta holandesa, deberían irritar a más de algún férreo militante.

Hace no mucho la diputada comunista, colega y camarada de Guillermo Teillier, enarbolaba la consigna que se acostumbraba en el PC ante el tema de mediterraneidad boliviana: Mar para Bolivia. Lo propio hizo el diputado Gutiérrez, de la misma tienda

Habrá que especular que esa disparidad radical de opiniones tiene que ver con el libre juego de las ideas al interior del centralismo democrático.

Hay un mal cálculo en la gestión del presidente del PC en tierras holandesas: a sus años y con su experiencia, ya debería saber que las cosas cambian a velocidades que resultan imposibles de prever, tal como lo ha demostrado la caída vertical de la presidenta Michelle Bachelet y de su delfín herido en la aleta dorsal por el recurso miserable y mentiroso de las boletas falsificadas, que al principio parecían solo cosa de la ultraderecha.

Pero quizás sea un buen negocio. Nunca se sabe

La caída

Cuando vayas ganando, retírate.
Cuando vayas perdiendo, también.
Retírate siempre
(RCC)



Hace unos días afirmó en tono seguro que de haber un cambio de gabinete no lo avisaría mediante un programa de TV. Pero lo hizo.

Obviando la crisis política, el escenario más sensible es el frente externo y los alegatos ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya en la que se corre el riesgo que Bolivia gane la mano. Y en un momento en el que se supone la mayor unidad nacional y cohesión gubernamental, decide tomarse nada menos que setenta y dos horas para hacer un cambio de gabinete. Más allá de haber corregido la mantención del Canciller en su puesto, esa declaración fue a todas luces un error de proporciones

El caso es que la presidenta Bachelet, ya despojada de su aureola infalible, no encuentra norte. Aún es pertinente preguntarse dónde está el piloto, porque de liderazgo, más allá de las declaraciones de sus más fieles partidarios dentro de la NM, ni hablar.

Las noticias comentan un evento que en el tráfago de reacciones que deja la presidenta en su conversación transformada de pronto en el foco de la crisis, pasa un poco inadvertida: un ciclón pasó muy cerca de Isla de Pascua.

Una sucesión de hechos, desde hace un año hasta esta madruga, nos hace preguntarnos si este país está recién naciendo o se está muriendo. Porque normal, no es.

Con todo, visto nuestro país desde la perspectiva del pesimista y resentido, no se pude sino concluir que el nuestro es una fiesta para los sentidos, un placer para el teclado y un aporte significativo de las endorfinas necesarias.

Quizás sea amargo para el poderoso nuevo que se alzaba haciendo pinitos intentando figuraciones y estrellatos y que fue anclado a la realidad por el abuso de una costumbre inveterada y quizás por qué fuerzas malignas que los echaron para adelante.

¿No será todo esto una gran operación de venganza digitada por los desplazados veteranos de la Concertación?

¿O simplemente la razón de los imberbes en roles de prepotentes con menos kilos y carrete que los originales, los que crearon el modo altanero y soberbio con el peliento y sumiso y laxo con el rico?

El caso es que estamos en presencia de una crisis que no termina de buscar su máximo. Las adecuaciones ministeriales solo intentarán desinflar el flanco absurdo que dejó abierto el Ministro del Interior al creer, quizás con alguna razón, que sus conciudadanos son huevones a tiempo completo.

País de vivos, hasta el más inadvertido de nuestros paisanos reconoce a un mentiroso desde lejos. En este país de chamullentos, cuesta sostener el chamullo. Será que somos muy pocos, o será que el territorio es muy chico, o que ya hemos abusado mucho del engrupir.

Un nuevo gabinete cambiaré el eje de la discusión aún cuando quedará la crisis de sustrato que seguirá cobrando víctimas y obligando a parchar cada vez que haya una rotura. Porque el asunto aunque se expresa en lo inmediato como una cosa que cursa en la superficie, la verdad es que sus raíces ya abarcan  la componente madre del sistema: la contradicción entre un modelo económico y las mayorías a las que afecta.

La pregunta es cómo se sale del pantano en que parece hundirse irremediablemente esta forma de hacer política. ¿Se puede salir?

Es la hora de las decisiones que involucran una estrategia que no puede medirse en cuentas de corto plazo. Eso lo sabe el instinto de la presidenta bordado por sus desatinos, más que por sus aciertos.

Y deberá estar cavilando en una decisión radical que involucre de los más reclamantes a los más asibles, para decidir un empeño de unidad nacional por la vía de un cambio constitucional algo exótico, o por la vía de acudir a la experiencia y el cuero duro para administrar la crisis hasta dejarla en cero o algo parecido.

En muy poco tiempo vendrán elecciones. Y esa inminencia impone apurar las cosas en uno u otro sentido. Sabe la presidenta que casi todo, lo que ya es mucho, pasa por su capacidad de reconstruir su liderazgo.

Y ahí radica el problema. Ella, más que todos nosotros sabe que eso nunca existió. Que fue una construcción de sus adláteres, una entelequia que jugó su rol preciso pero que ya no es.

Tendrá harto tiempo en su retiro para arrepentirse de haber aceptado volver a jugar cuando ya no necesitaba volver a ganar.

Paradojas y cleptocracia

Ningún proceso constituyente puede hacer  pie en la misma casta que ha traído las cosas hasta aquí. Un verdadero proceso que intente cambiar algo debería partir por sacar a esa elite que ahora intenta salir de su callejón mediante algún arreglín cupular.

El anuncio presidencial de iniciar un proceso constituyente a partir del mes de Chile es una manera no tan elegante de ganar tiempo.

Las propuestas que recogió la presidenta del Comité Asesor Contra la Corrupción, el Tráfico de Influencias y los Conflictos de Interés no tiene otro norte que detener  el rumbo incierto al que lleva la ola de corrupción que ha sido develada en el último tiempo, pero que ha operado de manera sistemática desde siempre.

Hace crisis un modo de entender la política como un medio de ascenso social y económico de la nueva oligarquita para la cual no resulta un agravio la existencia de fortunas que se hicieron a partir de la dictadura y una extendida pobreza.

En todo su reinado la Concertación no tuvo mayor interés en cambios radicales. El intento de Ricardo Lagos del año 2005, momento en que firmó la constitución “que ya no dividiría a los chilenos”, otro de sus sonados fracasos, fue un malabar que aparentó  un cambio que no tuvo ninguna o muy escasa repercusión.

Poco se dice, salvo los reclamantes de siempre a los que nadie parece escuchar,  que en el fondo, el sistema que define la actual constitución ha hecho pebre la vida de millones, para el efecto morboso de hacer un par de decenas de multimillonarios de gama mundial.

Y para ese efecto aquellos sectores que alguna vez declararon su amor por la causa del pueblo, decidieran recoger cañuela y buscar aleros más confortables y menos vapuleados. Y en un abrir y cerrar de ojos, le encontraron cierta razón al mercado en un momento en que el mundo abjuraba del comunismo y en donde los experimentos socialistas medio vivían al tres y al cuatro.

Así se llegó entonces a lo que hoy conocemos como el más exitoso capitalismo en el más desigual de todos los países.

Esa tensión, agudizada por sectores sociales que exigen ciertas reivindicaciones tuvo la virtud de modificar la agenda imparable de los gobiernos  que debieron hacer caso a lo que se expresaba en las calles por años: un pulso popular que ya sobrepasaba lo controlable.

En ese contexto, y casi por el concurso de la serendipia, revienta el saco de la codicia. Y la avalancha de acusaciones de sinvergüenzuras, ilegales y de las otras, deja en claro que el esqueleto en el que se sustenta el entramado jurídico de todo lo que hay fue financiado por las grandes fortunas, sobre la base de comprar o arrendar a prácticamente todo el espectro político.

No es una especulación irresponsable afirmar que las leyes a las que se opusieron solo sus víctimas: pobladores, trabajadores, pescadores, estudiantes, fueron compradas para beneficio de los ya poderosos millonarios.

Se descubrió, en suma, que el sistema político ha estado en manos de quienes  pudieran pagar sus servicios, y esos traspasos se hicieron mediante el expediente de robar al Estado mediante una aplicada esgrima de chamullos.

País de paradojas, cataclismos y rarezas, las propuestas presidenciales que dicen buscar arreglo al desaguisado deja en manos de la misma cleptocracia  que nos trajo hasta aquí, la labor de cambiar las cosas.

De paso, se intenta una joya de las paradojas: que los partidos políticos, esas maquinarias de pungas, verdaderas mafias de poder y del arreglín, las instituciones más desprestigiadas de cuantas hay, sean ahora financiadas por sus víctimas.

En palabra simples: el Estado les dará lo suficiente para que no roben. Por un mínimo sentido de lo justo, ese  mismo subsidio debería darse a todos los ladrones del país. Se ampliaría la democracia y de paso, bajaría la tasa de la delincuencia.



Ante nuncios presidenciales, el pesimismo de la inteligencia

No queda sino la necesidad de una sano pesimismo luego de los anuncias presidenciales que intentan superar la crisis de la corrupción del sistema político

Lo propuesto por la presidenta, afirmada en su extrema necesidad de decir algo luego de la sucesión de escándalos en los que incluso está metido su propio hijo,  no busca cambiar sino aquello que ya se fatigó.

Para cambiar la política hay que cambiar a los políticos. Modificar el contexto en que se han movido desde siempre, solo implicará exigirles una búsqueda sin prisa pero sin pausa de la próxima sucesión de trampas.

Creer que por medio de disposiciones legales se puede hacer de un ladrón consuetudinario, una persona honrada, es pecar de ingenuidad o de mala fe. Leyes que dicen que no se pude robar existen desde siempre.

Los ciudadanos honestos no deben aceptar financiar los partidos políticos devenidos en máquinas del arreglín y el cohecho, sin consideración alguna por la decencia, la honorabilidad y el apego a las leyes que tanto  pregonan para otros.

Los partidos que los financien los que lo forman, sus militantes, los que se comprometen con sus estatutos, fines y medios. Que los financie la madre que los parió.

¿Por qué un jubilado al que las leyes le han jodido la vida y su vejez va a financiar con sus exiguos y vergonzosos ingresos a quienes lo dejaron en esa condición de pobre definitivo y final?

¿Por qué no se van un largo rato a la mierda?

La presidenta y su guardia suiza no intentan sino limpiar la superficie de un sistema que con el tiempo y el dejar hacer de las instituciones, incluidas la de la misma presidencia, han emporcado más de lo aceptable su entorno operativo. No hay que cagar donde se come, dice la sabiduría popular.

Y ahora tratan de no salir tan mal parados y se esfuerzan por perfeccionar el sistema no de cambiarlo, exigencia que está en la base  de los que no están ni metidos en el barullo de la sinvergüenzura ni en las decisiones políticas de la elite, ni en la mafia de inescrupulosos que manda: las organizaciones no cooptadas, los movimientos sociales, los pobladores, la gente sencilla.

La política, con sus sustancias altamente adictivas, especialmente el dinero, malcrió una generación de politicos que tempranamente discurrieron cual era la vía más fácil y segura de hacer fortuna.

Este es un país hecho a la medida y semejanza de los sinvergüenzas que han sacado provecho económico, vulgares marchantes, de lo que han podido y esa permisión es el alma de la actual Constitución: que la política pueda imbricarse con los negocios por la vía de hacerse favores recíprocos, a lo sumo, pero que una no cambie la otra.

Por eso los avances de la presidenta no son sino una manera de huir hacia adelante, técnica utilizada cuando las cosas queman por detrás. Lo que restaría, de haber decoro y solvencia de ideas, sería asumir la derrota estratégica del modelo y  hacer lo necesario para partir en una dirección distinta.

Los perdedores de esta forma de cultura saben que el único cambio viable es un cambio de modelo. Que para cortar la supuración de la corrupción, a los corruptos hay que procesarlos con las leyes que se procesa a todo ladrón.

La gente que ha luchado por el agua, por un medio ambiente sin venenos, por sus tierras usurpadas, por viviendas dignas, por sueldos decentes, por pensiones humanas, por una educación que no reproduzca la miseria, por una salud que no enferme,  por una infancia liberada del flagelo de la droga y su madre la miseria, esta gente castigada por la voluntad de los que mandan, sabe que de lo que se trata es de definir un país de otra forma.

Uno en que lo que ocupe de construir y desarrollar una sociedad en la que las lacras que hoy la cruzan con una normalidad abismante, no sean posible: donde se respete a las personas desde que nacen hasta que mueren, en donde haya vida humana para los viejos y entornos saludables y limpios para los niños, en donde sea impensado un relave sobre las cabezas de los habitantes,  ni un niño matando a otro a los diez años, un  país que respete al diferente y no lo castigue, una economía que prohíba la riqueza ilimitada porque en la base de toda fortuna reside una legión de personas que lo pasan mal.

Chile necesita erigirse como un país en que tenga ciudades amable y no  amontonamientos en los que solo el más vivo se salva, como también requiere ser dueño de sus riquezas, las que darían para financiar todo aquello que hoy o no existe o lo hace de manera lamentable.

La educación, la salud, la buena vida deben ser derechos garantizados en cualquier carta fundamental. Y quien crea que eso afecta sus fortunas o que renuencia a ellas o que busque otros horizontes. Este debe ser un país en que no tenga cabida la sinvergüenzura y la usura.

No. La gente decente debe negarse a aceptar el maquillaje forzado de una presidenta cuya egolatría la mantiene más pendiente de las encuestas que de sus desatinos. La gente decente no debe permitir que de sus dineros financien sátrapas, ni que en su nombre se erijan artefactos constitucionales que son sino mentiras articuladas en forma de ley.

Más vale enfrentar de una vez por toda la necesidad de una insurrección civil que ponga las cosas en su lugar. Desobedecer, dudar, rechazar, combatir. Como enseñaba Antonio Gramsci, cultivar el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Pero por sobre todo, no creerles ni en lo que juren en tránsito de muerte.


Carta para Yoani Sánchez

Señora
Yoani Sánchez
En alguna parte de Chile
Presente


Aprovecho su visita en Chile para recordarle que usted es “una bloguera que vive su vida tranquila, que en Cuba nadie conoce y nadie hostiga, que no es amenazada, encarcelada, silenciada, que no tiene problemas para entrar y salir de su país”.

Como sabrá, esto que acabo de afirmar no es de mi creación sino una afirmación nada menos que de su traductor italiano, Gordiano Lupi, que de comunista o pro cubano no tiene nada, y que, hastiado de trabajar para usted debió darse “cuenta de que he tratado con una persona que le da la máxima prioridad a intereses para nada idealistas”.

Es que es usted una persona que ha hecho de la mentira una manera de dar su opinión política. A usted no le gusta el régimen cubano, detesta a sus líderes, la economía de la isla sus sinsabores y carencias.

Y está usted en su legítimo derecho. Como también es legítimo que usted gane su dinero mediante el uso de esa definición suya, de su interés porque en la isla haya un cambio tan drástico que ni queden vestigios del socialismo que han intentado los dirigentes de la revolución.

Incluso, es legítimo que en sus travesías por el mundo elija reunirse con sujetos de la calaña de los que se reúne en Chile. Todos o casi todos acusados de escandalosas conductas que traen al país en una crisis de corrupción de incalculables alcances. Lo peor de Chile, Yoani

La ultra derecha nacional y usted tienen intereses comunes: el capitalismo, el anticomunismo, que en Chile costó más de tres mil víctimas, y, por sobre todo, un amor sublime por el dinero.

Usted es una persona joven y que goza de una prebenda que no tienen, como usted dice,  los once millones de cubanos presos en la isla. Entonces, o usted es una agente del servicio secreto cubano o en la isla se pueda entrar a salir a discreción tal como usted lo hace.

Porque, ¿en qué quedamos?¿Son o no prisioneros los cubanos si usted, que es una más de ellos, se pasea por el mundo y vuelve a la isla y, cosa curiosa, no le pasa nada?

Si usted hubiera nacido en Chile y con el mismo ímpetu libertario que trasciende de sus declaraciones y textos, y de haber sido, digamos por ejemplo, una mujer mapuche, usted Yoani, estaría presa, habría sido objeto de malos tratos, golpizas y torturas;  habría sido su casa allanada y baleada, y con certeza, habría sido objeto de montajes policiales y judiciales y purgado largos años en prisión en su afán libertario. El mismo que hace efectivo en Cuba, habría que agregar, sin que le pase nada.

Usted por donde pasa deja la impresión que lo suyo es el dinero. El simple y atractivo dinero. Que sus cruzadas por el mundo libre no buscan sino aparecer como la más absoluta y decidida enemiga del comunismo para después pasar el platillo para su causa que, cosa curiosa, no trae a nadie detrás.

Yoani, quizás debería saber que desde Chile a Cuba viajan decenas de miles de personas al año, a quienes puede o no gustarle la revolución. Pero ninguno en su sano juicio podría volver diciendo lo que usted dice respecto de once millones de cubanos presos.

Se ven dificultades, escaseces, problemas, burocracia, pobreza y una sensación de que faltan muchas cosas, algunas que para nosotros son de uso tan corriente que no nos damos cuenta siquiera de su existencia, salvo cuando las pensamos.

Lo raro es que usted es una de las privilegiadas que no sufre nada de eso. Lo suyo, su vida, sus gastos, necesidades, viajes y negocios, al parecer son mucho más fluidos que el resto de sus compatriotas.

No, Yoani, su anticomunismo pierde legitimidad como idea, al momento de haberlo transformado en otro bisne más de la cubanía más profunda.

Pero debería tomarse las cosas con calma. No vaya ser que en una de esas la revolución cae, y le sigue un capitalismo como el mejor de los que haya siquiera soñado.

¿De qué va a vivir entonces, Yoani, si se le acaba el negocio de despotricar contra los Castro, los CDR, el arroz con gorgojos, los muros descascarados, los agentes de la seguridad, el comunismo inhumano?

Con certeza, junto con la estruendosa caída de la revolución, se le caería también su fuente de ingresos.

Y con la misma certeza le advierto que aquellos que ahora la reciben, adulan, financian premian y motivan, la van a dejar sola, con un curriculum vitae en sus manos buscando trabajo en cualquier cosa, porque ya no les será útil.

Entonces va a tener que echar mano a sus sólidos ahorros que el comunismo. Oh! paradoja, tuvo por ventura asegurarle para su vejez y la de los suyos.

Corrupción del sistema político: lo peor está por venir

La crisis que sacude las intuiciones políticas y sus más selectos dirigentes es producto de  un error operativo, una falla  procedimental que no previó el inefable factor humano y que derivó en una acelerada pérdida de credibilidad en todo.

Lo realmente corrupto está por venir

El escándalo, que  detonó la algarabía en los medios de comunicación y una alegría explicable en la chusma pesimista y resentida, cobró algunas víctimas notables, de momento la más dolorosa es la trizadura de la viga maestra del andamiaje de poder de Derecha/Nueva Mayoría: Michelle Bachelet.

Lo anterior, con toda su carga trágica, no quiere decir que hayamos entrado en una etapa terminal del modelo, un derrumbe definitivo, una vuelta a casa generalizada de la elite que se adueñó de todo el poder y un camino a una democracia de verdad, moderna y sólida. No. Los poderosos andan a la siga de la pócima para transformar el cagazo en una oportunidad, y de paso, deshacerse de gente molesta.

Como veremos, ambos extremos del poder intentarán recuperar el aplomo, y en breve acordarán atizar soluciones que dejarán las cosas en nada o en poco: con dos o tres operadores purgando alguna sanción social, algún empresario con firma mensual y arraigo, tres o cuatro promesas del relevo de la política en el congelador, y mucha literatura que removerá el escándalo por algún tiempo hasta que la amnesia, que lo cura todo, ponga las cosas en su lugar.

Y sobre todo, veremos que la lista de candidatos a todo  va a correr vertiginosamente. Y quien solo crea que le anda por ahí una boletita misteriosa, se va abstener de meterse en líos.

Es que lo sucedido dista mucho de ser una cosa novedosa. Que los empresarios financien a sus políticos es cosa de siempre, que los poderosos mantengan su brazo político mediante el arrendamiento, leasing o compra de presidentes, diputados, senadores, alcaldes, concejales o simples operadores, es algo tan viejo como la política misma.

Lo que le agrega una pimienta especial al caso es que muchos otrora revolucionarios, varios de ellos víctimas y otros familiares de víctimas de la dictadura, aceptaran a conciencia pura ser aceitados con dineros venidos directamente de la cripta del tirano.

Se dirá que el dinero tiene un solo color, que no importa de donde venga, sino para donde va, que es una variante legítima para financiar la democracia, y que al final, somos todos chilenos y lo importante es que al país le vaya bien y para eso debe irle bien a todos.

Pero lo que en verdad pasa es que la costra que ocultaba la purulencia de un sistema esencialmente corrupto está dejando salir a gotas una hediondez que solo era denunciada por los resentidos de siempre.  

Derruida la izquierda, otrora defensora de las causas más humanas y moralmente superiores a la derecha, devenida en esporas que surcan el aire viciado del capitalismo, la derecha más abyecta del planeta encontró el camino sin obstáculos de cuidado en su marcha triunfal hacia el capitalismo más perfecto.

Y sin pudor, ni falta que le hace, instaló una cultura en la cual lo que vale es el dinero, no importa el medio ni la forma de adquirirlo.

Y en el ínterin, convencieron a muchos de sus anteriores enemigos zurdos de camisa guerrera y pendones amenazantes, del error de haber intentado algo tan descabellado como puede llegar a ser un país en que los atorrantes sean los que manden. Horror de horrores.

Y los convencieron además de que el sol del éxito nace para todos en la medida en que se olviden de causas comunes, de los caminos solidarios y de las consignas de igualdad, libertad y fraternidad. Sálvate solo y verás lo bueno y seguro que es.

Así, sin una referencia diferente que proponga algún horizonte, ni una fuerza que se cruce en su camino, el sistema va a encontrar una salida el atolladero incómodo en que se encuentra porque no se trata de nada que no tenga solución. Para eso trabajan.

Ya se barajan opciones: elecciones anticipadas que resultarían no más que un ejercicio de reemplazo de los más quemados; propuestas de  la comisión ad hoc cuyo trabajo con formato de proyecto de ley aterrizará entre aquellos que hipotéticamente deberían ser sujetos de castigo por parte de esa misma ley; un acuerdo político en top less: que haga público una parte, y la otra quede con forma de cover action, y que eche tierra, aplane lo tumultuoso para que luego todo siga su camino;  hasta la no desdeñable opción presidencial de convocar a un plebiscito para tantear una posible Asamblea Constituyente. 

Es decir, la no despreciable vía de huir hacia adelante por cuanto estamos en medio  solo de un remezón que agita la superestructura del dominio, pero que no pone en riesgo su existencia. Eso lo haría la gente movilizada.

Porque otra cosa hubiera sido enfrentar este escándalo con el pueblo en estado de dar esta batalla para hacerla una crisis política de gran magnitud.

Atenazado por la violencia, el tráfico, la delincuencia, las deudas, la desorientación, la falta de dirigentes honestos y  por las frecuentes tragedias provocadas por la codicia que desafía a la naturaleza, la gente silvestre que podría hacer mucho, no es sino un espectador inmóvil de la crisis moral del sistema.

Y en ese escenario se planea el blanqueo del sistema por la vía de noquear a la que hasta ahora había sido la dama símbolo de la pos dictadura: Michelle Bachelet. Paradojalmente, la Comisión que se aboca a proponer medias para superar la corrupción y la cópula entre dinero y política, podría proponer medidas que terminen de barrer con Michelle y sus tarjetas nemotécnicas, como sería adelantar las elecciones aduciendo que un pilar básico para evitar la crisis es que las instituciones tengan la confianza de la gente.

Y como sabemos, Bachelet perdió quizás el único atributo político del que hacía gala.

Pero como en política nadie está muerto ni siquiera en el cajón, a la presidenta le queda el expedito camino de la vuelta a las Naciones Unidas,  que con urgencia necesita otra cara menos desgastada que la de de Ban Ki Moon.

Y la suma de todo será el verdadero rostro de la corrupción. Que al final, no pase nada. Que ningún sinvergüenza vaya a la cárcel. Que se vuelvan a tomar de la manitas y en un gesto patriótico firmen un acuerdo de impunidad generalizada. Que todos los actores del bochorno más reprochable del último tiempo, quienes violaron la ley, y sus propias palabras, los que se rieron del gilerío que aún les cree, y se llevaron para la casa dineros que se suponen de todos, van a salir limpios como blancas palomas, con unas caras de inocentes que partirá el alma.

Y luego vendrá el 18 de septiembre, que este año es bastante largo.