Estimadas amigas, amigos, compañeras y compañeros:
Corresponde que ahora me refiriera al libro que estamos lanzando, peroero
quizás sea atinado obviar esas referencias. No seré yo quien contradiga lo
aseverado por nuestros amigos.
Qué clase anfitrión seríamos de opinar de una forma que difiera de
nuestros invitados.
En este, más que en otros casos, los invitados siempre tienen la
razón.
Por lo tanto, ocuparemos los minutos restantes en intentar encontrar
una explicación que nos entregue luces para la siguiente pregunta: por qué una
persona de apariencia normal se mete en el lío que significa escribir un libro
y, peor aún, editarlo.
Digamos que escribir un libro es un acto que no tiene que ver con
editarlo. Son dos cosas que andan por carriles distintos. En el primer caso, no
hay mucho que agregar. Usted escribe su novela, su poemario, su obra de teatro
y nadie lo supo, ni lo sabrá jamás.
En ese caso, es muy posible que se haya ahorrado un sinnúmero de
dolores de cabeza, vergüenzas, burlas y gravámenes económicos
Lo realmente complejo comienza cuando cunde la enfermiza urgencia por
querer publicar lo que escribió.
En el caso de la autoedición, mecanismo por el cual usted mismo comete
el error de fabricar su libro, lo que le va a suceder es ver todos los días esos
ejemplares amontonados en su casa.
Y luego, cometerá su segundo error: intentar deshacerse de ellos por
la errónea vía de ir regalándolos en cuanto cumpleaños o Navidad venga, a amigos y familiares.
Inevitablemente, llegará el momento en que usted va a ser blanco de
las burlas dichas sin filtro por sus amigos y sus familiares, de la peor
manera: intentando que usted no se dé cuenta.
En el caso de la autoedición, usted tiene también la opción menos
idiota que las anteriores: dejar que su obra se apolille en algún rincón, o,
mejor aún, quemarlos en alguna protesta o barricada de estudiantes.
En ambos casos no va a pasar nada.
Pero detengámonos en la otra opción: en la que una increíble conjunción
de fenómenos concurre para que una editorial se interese en editar lo que usted
ha escrito.
Digamos que para el efecto, deben concatenarse de tal forma un sinfín
de eventos, de modo que ninguno de ellos modifique el resultado esperado.
Así, es posible aseverar que para escribir un libro y luego editarlo,
es preciso primero haber nacido.
Desde esa primera condición sine qua non, todo lo hecho en una vida, debió
alinearse del tal modo, como para que nos encontremos en este lugar, lanzando a
la luz pública una novela cuyo título es Operación
Cavancha.
Pero nos evitaremos lo acontecido en cincuenta y ocho de años de
historia.
Entonces mejor, retornemos a la pregunta intacta: ¿para qué editar un
libro?
Contra lo que muchos puedan creer, un escritor de ficción es una
persona que en su oficio cultiva la más grande de las irresponsabilidades.
De común, lo que se escribe no existe, pero se presenta, se narra, se
ordena de un modo tal, que quien lo lea o escuche, crea que de verdad existe o
existió o existirá. Pero no. Todo lo que hay allí es producto de la imaginación
del autor.
Desde ese punto de vista, un escritor tiene mucho en común con un
político. Ambos acuden a la misma materia prima para sus respectivos trabajos:
mentir.
Así, no existió Aldonza Lorenzo, ni Úrsula Iguarán, ni el detective Heredia.
Tampoco es posible ubicar en ningún mapa los pueblos de Arkham, Macondo o San
Blas, S.B.
Sin embargo nos hemos pasado una vida alucinados por esos personajes
magníficos y seductores; y hemos imaginado como exactas las descripciones misteriosas,
alucinantes, o risueñas, de esos parajes increíbles.
Guardando alguna mínima proporción, los políticos que conocemos no
hacen nada muy diferente a los escritores.
Es cosa de revisar sus programas y ofertas para darse cuenta que son,
desde el punto de su existencia real, de su veracidad, no más que alucinaciones,
falsías, chamullos de punta a cabo, cosas que no han sido, no son, ni serán.
Pero respecto de las cuales mucha gente vive muy contenta creyendo de
verdad en esos prodigios de la imaginación.
Pero claro, también entre escritores y políticos hay diferencias.
Si a los primero, los escritores, los financian las buenas personas que atinan a comprar voluntariamente
sus libros, como ustedes sin ir más lejos, a los políticos, por el contrario,
los financiará una extensa gama de exacciones legales y de las otras, aportes
de anónimos benefactores conocidos por todos, leyes especiales, bonificaciones,
primas, coimas, arreglines, malabares y un sin número de otras vertientes que
generan no poca envidia en muchos escritores que lanzan su primera novela.
Pero no hemos dicho nada de las razones de por qué, no siendo
obligatorio, se hace lo posible por publicar,
en este caso una novela. Volvamos al tema.
Será porque se quiere contar una historia, porque se tiene algo que
decir y se sospecha que por la vía irresponsable de editar un libro puede
cumplir con ese anhelo, más bien desarreglo propio del ámbito de psiquiatras,
sicólogos o bartenders.
Otra razón posible podemos ubicarla en la necesidad de encubrir
verdaderas personalidades, rasgos
anidados, desvíos y desvaríos.
Vea usted qué pasa cuando se encuentra con una persona, digamos un día
martes, a las tres de la tarde, en completo o parcial estado de ebriedad.
Dirá, por lo menos, que está en presencia de un irresponsable, un
vicioso, un perdido, un sujeto que ha caído en lo más bajo.
Y el dialogo de dos testigos será del siguiente tenor:
- Mira, Miguelito de nuevo
borracho a las diez de la mañana.
- Si, pero él es escritor.
- Ahhh, entonces está bien….
Y caerá sobre Miguelito, el manto blanco de la absolución. En un
escritor, la borrachera es bien vista.
También sucede que el ser escritor justifica conductas reñidas con la
moral, las buenas costumbres y las relaciones humanas.
Por ejemplo, el hecho de mirar insistente y agudamente los senos de las amigas, palparles
discretamente el trasero, o darles un beso de saludo o despedida con una
sospechosa inclinación.
Si esa reprochable acción fuera cometida por Fernandito, es decir un
sujeto cualquiera, sería acusado de fresco, imprudente, pasado para la punta, vejete
calentón, etc. Pero si fuera Fernandito un escritor, la cosa cambia.
Y el diálogo en el baño de ellas, será más o menos así:
- Oye, que patúo Fernando,
viste como me miraba la pechugas…!!??
- Déjalo, no le digas nada,
viste que es escritor...
- Ahh, por suerte que me
dijiste, Galla…
Y ahora el manto impune caerá sobre Fernandito. Es que Fernandito es escritor, por eso es así, medio lanzado…
Un corolario inmediato que se puede extraer de estos ejemplos, es el
siguiente:
Si usted se encuentra con un escritor, invítelo un trago, no importa
la hora o el día que sea. Y usted, estimada señorita, desabróchese un botón de
la blusa, ajuste su falda, y disponga sus labios.
De esa manera estarán colaborando con el desarrollo de la literatura
nacional, que tanta falta que le hace al país.
Otra razón es la fama y la
riqueza. Ser famoso y rico es una motivación recurrente. Y para ser honesto
diré que en el caso de este servidor, esta es una variable que no desdeño.
Como se sabe, la fama abre
puertas que el anonimato no conoce. Claro que a veces, se produce una falta de
sincronía entre el interés por ser famoso y la fama misma, y una proyecto
literario que fue concebido para alcanzar las mayores alturas de
reconocimiento, crítica, ventas y, por cierto fama, termina siendo una fracaso
que hará de su autor un romero que pasará cada tres día por las librerías para
ver en que están su libro, esperando inútilmente que alguna vez le digan que
está agotado.
Este es el peor escenario.
Por eso en el caso del que
habla, me contentaría con que la fama afectara al barman del bar Cuatro y Diez
y de vez en cuando, sólo de vez en cuando, me haga un descuento en mi consumo.
Las razones por las cuales se
escribe un libro son de índole variada y pueden llegar al infinito.
No se conoce un solo
mecanismo de la psiquis humana que explique por qué gente de apariencia normal, genera trastornos
tan extraños como son las de escribir y luego publicar una novela, en este
caso, lo que muchas veces termina con una muy bien alimentada locura, la
miseria y peor aún, en el más perfecto anonimato.
Decíamos que escribir un libro no dice mucho si ese libro no se edita.
Y para el efecto, en nuestro país deben lograse la conjunción de muchas
factores de apariencia inconexa.
Y en este caso, cuando lanzamos al conocimiento público la novela
Operación Cavancha, ha sucedió ese prodigio.
En especial, el hecho que la Ceibo Ediciones en la personas de Dauno e
Ítalo, hayan creído que este manuscrito tiene alguna opción de sobrevivir en el
mundo que hay más allá del resguardo íntimo de mis archivos.
Debo decir que esta no es la primera novela que he escrito. Es la
primera que se edita. Y espero que no sea la última.
Y en esto último, ustedes, mis amigos, juegan un rol de importancia:
si necesitan hacer un regalo, bueno pues, regalen esta novela. Siempre resulta
de buen tono comentar las novedades literarias de nuestra comunidad.
Entonces queden como personas cultas e informadas, y refiéranse a
Operación Cavancha como:
“…una nueva voz en la narrativa chilena de rasgos tan poco frecuente,
que resulta necesario leer sin respiro porque viene a refrescar un medio que no
siempre nos sorprende de esta manera con una prosa ágil y una imaginación
desbocada, cuyos toques de un humor agudo, hacen de Operación Cavancha una muy
buena apuesta editorial, etc., etc….”
Termino.
A esta altura debo llegar a los agradecimientos necesarios. Y esto se
torna complejo por cuanto muchas
voluntades, paciencias, generosidades, y omisiones han concurrido para que
Ceibo, haya hecho el esfuerzo de
transformar un libro escrito, en uno editado.
Resultaría infructuoso nombra aquí a todos los que de una forma u otra
contribuyeron al hecho indesmentible que se verifica y celebramos hoy: el
lanzamiento de la novela Operación Cavancha.
Así, para evitar omitir a alguno, los omitiré a todos. Ese es un
principio de la democracia que nunca falla.
Dijimos que para escribir hay que tener alguna razón. Y yo tengo un
par que se superpone a todas, a las infinitas que caben en el empuje que incita
a meterse en estos líos.
En este acto íntimo quiero decir, por fin, que la razón más espléndida
de las que tengo para enarbolar al momento de lanzar esta primera novela, es
esperar que mis hijos Catalina, Camilo y Ricardo, por lo menos supongan que no
soy una mala persona, si he sido capaz del prodigio de juntar a gente como
ustedes, para lanzar una novela a la edad en que muchos piensan en el retiro.
En el caso de mi hijo Ricardo, no hay mayores complicaciones por
cuanto vive conmigo y parece no disgustarle ese hecho. Lo duro para mí es con relación
a Camilo y Catalina, a los que tanto extraño y amo y están tan lejos.
Pero a la razón anterior debería agregar otra quizás más precisa para concebir,
escribir y publicar uno o varios libros, es que finalmente y a pesar de todo, y
por sobre todo, soy hijo de Blanca Rosa
y Florentino, un hombre libre.
Gracias.