¿Habrá quedado claro para los que insisten en la
posibilidad de una Asamblea Constituyente para cambiar la Carta Fundamental, el
portazo lentificado que le están dando los ministros y la presidenta a esa
oferta electoral, falsa, manipuladora e imposible?
Ha quedado en evidencia que la costumbre de rechazar de
plano cualquier idea que proponga cambiar algo de lo esencial del sistema, es
parte estructural de esta cultura, réplica amansada de lo que fue la
dictadura.
Con algo de porfía hemos insistido en lo estéril del
camino que busca levantar la idea de una Asamblea Constituyente para cambiar el
derrotero fracasado que se ha impuesto en el país, y que ha sido enarbolado con
estentóreo entusiasmo por los sucesivos gobiernos de la Concertación solo para
engrupir a los ingenuos que creen que es posible un cambio de
paradigma, que juran que el sistema se puede suicidar.
Ni Asamblea Constituyente ni reforma de nada. El balbuceo
de Michelle Bachelet durante su campaña electoral no fue sino una sola mentira,
una sola operación de salvataje que buscaba el hiato que vinculara una solución
de continuidad de la Concertación con la Nueva Mayoría y la proyección de ambos
sucesos, hasta el infinito y más allá.
Tal como el Programa no fue sino una entelequia del
dominio de la psico política, de la teoría de la oferta desbocada y del castigo
solapado, como vía para disciplinar, modelar y controlar, del mismo modo la
oferta de un Proceso Constituyente no es sino un tiro de escopeta que da para
frito y caldillo.
No pocos advertimos que los anuncios y ofertas del ex
programa de gobierno estaban más bien construidos sobre el conocimiento de la
psicología chilena modelada en cuarenta años de castigos, esperanzas, más
castigos y más esperanzas, y luego nada.
Es que en el actual ordenamiento son imposibles siquiera
los titulares más asombrosamente rutilantes que se ofrecieron a los ingenuos,
en esa mezcolanza de intereses llamado Nueva Mayoría, en esa retahíla de
mentiras a las que algunos se aferran con dientes y uñas, con la ansiedad del
náufrago.
Fracasada la estafa monumental que intentaba en esta
etapa dejar a los herederos a cargo del bastón del testimonio, lo que resta es
ver cómo se arregla la carga para administrar el cagazo en este largo fin de
gobierno.
Y de las promesas, incluso aquellas emberretinadas en las
ambigüedades más risibles y creídas a pie juntillas por los irresponsables
optimistas que lo creen casi todo, no queda nada. Ni el pudor.
Nadie puede argüir engaño cuando la presidenta anuncia
que de reforma constitucional ni hablar. Como tampoco nadie puede decir que la
Nueva Mayoría traicionó a la gente porque compromiso con ella nunca hubo.
Solo se desdijeron de sus mentiras.
Si hubo compromiso real, pragmático y medible, fue con
sus propios intereses, con sus prebendas y posiciones socio económicas
construidas con esmero durante el último cuarto de siglo, con sus lujos,
placeres, barrios exclusivos y buenos vecinos.
Pero con el pueblo, nada.
La Nueva Mayoría leyó bien el estado de la gente ávida de
esperanzas y promesas. Supo desde siempre que esa chusma jamás osaría levantar
la mano contra su madre, hiciera lo que hiciera.
Por eso, el espasmo creado por la develación de la
sinvergüenzura más descarada, por las exacciones monumentales, por los
acomodos, coimas, pagos y arreglines secretos, chamullos y malabares, no
estalló con una ira incontenible.
No hubo una explosión social de incalculables
proyecciones, ni una asonada del populacho emputecido contra los ladrones, como
se pudo pensar, como ameritaba.
Anestesiada por las deudas, atrofiada por el mall y la
tarjeta de crédito, inmovilizada y atontada de celular y parabólica, y sobre
todo, traicionada por los que alguna vez dijeron representarlas y luchar por
ella, la gente asiste a la debacle como si el escándalo fuera en la casa del
vecino. Un reyerta que no le compete.
Mientras tanto, el sistema ofrece cachañas y pseudo
peleas internas que no son sino las fintas que utilizan para salir parados de
la mejor manera en el necesario acomodo de piezas y jugadas en lo que resta de
la caída del gobierno de estos cuatro años perdidos, este paréntesis en blanco.
Nadie se irá del gobierno. Ni el PC que advierte salir a
las calles para exigir que se cumpla el Programa, ni la DC que está de lo más
cómoda en el vaivén, a pesar de las declaraciones de sus más extremistas
personeros. Esas máquinas saben que se necesitan para lo que viene, luego de
que la presidenta entregue el encintado y parta de nuevo a Nueva York o
al olvido.
Y cuando el miedo a perder lo que se tiene ordene de
nuevo al tándem del poder, y se encuentren puntos coincidentes, y se baje la
guardia y el tono, cuando el seso imponga lo relevante por sobre lo accesorio,
cuando el instinto de clase imponga su peso vernáculo y ordene a díscolos y
excéntricos, cuando se den y ofrezcan disculpas y se constituyan comités
secretos, el pueblo ni siquiera sabrá que de nuevo perdió
Cuando la mentira se transforma en una cultura, es decir,
en lo que se come, lo que se mueve, lo que se ve y lo que zumba detrás de todo,
no hay que perder de vista que hay quienes la barajan y la orientan.
De lo que hay, apenas si será casual aquello que viene de
la tierra de vez en cuando en modo catastrófico. Todo el resto, está pensado en
términos de quienes ganan y quienes pierden, siempre exactamente los mismos.
Lo malo es que hay quienes por un optimismo desenfrenado
o por la humana tendencia en creen en algo, se olvidan que jamás habrá algo
parecido a una Asamblea Constituyente ni cosa parecida porque podrán ser
frescos, sinvergüenzas, ladrones, acomodados, cara duras, o lo que sea que se
nos ocurra, pero tontos, ni por asomo.
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