jueves, 31 de julio de 2014

Nuestra propia Franja de Gaza


Comparar Palestina con nuestro territorio mapuche es una exageración si se considera el armamento desplegado, el número de muertos y la conmoción planetaria que genera esa ocupación militar. En cuando es un acorralamiento histórico de un Estado contra un pueblo indefenso y pacífico, el principio es el mismo.

Sin embargo, no siempre fue tan pacífico el ímpetu colonizador del Estado chileno y sus administradores. No es posible calcular siquiera el número de mapuche asesinados desde que el año 1861, Cornelio Saavedra y sus  muchachos comenzaron su ofensiva para avanzar la frontera del nuevo país hasta el río Malleco.  Cuando se aplastó la resistencia mapuche, en el año 1883, los muertos se contaban por miles.

En recuerdo de esa epopeya celebrada por la sociedad chilena de entonces y de ahora como una victoria de la civilización sobre el salvajismo, no faltarán los mandos  políticos, militares y/o policiales que arderán en deseos de meter una columna de tanques Leopard y un preciso ataque de F 16 para restablecer el orden natural de las cosas: los blancos mandan, los indios obedecen; los ricos ganan, los pobres pierden.

Hace unos días, y en una demostración palmaria de que las instituciones funcionan, un diputado ultraderechista interpelaba al Ministro del Interior del segundo gobierno de Michelle Bachelet.

El tema que llevó al Ministro a responder en la Cámara de Diputados, fue lo que se llama el conflicto mapuche, eufemismo que esconde los efectos de lo que realmente sucede: la ocupación militar del territorio para reprimir la lucha mapuche por recuperar los territorios ancestrales arrebatados por los poderosos de siempre.

Los sucesos violentos en ese territorio se suceden a diario. Y no solamente provienen de la puntería de policías, uniformados o civil, o del celo racista de fiscales y de  terratenientes usurpadores.

Los métodos invasores que por más de ciento treinta años han intentado hacer desaparecer a una nación, llegaron aparejados con la escuela, las iglesias y el aparato del Estado, cada cual cumpliendo un rol en el intento de legitimar una ocupación militar, utilizando el cínico expediente de llamarle Pacificación. Esa lógica de asimilación  y exterminio mediante el cerco cultural y territorial, no ha cejado ni un minuto.

En el territorio mapuche, del mismo modo que ocurre en Palestina, lo que está en disputa es un territorio que intenta ser arrebatado por medio del genocidio disfrazado de defensa legítima.

Hay en la sociedad chilena un sustrato racista inoculado por el Estado que ha dejado una centenaria herencia de ignorancia y una supuesta superioridad del mestizo chileno de apellido europeo  por sobre el mapuche. Durante ciento treinta años se ha intentado convencer a la sociedad que esas personas que habitan esos territorios son tan chilenas como cualquiera, por o que no tiene derecho alguno sobre esas tierras feraces.

De hecho, la historia que se enseña en las escuelas  es desde el punto de vista de las imaginaciones de Alonso de Ercilla o de Pedro de Oña, ya deformadas por las innumerables reducciones de los textos escolares que ensalzan a los ganadores y disminuyen a los perdedores, como toda historia que se precie.

Una forma de colonización que intenta desplazar la historia guardada por la memoria obstinada de los abuelos sobrevivientes del genocidio llevado a cabo por el Ejército chileno.

Pero la guerra de ocupación de los territorios de una nación despedazada por los cañones Krupp y los fusiles Comblain, deformada por las iglesias que se lanzaron al asalto una vez arrinconados los sobrevivientes, y modelada por la escuela que llegó para los efectos civilizatorios del nuevo Estado, ha resultado un fracaso.

El desprecio racista que ha impedido por siglos ver al mapuche, ha cobrado su precio. Por cada vez que el indio ha sido avasallado por medio de la violencia de las balas de militares y policías, ha vuelto a levantarse con una porfía que no ha sido aquilatada en su complejidad por la sociedad supuestamente blanca, efectivamente usurpadora, históricamente déspota y profundamente ignorante de su propia historia.

Por eso el castigado pueblo palestino se hermana con el  pueblo mapuche en tanto víctimas del odio racista más feroz y la codicia, fundadas en razones de una manipulada  historia, tanto como en miserable intereses económicos.

Los criminales sionistas, asesinos de niños, impunes por la cobardía de una comunidad internacional transformada en cómplice del genocidio, se han  metido en un fango del que les costará salir, a menos que consideren el uso de armamento atómico.

Sus bajas aumentan, y ya son sólo los más recalcitrantes fanáticos son los que los apoyan, encabezados por el premio Nobel de la Paz, que oficia de presidente de USA. Los cobardes que asumen que se puede ser neutral ante el genocidio, incluso entre nuestros políticos sinvergüenzas, ya son menos frecuentes.

Cuando hay firmeza en las convicciones, un combatiente hasta con un viejo fusil puede resistir, como asegura uno que sabe de estas cosas. Y esa máxima también sirve para nuestra propia Gaza, más allá del río Biobío.

Carta a Joaquín Sabina (en su regreso a Chile)



Querido Joaquín Sabina:

Esta vez tampoco iré a tus conciertos. Te ruego que no me insistas. Tengo razones económicas por cuanto el ticket más barato ya es una insolencia para mis bolsillos, también en crisis. Pero a las  razones económicas se superponen las que se relacionan con cuestiones algo más complejas que los precios exorbitantes que pides por verte.
La última vez en que viniste, esa vez en compañía de nuestro querido Joan Manuel, me tomé la libertad de hacerte saber lo mismo, pero quizás no te llegó mi carta y por eso reincido con ésta.
También en esa oportunidad consideré que tus conciertos han devenido en una ocasión para ricos y poderosos. Así, muchos de los que podrán pagar tus entradas evitarán que sus hijos menores entiendan lo que dicen tus canciones como una legítima manera de vivir. Y les serán explicadas como excentricidades de un loco simpático que posa de irreverente y de políticamente incorrecto, pero que en el fondo es un artista de carne y hueso, higiénico e institucional, como cualquiera.
Y los tuyos, a esos que por decir lo que piensan sin pensar lo que dicen les han llegado muchos menos besos que bofetones, se quedarán sin poder ir a verte por falta de dinero, o, en el peor de los casos, endeudados nada más que por el cariño que te tienen.
Y los tuyos, a esos que por decir lo que piensan sin pensar lo que dicen les han llegado muchos menos besos que bofetones, se quedarán sin poder ir a verte por falta de dinero, o, en el peor de los casos, endeudados nada más que por el cariño que te tienen.
Como verás, algunos aún son capaces de hacer un esfuerzo por los amigos por la vía de renunciar a algunos pesos, o pelas, si se quiere.
Pero además, hemos sabido de tus conciertos en Israel. Y, para decirte las cosas como son, nos ha causado una honda preocupación. Quizás la crisis económica que viven los españoles sea muy severa, pero es difícil que lo sea al extremo de que no puedas saber lo que hace ese país en contra del castigado pueblo palestino.
Quizás tu economía es compleja y esos dinerillos ganados en tus giras contribuyan a pagar tus cuentas, pero imagino que para un artista de tu talla habrá medios más decorosos para tan loable y necesario fin.
Espero que entiendas estas críticas como las derivadas de un amigo que tiene por ti el mayor de los respetos y admiración. Como sabes, en mi caso y el de mis amigos profundamente sabineros,  tus letras son una referencia que ayuda a pensar de la manera más lúcida y libertaria posible en este mundo nuestro en que resulta cada vez más compleja la vida. Y de manera simultánea, muchas de tus canciones cumplen el rol salvador del madero flotando en el mar,  a las que nos aferramos cuando el bajón hace lo suyo.
Pero aún así, te ruego que no me insistas. No iré a ninguno de tus conciertos, pero ten la certeza que seguiré teniendo por ti el cariño debido a los amigos.
Iba decirte que si te apetecía compartir un vino, tranquilo, yo habría invitado, me encontrarías en la mesa dos del bar Cuatro y Diez, entrando a mano derecha. Pero no. Prefiero juntarme con la gente que conozco y que nunca ha bajado sus banderas ni ante  el riesgo de su propia vida, y menos lo harían ante la falta de dinero.
Así que puedes seguir derechito por donde viniste que prefiero recordarte por tus canciones antiguas, que por los precios de asalto de tus conciertos hechos para ricos, o por tus andanzas en países en los cuales no se  respeta la vida de los niños, ni la dignidad de las personas y en donde deben sonar como exóticas tus letras tan libertarias y políticamente incorrectas.
Atentamente,
Ricardo Candia Cares