viernes, 13 de marzo de 2015

El sistema está en crisis. La izquierda no está…


Ricardo Candia Cares

¿Cuándo se evaporó la izquierda? ¿Cuándo se acostumbró a la derrota y se asumió cómoda en el fracaso?

La profunda crisis del sistema nos ofrece, completando el pack, la imagen de una izquierda detenida y desaparecida. Entendamos por izquierda a todo sujeto o grupo de estos que se auto definen como enemigos jurados del neoliberalismo.

No pocos sospechamos que el chancho está tirado, que en el último cuarto de siglo pocas veces el sistema ha ofrecido tamaña debilidad. Si hasta el ícono más poderoso que la ingeniería política/genética de la subcultura concertacionista ha logrado, debe soportar la trizadura del yeso que la mantenía enhiesta e imbatible.

Y no ha sido por casualidad o por una concesión divina. Los orígenes de lo que le pasa hoy al sistema, entendido por tal la cruza entre la oligarquía pinochetista derivaba en poderosos millonarios luego que se destazara al Estado, con la camada de ex izquierdistas que traicionaron sus antiguas consignas y utopías, cuya cópula incestuosa terminó en un amor a toda prueba, tiene una génesis bastante definida.

Las primeras señales que la tranquilidad bucólica de la cultura neoliberal se vería trastocada, la dieron los estudiantes de la Enseñanza Media y básica el año a partir del año 2001, que de un momento a otro comenzaron a exigir los beneficios del pase escolar.

Como se recordará, muy pocos tomaron en serio el movimiento que se conoció en los medios de comunicación como el Mochilazo, y que levantó extrañas consignas: fin al lucro, desmunicipalización y que derivó en un proceso de movilizaciones que obligó al régimen a modificar su agenda, con todas las trampas conocidas.

El año 2011 las movilizaciones alcanzaron su punto mayor ante el desconcierto de los poderosos, pero de ahí no pasó. En fenómeno dejó al descubierto dos realidades: el sistema se dio cuenta que la represión para enfrentar esa arremetida no era suficiente, y que a los estudiantes aún les faltaba, y les sigue faltando, madurez política para peleas de mayor envergadura.

Y lo que fue el realce inédito de los movimientos y colectivos de izquierda que lograron acorralar al régimen, se terminó cuando esa gente bienintencionada no supo qué es lo que seguía luego de las marchas maravillosas y las huelgas combativas.

Definitivamente la izquierda no sabe ganar. No le gusta. Le incomoda el éxito, el triunfo. El optimismo del Venceremos upeliento y allendista, arrasado por lo que ya sabemos de sobra, parece generarle una urticaria molesta.

Le quedó desde hace mucho una tentación especial por hacer las cosas a medias o simplemente no hacerlas. El caso de la izquierda, más que de teorías y refundaciones, condiciones objetivas y subjetivas, medios, fines y herramientas, se relaciona con la psicología. O por lo menos, con los dominios de la procrastinación.

Desde los primeros intentos fracasados del Partido Comunista y sus aliados en elecciones en las que no pasaba de un dígito, hasta los anuncios de la creación de nuevos partidos para enfrentar, ahora sí, al enemigo con sus propias armas utilizando para el efecto los intersticios que deja la nueva legislación electoral, hay una línea directa, que extrapolada al futuro inmediato, llega indefectiblemente a otra derrota.

Y, a pesar de su historia, el Partido Comunista que al término de la dictadura sumaba diez mil militantes fogueados, aguerridos, disciplinados, solo tomando el camino corto de la abdicación  por fin logró una victoria electoral aún cuando ni siquiera subió en votación.

Resulta casi risible ese interés de la izquierda por reincidir precisamente en aquello que no ha funcionado. Como trágico es observar que, precisamente en aquello en que ha tenido los mayores éxitos, evita volver a pasar.

Por eso alguna gente lucida ha combatido la idea fatal de la utopía y del optimismo. Desde que se instaló la idea de que la utopía servía para caminar, a la izquierda se le olvidó que se camina para llegar. Y desde entonces da la hora en un derrotero radial que solo le gasta la suela a los zapatos pero que no le permite avanzar ni un solo metro.

Y desde que alguien dijo que el revolucionario era por sobre todo un optimista, dejó a los contingentes de zurdos sentados a la vera del camino esperando el futuro que ya viene, lento, pero viene.

Descontando el rol de los agentes que a esta hora la penetran, las torpezas y falencias de la izquierda son auto inoculadas y se reproducen en sus locales, rincones y bares ajenos a la realidad, impermeables a lo que anda en la gente que dice representar.

La gente real pelea todos los días por cuestiones tan básica y a la vez y tan extraordinariamente importantes como el agua, por la salud de sus hijos castigada por venenos que les crean leucemias, cánceres y un sinnúmero de enfermedades mortales, por evitar que se sigan instalando ingenios energéticos apestosos, por expulsar de sus campos empresas que acarrean miríadas de moscas y malos olores, por recuperar el derecho a pescar en sus mares, por una educación de escala humana que eduque, por un consultorio médico que mejore y no enferme, por buses aptos para el transporte humano, por poblaciones en que no mueran más jóvenes acribillados por balas y por drogas…..

Mientras tanto la izquierda propone una Asamblea Constituyente para redactar una Nueva Constitución.

Lo que no tendría nada de malo si no fuera porque ese tema no es algo que preocupe a la gente terrenal, concreta, dura y real, y porque, peor aún,  por su naturaleza y por la naturaleza del sistema, una Asamblea Constituyente siempre va a ser expresión de los que mandan y aquí los que mandan son los mismos que lo han hecho desde aquel remoto martes once, nublado variando a parcial.

Tal es el desfase entre la realidad y las interpretaciones que de ella la izquierda hace, y que se expresa por ejemplo en el que aún no haya una convocatoria real, seria, responsable para salir a las calles a protestar contra los delincuentes que dirigen el país y que se han desenmascarado escandalosamente en los últimos tiempos.

Por alguna razón misteriosa a la izquierda se le cauterizó el órgano sensible con el cual se vinculaba con la realidad. O trataba de hacerlo.

Ni Comisión Asesora ni Asamblea Constituyente: poder para el pueblo


Ricardo Candia Cares
 No será porque no tiene nada más que hacer que la presidenta convoca a una Comisión Asesora que intentará determinar normas que obliguen a los políticos a ser honrados y no los canallas que en realidad son, los ladrones en que se transforman luego de obtener un poco de poder, ni los mentirosos que necesariamente tienen que ser para obtener sus prebendas.

No habla bien del país esta convocatoria. Más bien debería dar vergüenza. Define una comunidad en que es necesario no sólo que las leyes sean de obligatoria observancia, sino que existan normas de tal envergadura que solo falte que un policía acompañe a los políticos las veinticuatro horas del día para ponerlos a salvo de sus propios instintos.
  
El sistema político chileno está en una crisis de decencia de tal envergadura, que hasta la presidenta que  hasta hace poco vivía a salvo de la realidad, ha caído en la espiral del descrédito que ha puesto en duda la real existencia de su liderazgo que, como se sabe, debería curar todos los males.

De uno en uno políticos vociferantes y acusadores, auto referidos como representantes de la más prístina moralidad,  usuarios cotidianos de los medios de comunicación para defender los valores del libre mercado y la cultura occidental, enemigos jurados de los estatistas que viven pensando en el pasado, son sometidos a juicio por sinvergüenzas, malabaristas del engaño, ladrones, truculentos y mentirosos.

Empresarios que lucen sus galas en fundaciones de caridad de la más alta moralidad, caen víctimas de su increíble y enfermiza necesidad de ganar más y más dinero así sea desfalcando al fisco y a lo que venga.

El sistema, por el peso de su propia pudrición, está corriendo el riesgo de desfondarse.

Ni cortos ni perezosos, la iniciativa de la Comisión Asesora es un paso que solo busca ganar tiempo. Al final, sea lo que sea que ese grupo de notables proponga, quienes resolverán sobre la base de sus propios miedos, riesgos, necesidades e intereses, son los mismos de siempre.

Por lo demás, resulta tan notable como miserable que en estas Comisiones se omita la participación de gente del pueblo, sus dirigentes y representantes. Y peor aún que haya entre esas personalidades, alguna otrora admiradora perdida de Pinochet y su obra.

Algunos piensan que de esa Comisión puede salir una propuesta entendida como de fondo: la necesidad de reformular o cambiar la Actual constitución. Dios nos pille confesados.

Elevada a la magistratura celestial que lo resolvería todo en un santiamén, una nueva Constitución promulgada a través de una Asamblea Constituyente se ha transformado en un mantra que de tanto repetirse, tiende peligrosamente a embolar la perdiz de quienes se suponen dotados de cierta lucidez.

Así, ¿cuánto queda para que efectivamente se ponga en movimiento la operación política que, con la solemnidad de las cosas realmente peligrosas, anuncien que en un plazo racional, a pedido de todos, se convocará a una Asamblea Constituyente para que en un plazo definido por la prudencia y la necesidad arroje un nuevo texto Constitucional?

Muy poco.

Un día nos vamos a despertar con la novedad que los poderosos han decidido que es necesario pasar a la ofensiva y entre vítores de lado y lado, se nos anuncia la instalación de la mentada Asamblea.

El sistema que aprendió hace mucho a arrancar hacia adelante, y, doble contra sencillo: impondrá una Asamblea que no va a coincidir con lo que los movimientos sociales y personalidades díscolas, opositores, ultrones, disidentes, no y anti neoliberales, enemigos jurados del modelo y su cultura, vienen exigiendo.

Un Asamblea Constituyente con el pueblo desmovilizado, con sus organizaciones diezmadas por la cooptación, la corrupción o la indolencia, con una izquierda evaporada, atrapada en sus contradicciones, sus teorías y somnolencias, no sería sino el mecanismo perfecto para dar el paso refundacional que supere las contradicciones y debilidades que hace rato asoman en un ordenamiento que ya hizo lo suyo.

Una Asamblea Constituyente, siempre va a ser una expresión de las necesidades emergentes de quienes tiene el poder. Creer por un segundo que una convocatoria de esa proyección e importancia va a dar cuenta de las reales necesidades democráticas de la gente, es pecar de una ingenuidad incalificable.

La experiencia latinoamericana, progresista o de izquierda, de los últimos decenios ha mostrado un camino que es necesario sino imitar, por lo menos tener presente. Y a menos que los chilenos de verdad seamos lo ingleses de América, habrá que pensar que lo sucedido en Venezuela, Ecuador y Bolivia, tiene algo, mucho, poco, que enseñarnos.

Solo una vez que el pueblo haya conquistado importantes cuotas de poder político, estará en condiciones de imponer sus condiciones. Antes, en calidad de borregos que asisten cada dos años y medio a votar, engrupidos por la propaganda de la economía, sometidos por el lazo acerado de la deudas, a la espera de recibir un poquito de la repartija, la gente víctima aunque no consciente de esta cultura estará necesariamente en las peores condiciones para ser convocada a una Asamblea Constituyente.

Peor aún, nos asiste la duda terrible de si esta exigencia o necesidad, una nueva Constitución mediante una Asamblea Constituyente, está entre las del populacho.
Quizás, con mayor fuerza y claridad lo que palpita en la chusma sea más bien una bronca silvestre que tiene que ver con los políticos y poderosos sinvergüenzas que le han tomado el pelo y todo lo demás en estos treinta y cuatro años que lleva de reinado la actual constitución, exactamente hasta el día de hoy.  

martes, 10 de marzo de 2015

Jurando sobre el Código Penal (Mejor aún: que se vayan todos)

Ricardo Candia Cares

El Presidente del Partido Socialista, listo como él solo, nos ofrece una intempestiva subida por el chorro. A propósito de lo resuelto por el Juez del Octavo Tribunal de Garantía que dejó en prisión preventiva a cinco delincuentes, avisa que todos somos iguales ante la ley. Más raro aún que esta declaración, es que no se haya escuchado una monumental carcajada a lo largo del país.

Semejante extrapolación del todo falsa, es posible solo en un contexto en el que quienes deberían decir algo más que esta boca es mía, se encuentran esperando que los jueces y fiscales le hagan la pega.

El sistema político se encuentra atenazado por sus propios excesos y por sus propias leyes, y algunos de sus más prominentes sostenedores deben ahora dormir en una cárcel. Pero no significa que estemos en los estertores finales de nada

Es cierto que en el último tiempo arrecian situaciones que han dejado a los poderosos en una exposición mediática bastante incómoda: acusados de ladrones, de corruptos, de sinvergüenzas y delincuentes. También resulta notable que deban dormir en la Capitán Yáber, y que el caso estimule una anidada sed de venganza, pero todo aún es muy poco.

Sobre todo si quienes se sientan hoy en el banquillo de los acusados sean con certeza, no más que una fracción mínima de todos los de su calaña. No hay, no podría haber, una mega fortuna inocente.

El traspié sufrido por PENTA  no tiene relación con la existencia de un sistema político que denuncie sistemáticamente estos abusos. Ni con policías expertas que se abocan a cazar este tipo de delincuentes, ni con un ordenamiento jurídico que se haga cargo de  que las cosas corran por carriles legales.

No. Los casos conocidos, todos, son solo producto de casualidades, accidentes o venganzas.

Veamos por qué estalla el caso más patético, aún cuando no el más millonario que ha  afectado precisamente al ícono impoluto de la presidenta de la república, que hasta hace poco aparecía elevada por sobre las contingencias terrenales, impoluta, creíble y justiciera.

Su retoño montado en el aparato de los poderosos no por sus luces que no parecen tantas, sino por el amor de madre ese indiscutible abismo sin medida capaz de todo por sus cachorros, utilizó su tarjeta de presentación para un negocio inalcanzable para quienes no militan en la casta del poder. Una costumbre de las más normales, de pronto irrumpe como pecado por la gestión anónima de quien estimó el momento preciso para pasar su cuenta.

No hay frescuras nuevas. Solo hay nuevas torpezas.

Los casos delictivos y de corrupción ofrecen suficiente material para que los críticos del modelo sustenten aún con mayores razones la necesidad de un cambio en las condiciones que permiten que estos robos y negociados se reproduzcan con abismante normalidad.

Como era de esperar, las exigencias de una Asamblea Constituyente como vehículo para superar la podredumbre del modelo, se han dejado escuchar con insistencia. Sin embargo, mucho antes de pensar una Asamblea Constituyente, lo que no necesariamente predice  nada democrático, se levanta la necesidad de relevar la decencia como consigna que denuncie,  proteste y subleve.

¿Por qué no exigir que se vayan todos como una condición refundacional y desestabilizadora? ¿Por qué no la encarcelación de todos los corruptos se instala como una exigencia propia de insurgentes y rebeldes?

No robar, que sea el eslogan más audaz. Y pagarás tus impuestos con devoción religiosa, un dictum agregado a los decálogos.

De ahora en más los ministros, parlamentarios, empresarios y funcionarios públicos, deberían jurar con la mano sobre el Código Penal: “Juro solemnemente que observaré con rigor lo dispuesto en el Libro segundo, Titulo IX, ….”

La palabra crisis retumba con un eco de cosa definitiva.

Sin embargo, a la cultura que permite, prohíja y reproduce conductas como las que han sido, casi por casualidad, sorprendidas en falta, le queda vida para rato.

Ni los más ardientes enemigos del neoliberalismo, ni la izquierda más revolucionaria, ni siquiera los estudiantes rebeldes y sus movilizaciones campeonas tienen algo que ver con esta crisis.

No. Lo del sistema y sus manifestaciones de amor inconmensurable por el dinero, cuyos resultados son esos escándalos con los que hemos gozado en vivo y en directo, son más bien fallas internas, autogoles de media cancha, errores producto de la estulticia de un gordito tirado a vivo o de un contador poco prolijo.

Los movimientos sociales y colectivos de izquierda que tuvieron a bien jaquear al sistema desde las calles, deben mostrar algo más que su alegría ante estos hallazgos y salir del  silencio del que no tiene nada que decir, habiendo tanto.

Se echa de menos que desde el lado de los intransigentes enemigos del modelo, salga algo más que aplausos y palabras de esperanza por lo que pueden hacer fiscales y jueces. Y resulta tan patético como absurdo esperar ellos sean los que desmoronen el sistema.

Todos sabemos que esos funcionarios públicos tienen sus meses contados. Meterse con los poderosos que financian a la más  sanguinaria de las ultraderechas del mundo no es algo que en el balance final, salga gratis. Por lo menos, barato no les será.

Los cazadores de las condiciones objetivas, sin las cuales son mueven un dedo,  podrían hacer su agosto en otoño. Pocas veces el sistema ha mostrado mayor debilidad como ahora en que sus bastiones inexpugnables ofrecen flancos del todo abordables.

Pero parece que el asombro tiene efectos narcóticos si se tiene en cuenta el silencio y la inactividad de los anti sistémicos, enemigos jurados de la cultura corrupta del neoliberalismo.

Resulta evidente como el modelo, a los más revolucionarios de los anti neoliberales, los hace pender del calendario electoral, y a los más revoltosos, del escolar.

Se alza como necesaria una palabra que aclare y proponga. Y que desplace el silencio propio del asombro estéril.

Mucho se especula sobre qué pasaría de haber elecciones en este clima político sumido en un olor propio de un vertedero  Si las anteriores elecciones dejaron a un sesenta por ciento de gente en casa, ¿qué pasaría hoy conminada a la chusma a votar?

No faltan los ingenuos que aseguran que ahora sí, la gente se volcaría a codazos a votar por la izquierda, inscrita ahora como fuerza beligerante en la justa electoral.

La cosa parece ser más simple. Las consignas de la izquierda normalmente alambicadas y alejadas de la compresión del la gente llana, tienen una opción ahora para imponer toda la fuerza del sentido común: la honradez, la honestidad y la transparencia en esta trifulca de ladrones y frescos de raja, alcanzan rasgos revolucionarios. Sea normal: pague sus impuestos y no estafe a nadie.

¿Por qué nadie aún ha llamado a la gran marcha contra los ladrones de cuello y corbata, contra los corruptos de toda laya, contras los negociados y los arreglines de la casta política antes que las oficinas secretas se encarguen de arreglarlo todo y que vuelva por sus fueros la impunidad de siempre?

¿Qué se espera para generar un movimiento popular que exija la salida de todo corrupto, sinvergüenza, ladrón, mentiroso, aprovechador, vendido o arrendado?

 http://www.elpuertolibre.cl/archivos/45508

 http://www.elclarin.cl/web/opinion/politica/14973-jurando-sobre-el-codigo-penal-o-mejor-aun-que-se-vayan-todos.html

Constituyente: ¿cómo y para qué?

Ricardo Candia Cares

Publicado en “Punto Final”, Nº 768.

Distintas voces vienen repitiendo la necesidad de cambiar la Constitución mediante una Asamblea Constituyente. Se propone, incluso, instalar una cuarta urna en las mesas de votación del próximo año para que los votantes den su opinión. Más realista, y por lo tanto brutal, un político que parece no rendirse al paso del tiempo, propone una comisión bicameral para realizar cambios en la Constitución. Y el presidente del Senado ha dicho que quienes los exigen, han fumado opio.

¿Qué es una Asamblea Constituyente?  Se define como una reunión de personas con la facultad de redactar una nueva ley fundamental y las nuevas líneas de la organización de un Estado. Es un mecanismo popular y democrático, que asume transformaciones radicales, orientadas al cambio de las estructuras.

¿Pero, por qué los sostenedores y administradores del sistema tendrían que aceptar la irrupción de algo tan radical y revolucionario? ¿Están sitiados en La Moneda, se les acabaron los recursos? A simple vista parece que no.

Este mecanismo no está considerado en el ordenamiento institucional actual y da la impresión que el sistema político, a juzgar por su silencio o por sus frases oblicuas, no encuentra que la cosa sea para tanto. Hay pruebas indesmentibles que la actual Constitución se sostiene sólo por sus anclajes internos y porque los poderes que gozan de aquellos consideran su legitimidad como el eje del actual orden. Nadie en su sano juicio puede pretender que los sostenedores del sistema, sujetos duchos en crímenes y traiciones, de buenas a primeras van a permitir semejante desatino. Sería como esperar su rendición incondicional.

Para que semejante delirio sea posible debería suceder que el sistema modifique la actual Constitución y se permitan mecanismos como los propuestos. Y que los otros poderes acepten sin chistar quedar en manos nadie sabe de quiénes.

Resulta extraño, y por qué no, sospechoso, que justo cuando arrecia la ofensiva de los estudiantes, cuando éstos comienzan a tomar por legítimo cruzarse de alguna manera en las elecciones, algunas voces propongan iniciativas tan extravagantes como estériles.
Las reformas que exige la educación chilena, que vive una eterna crisis, no serán posibles en el actual orden. A lo sumo se van a lograr pequeños avances, pero no en lo esencial: educación de cargo del Estado, laica, de calidad, sin lucro, racional y coherente con un proyecto de desarrollo nacional. De igual forma, los cambios que Chile necesita en aspectos cruciales como salud, previsión, vivienda, ecología, entre otras, no son posibles en el actual orden.

Fruto de un cambio profundo.

Para avanzar en cambios de orden mayor, en una idea de desarrollo que contradiga el actual derrotero, hace falta un cambio tan profundo y revolucionario que, en efecto, genere una nueva Constitución de la manera más democrática posible, respetando la voluntad soberana del pueblo expresada en una Asamblea Constituyente. Pero, ¿se podría en el actual estado de cosas?

La ofensiva por esta exigencia democrática, pero impracticable y peligrosa, más bien intenta desplazar las movilizaciones de los estudiantes. Parece una campaña para distraer las pocas energías que trae consigo el movimiento social, para disponerlas a un propósito tramposo. Nadie con un mínimo de sentir democrático podría no estar de acuerdo con una nueva Constitución. El problema es cómo y cuándo se puede llegar a esa preciada meta. Y lo esencial es el rol que le compete en esa lucha al pueblo movilizado, en especial a los estudiantes.

Esta vez, como en otras, se corre el riesgo de que el sistema se apropie de una consigna popular con el propósito de secuestrarla, maquillarla y luego hacerla aparecer como una meta cumplida, por lo que habría que agradecer por toda la eternidad.

Ha habido casos notables de derrotas trascendentes, vendidas como triunfos arrolladores. El más importante: el triunfo del No, cuyo lema ha devenido en un mito misterioso. La lucha de millones, los muertos, los torturados, los presos y maltratados, pusieron su sacrificio para que al final, los mismos de siempre secuestraran la voluntad de la gente y la alegría no llegara.

Otro. El año 2005 el presidente Ricardo Lagos, en una faraónica puesta en escena, dijo que la Constitución de 2005 ya no dividiría a los chilenos. Desde entonces, la Constitución de 2005 sigue llamándose del 80, y ha consagrado el apartheid por el que somos famosos en el mundo.

Otro notable artilugio para actualizar el sistema lo hizo la presidenta Bachelet. Enarbolando las consignas de los estudiantes secundarios movilizados sin apoyo de casi nadie el año 2006, constituyó una comisión presidencial por la educación, que dejó las cosas peor que antes. Las manitos tomadas, los lagrimones emocionados, la firma solemne de la traición a los muchachos fue vista por ellos por la tele, mientras se reponían del hambre, la vigilia y los palos de la policía, después de rendirse y entregar sus escuelas.

El sistema ha aprendido a arrancar hacia delante de una forma majestuosa. ¿Por qué no volver a hacerlo ahora que arrecia la exigencia de cambios en la Carta Fundamental?

La experiencia de América Latina.

En América Latina ha habido procesos constituyentes que han cambiado la cara a un continente en que las oligarquías y los mandos militares han mandado desde siempre.
En Venezuela, desde 1999 rige una Constitución llamada Bolivariana, que ha impulsado cambios de una profundidad nunca vista. Hugo Chávez, encabezando el Polo Patriótico, logra ganar la Presidencia de la República el 6 de diciembre de 1998, con 56% de los votos. Luego, convoca a un referéndum para que el pueblo se manifieste si está de acuerdo con una Asamblea Constituyente. El 25 de abril de 1999, el Sí obtuvo 90% de apoyo. La nueva Constitución fue aprobada con el 71,19%.

En el año 2009, en Bolivia entra en vigencia la Constitución que impulsa el MAS, con Evo Morales a la cabeza. En ese país hay 37 culturas distintas: tres grandes y 34 pequeñas: los mestizos, el 38%, los aymaras, el 25%, los quechuas el 30% y los pueblos indígenas del Oriente y Chaco, el 7%. Antes, se habían realizado más de 18 transformaciones constitucionales a través de Asambleas o Convenciones Nacionales, en las que el pueblo había estado ausente. La Asamblea Constituyente impulsada por el MAS comenzó a erigirse como símbolo de cambio.

Fue un proceso de construcción desde abajo, que buscaba el cambio revolucionario que quería el país, expresado de manera extendida en la lucha de los movimientos sociales. La Asamblea Constituyente fue instalada el 6 de agosto de 2006. Era la primera vez que una Asamblea Constituyente contaba con la participación de indígenas. Algunos dicen que la Constitución boliviana es la más democrática de América Latina.

El caso de Ecuador.

Ecuador ha tenido veinte Constituciones. Pero la última tiene un profundo sentido democrático porque fue hecha a partir de la participación de todo el pueblo, como nunca antes. Desencantados de la política tradicional, muchos sectores sociales y políticos se sumaron al proyecto político emergente de Rafael Correa: la Revolución Ciudadana. Se formó un instrumento electoral, el partido Alianza PAIS, donde se fusionan algunas de las fuerzas políticas y sociales ecuatorianas.

En las elecciones presidenciales de 2006, Rafael Correa ganó en la segunda vuelta con 57% de los votos, logrando inéditos niveles de credibilidad entre la población. Había prometido una redefinición constitucional, la cual fue llevada a consulta popular ganando con más de 80% de los votos. Alianza PAIS alcanzó 80 de los 130 cupos en disputa. La Asamblea Nacional Constituyente permitió definir la Constitución ecuatoriana que representa el proyecto más radical de cambios en la historia de Ecuador.

¿Qué tiene en común estas constituciones?

Primero, que ninguna de ellas fue un proceso fácil. Muchos intereses intentaron evitar que esos países concibieran una carta fundamental que diera cuenta de sus culturas, sus problemas y un proyecto nacional y patriótico arraigado en lo más profundo de sus pueblos. Para el efecto, ha habido intentos de golpes de Estado, asonadas, atentados y sabotajes.

Segundo, esos países pasaron a constituir la lista negra del imperio norteamericano, a ser vistos como amenazas a sus intereses y seguridad por la aplicación de políticas nacionales de rescate de sus riquezas para ponerlas en función de sus propios desarrollos. No han sido pocos los intentos por desestabilizar sus gobiernos.

Tercero, tanto en estos gobiernos como en sus programas, el rol de los movimientos sociales fue clave. Sus movilizaciones impusieron su hegemonía ante un agotado sistema de partidos, que no dio cuenta de lo que era necesario y sólo coadyuvaban a reproducir un sistema a todas luces desprestigiado.

Cuarto, las Asambleas Constituyentes que lograron Constituciones verdaderamente democráticas, es decir revolucionarias, fueron posibles una vez que las fuerzas sociales y políticas que enarbolaron esa propuesta lograron acceder al gobierno con amplias mayorías, con un pueblo movilizado y alerta. Fueron parte de los programas de gobierno que ofrecieron al pueblo los movimientos que lograron hacerse de parte del poder y, cosa curiosa, cumplieron su palabra.

¿Qué pasa en Chile?

Un teórico de la Asamblea Constituyente, el historiador Gabriel Salazar, apunta que jamás en Chile ha habido participación popular en la gestación de las Constituciones: siempre las han impuesto los políticos con el apoyo del ejército. Ni siquiera Allende tenía en su programa la convocatoria a una Asamblea Constituyente. Considera que hoy están dadas las condiciones para impulsar un proceso que termine con el actual ordenamiento constitucional, porque existen varias crisis que lo hacen posible: de legitimidad, de eficiencia y de representación.

En nuestro caso, dice, las nuevas expresiones sociales, los nuevos representantes de los estudiantes, la nueva manera de ejercer los liderazgos, permitirían organizarse de tal manera que el resultado debería ser una Asamblea Constituyente, ya que no es posible la lucha armada y los partidos políticos que se meten al sistema, una vez adentro, no cambian nada.

Curiosamente, Salazar no considera las experiencias latinoamericanas, que aunque no se trata de copiar, es bueno tener presentes. Las crisis que Salazar identifica en Chile no fueron tan distintas en esos países.

Lo cierto es que en Venezuela, Bolivia y Ecuador se puso término a Constituciones esencialmente represoras, antinacionales y depredadoras, que no consideraban las especificidades culturales, que sostuvieron un sistema político absolutamente desprestigiado. La irrupción de millones tomó la decisión de cambiar lo que era necesario cambiar, y para el efecto, sus movimientos sociales derivaron en una fuerza política capaz de disputar el poder en donde se genera: en las elecciones. Los movimiento sociales irrumpieron en el poder formal del sistema mediante las propias herramientas del sistema para, una vez empoderados y apoyados por grandes mayorías, cambiar esas Constituciones.

No antes.

En nuestro país se intenta poner la carreta delante. Con los partidos de Izquierda sometidos al sistema, en muchos casos dándole la espalda al movimiento de los estudiantes y con un sistema político que demuestra su compromiso con el actual orden intentar desde afuera -y al margen de toda legalidad- instalar una Asamblea Constituyente que jamás será reconocida como vinculante por el sistema, es desperdiciar energías y, de nuevo, dejar solos a los estudiantes, que no apuntan en ese sentido.
Creer que se puede levantar una Asamblea Constituyente y pasar por sobre todos los poderes, es creer que al sistema se le puede ganar por secretaría.

A lo más, el sistema, ducho en eso de regenerarse, intentará de nuevo caer hacia arriba y mostrándose dispuesto a escuchar las señales que emiten vastos sectores sociales, eventualmente puede recoger el guante e impulsar una reforma constitucional. Dios nos pille confesados.

Y no es un delirio ponerse en esa hipótesis.

El presidente de la DC con una honestidad brutal dice que prefiere una Asamblea Constituyente a la democracia de la calle. En otras palabras, algo que se pueda manipular, en vez del caos inasible de la gente manifestándose. Y el presidente Lagos, quien ya hizo su propia reforma en 2005, dice que es cosa de cambiar el binominal y ya, puesto que todo el resto ya está hecho por él.

El lema de una Asamblea Constituyente para reformar la Constitución parece más bien una falsa consigna. Una manera de cruzarse a la ascensión de un movimiento popular que está dejando atrás al sistema de partidos políticos.

Bastaría que los mismos de siempre se pongan de acuerdo e impulsen medidas como las propuestas por Zaldívar, Lagos y Walker, las que, con el debido bombo del sistema comunicacional del régimen, sean mostradas como una verdadera reforma al sistema. Y luego de las manitos tomadas y las lágrimas, a esperar medio siglo antes de intentar levantar cabeza de nuevo.

Lo que cabe es constituirse como un movimiento social maduro y sólido, transformarlo en una fuerza política que se proponga la herejía mayor: disputarle con sus herramientas y sus leyes el poder político a los poderosos que cada dos años y medio abren esa posibilidad mediante las elecciones. Y una vez alcanzados grandes espacios de poder, impulsar cambios de carácter revolucionario, como por ejemplo una nueva Constitución nacida, ahora sí, de la voluntad soberana del pueblo.

Un movimiento de esa magnitud, con los estudiantes en las calles, tras candidatos emergidos de la voluntad soberana de la gente, sin la intromisión de las máquinas antidemocráticas de los partidos, levantando un programa que condense las esperanzas abandonadas de la gente en los últimos treinta años, pondría al pueblo en un estado de movilización capaz de pasar por encima de todos los obstáculos, reales y artificiales, que suelen poner los poderosos y sus aliados.

martes, 3 de marzo de 2015

Jaque a la reina: que levante la mano el que le crea.



 Ricardo Candia Cares

En su compresible desesperación durante el caliente verano los ministros de Interior y Vocero insistieron una y otra vez que el caso Caval estaba cerrado con la intervención de la presidenta y que, sin fisuras a la legalidad, el caso no daba para mucho más.

La realidad indicaría otra cosa en breve y la corrupción volvería a mostrar las numerosas debilidades en una coalición que no las ha tenido todas consigo en términos de coherencia interna y de respuesta pública convincente. El desprestigio les pisa los talones a todos.

Los ministros no atinaron. Y sería lo complicado de la situación o una dudosa experiencia en casos de estas magnitudes, el caso es que se equivocaron medio a medio: más vivo que nunca, el caso Caval dista mucho de extinguirse, especialmente por la intervención de la presidenta y su decepcionante declaración: se enteró por la prensa, aserto que le va a pesar en las siguientes mediciones de popularidad y de credibilidad, su más preciado tesoro.

Si al caso del la nuera y del hijo, presidencial se le suma lo que venía sucediendo con el caso PENTA y sus aristas oscuras tanto como delincuenciales, habría que concluir que el sistema político enfrentó un verano como pocos, y que ha dejado bajas por lado y lado y con pocas esperanzas de reconstruir lo que había. Y que huele a podrido.

Casos de corrupción no son nuevos. Más aún, se conocen desde siempre negociados cruzados, contubernios familiares, facturaciones fantasmas, compra y arriendo de políticos por parte de poderosos, dineros negros que corren, nadan y vuelan, todo en un contexto en que la política se ha transformado en una vía rápida para la riqueza y el ascenso social como pocos.

No hay político que no haya aumentado exponencialmente su patrimonio en el ejercicio de sus cargos.  

La función política derivó en una criadero de nuevos ricos y prepotentes que han usado y abusado de sus prebendas. La opción de ocupar un cargo de diputado o senador, permite resolver las necesidades económicas de por vida para el honorable, su familia y su entorno más directo.

Las expresiones de sinvergüenzura que se han conocido en el último tiempo distan mucho de ser excepciones en las que incurren inocentes que de recién llegados no se dan cuenta de una conducta reprobable. No. Lo sucedido es el rebasamiento del vaso por abusar de una manera desmedida de la impunidad.

Los escándalos conocidos, habrá innumerables en el más perfecto sigilo, fueron por una falta prolijidad que otros más aventajados y menos apurones han tenido a bien manejar de la mejor manera: es producto de una cultura

PENTA y Caval, echaron a perder el negocio.

El que quiera recordar sabrá que no ha pasado un año de esta eterna transición, que se resiste a abandonar los porfiados rasgos de la dictadura que se supone debió superar, sin que hayan saltado escándalos relacionados con gente corrupta, ladrones de cuello y corbata, tramposos usuarios predilectos de los espacios de la televisión, asaltantes con magister y doctorados, chamullentos becarios en universidades pagadas por el Estado, dirigentes políticos que más bien parecen sujetos a sueldo de las grandes empresas.

Y cada vez la impunidad, ha hecho lo suyo y luego de un par de meses, una vez tapada la mierda con otras noticias relevadas interesadamente por la prensa pinochetista, ya se está hablando de otra cosa y la amnesia en breve ya habrá hecho lo suyo. O la amnistía. O la prescripción. Cualquier trampa es válida

La diferencia de lo que pasa hoy es que el caso que significó el paso mágico de algunos miles de millones de aquí para allá, llegó desde el entorno hermético, impoluto, sacrosanto de la presidenta Bachelet.

Fue tocada la reina en un jaque que no termina de esclarecerse y del que da la impresión podrían salir algunas astillas más afiladas aún. Cae su aprobación y credibilidad, sus únicos dos atributos. Y de su liderazgo, nada. Cero.

El caso es que el sistema político chileno se acerca peligrosamente a su desmoronamiento, aunque solo no se va a caer. Las últimas elecciones demostraron que casi el sesenta por ciento de los habilitados para votar no lo hicieron. Y eso sin caso PENTA ni Caval.

¿Qué vendrá en el futuro de la participación ciudadana con los antecedentes del súper hijo y la súper nuera, de los santones de la UDI metidos hasta las masas en delitos que los pueden llevar a la cárcel?

En lo inmediato ya se han activado las reuniones en las oficinas secretas en busca de la salida del atolladero en que están. En esas reuniones se tomarán acuerdos que luego van a aparecer con formato de ley, anunciadas como iniciativas fundacionales que buscan terminar de una vez y para siempre con las malas prácticas de la política, y luego, todos tomados de las manos celebrarán el acuerdo patriótico que no buscará sino lavarles la cara a los sinvergüenzas. Y estimular el olvido.

Curiosa solución. Los mismos, exactamente los mismos que han metido las manos y todo lo demás, ahora harán las leyes que buscan sancionar sus propias conductas perfeccionadas en años de ejercicio. Como para no creer en nada a priori.

El tardío, oportunista e inútil llamado a conformar una Consejo Asesor Presidencial conformado por personalidades y expertos que se den a la tarea de “elaborar una propuesta legislativa y de políticas públicas para crear un nuevo marco regulatorio que “promueva la transparencia entre lo público y lo privado”, aparece como el inicio de la operación que permita relegar al olvido la corrupción veraniega, un maquillaje que permita escudar a la presidenta, la que se ha demostrado que es tan vulnerable como cualquiera.

Nada bueno ha salido nunca de esas Consejos Asesores Presidenciales. No han sido sino instancias en que el duopolio se pone de acuerdo para limar sus asperezas y concluir en caminos perfeccionados que permitan disminuir los daños al sistema por parte de aquellos que no han tomado las debidas precauciones. Y para que pierdan los de siempre.

La duda en este caso surge de sus componentes. ¿De donde van a sacar un grupo de personas del mundo político que jamás hayan metidos la manos o que no hayan usado sus vinculaciones familiares o políticas para su propio beneficio, que den suficiente confianza? ¿Logrará revertir su caída la presidenta con estas medidas desesperadas? ¿Los liderazgos pueden vivir de su historia o se van haciendo y deshaciendo en el día a día? ¿Habrá quienes aún le crean?

Sería más fácil, patriótico y justo que de una buena vez se fueran todos a sus casas o a la cárcel según sea su mérito.