Ricardo Candia Cares
¿Cuándo
se evaporó la izquierda? ¿Cuándo se acostumbró a la derrota y se asumió cómoda
en el fracaso?
La
profunda crisis del sistema nos ofrece, completando el pack, la imagen de una
izquierda detenida y desaparecida. Entendamos por izquierda a todo sujeto o
grupo de estos que se auto definen como enemigos jurados del neoliberalismo.
No
pocos sospechamos que el chancho está tirado, que en el último cuarto de siglo
pocas veces el sistema ha ofrecido tamaña debilidad. Si hasta el ícono más
poderoso que la ingeniería política/genética de la subcultura concertacionista
ha logrado, debe soportar la trizadura del yeso que la mantenía enhiesta e
imbatible.
Y no ha
sido por casualidad o por una concesión divina. Los orígenes de lo que le pasa
hoy al sistema, entendido por tal la cruza entre la oligarquía pinochetista
derivaba en poderosos millonarios luego que se destazara al Estado, con la camada
de ex izquierdistas que traicionaron sus antiguas consignas y utopías, cuya
cópula incestuosa terminó en un amor a toda prueba, tiene una génesis bastante
definida.
Las
primeras señales que la tranquilidad bucólica de la cultura neoliberal se vería
trastocada, la dieron los estudiantes de la Enseñanza Media y básica el año a
partir del año 2001, que de un momento a otro comenzaron a exigir los beneficios
del pase escolar.
Como se
recordará, muy pocos tomaron en serio el movimiento que se conoció en los medios
de comunicación como el Mochilazo, y que levantó extrañas consignas: fin al
lucro, desmunicipalización y que derivó en un proceso de movilizaciones que
obligó al régimen a modificar su agenda, con todas las trampas conocidas.
El año
2011 las movilizaciones alcanzaron su punto mayor ante el desconcierto de los
poderosos, pero de ahí no pasó. En fenómeno dejó al descubierto dos realidades:
el sistema se dio cuenta que la represión para enfrentar esa arremetida no era
suficiente, y que a los estudiantes aún les faltaba, y les sigue faltando,
madurez política para peleas de mayor envergadura.
Y lo
que fue el realce inédito de los movimientos y colectivos de izquierda que
lograron acorralar al régimen, se terminó cuando esa gente bienintencionada no
supo qué es lo que seguía luego de las marchas maravillosas y las huelgas
combativas.
Definitivamente
la izquierda no sabe ganar. No le gusta. Le incomoda el éxito, el triunfo. El
optimismo del Venceremos upeliento y allendista, arrasado por lo que ya sabemos
de sobra, parece generarle una urticaria molesta.
Le
quedó desde hace mucho una tentación especial por hacer las cosas a medias o
simplemente no hacerlas. El caso de la izquierda, más que de teorías y
refundaciones, condiciones objetivas y subjetivas, medios, fines y herramientas,
se relaciona con la psicología. O por lo menos, con los dominios de la procrastinación.
Desde los primeros
intentos fracasados del Partido Comunista y sus aliados en elecciones en las que
no pasaba de un dígito, hasta los anuncios de la creación de nuevos partidos
para enfrentar, ahora sí, al enemigo con sus propias armas utilizando para el
efecto los intersticios que deja la nueva legislación electoral, hay una línea
directa, que extrapolada al futuro inmediato, llega indefectiblemente a otra
derrota.
Y, a pesar de su
historia, el Partido Comunista que al término de la dictadura sumaba diez mil
militantes fogueados, aguerridos, disciplinados, solo tomando el camino corto de
la abdicación por fin logró una victoria
electoral aún cuando ni siquiera subió en votación.
Resulta casi risible
ese interés de la izquierda por reincidir precisamente en aquello que no ha
funcionado. Como trágico es observar que, precisamente en aquello en que ha tenido
los mayores éxitos, evita volver a pasar.
Por eso alguna gente
lucida ha combatido la idea fatal de la utopía y del optimismo. Desde que se
instaló la idea de que la utopía servía para caminar, a la izquierda se le
olvidó que se camina para llegar. Y desde entonces da la hora en un derrotero
radial que solo le gasta la suela a los zapatos pero que no le permite avanzar
ni un solo metro.
Y desde que alguien
dijo que el revolucionario era por sobre todo un optimista, dejó a los contingentes
de zurdos sentados a la vera del camino esperando el futuro que ya viene, lento,
pero viene.
Descontando el rol
de los agentes que a esta hora la penetran, las torpezas y falencias de la
izquierda son auto inoculadas y se reproducen en sus locales, rincones y bares ajenos
a la realidad, impermeables a lo que anda en la gente que dice representar.
La gente real pelea todos
los días por cuestiones tan básica y a la vez y tan extraordinariamente
importantes como el agua, por la salud de sus hijos castigada por venenos que
les crean leucemias, cánceres y un sinnúmero de enfermedades mortales, por
evitar que se sigan instalando ingenios energéticos apestosos, por expulsar de
sus campos empresas que acarrean miríadas de moscas y malos olores, por
recuperar el derecho a pescar en sus mares, por una educación de escala humana
que eduque, por un consultorio médico que mejore y no enferme, por buses aptos
para el transporte humano, por poblaciones en que no mueran más jóvenes
acribillados por balas y por drogas…..
Mientras tanto la
izquierda propone una Asamblea Constituyente para redactar una Nueva
Constitución.
Lo que no tendría
nada de malo si no fuera porque ese tema no es algo que preocupe a la gente
terrenal, concreta, dura y real, y porque, peor aún, por su naturaleza y por la naturaleza del
sistema, una Asamblea Constituyente siempre va a ser expresión de los que
mandan y aquí los que mandan son los mismos que lo han hecho desde aquel remoto
martes once, nublado variando a parcial.
Tal es el desfase
entre la realidad y las interpretaciones que de ella la izquierda hace, y que
se expresa por ejemplo en el que aún no haya una convocatoria real, seria,
responsable para salir a las calles a protestar contra los delincuentes que
dirigen el país y que se han desenmascarado escandalosamente en los últimos
tiempos.
Por alguna razón
misteriosa a la izquierda se le cauterizó el órgano sensible con el cual se
vinculaba con la realidad. O trataba de hacerlo.