Así lo habrán experimentado los diecisiete millones de chilenos, testigos de una epopeya nunca vista: ganar una final de algo enfrentando al seleccionado argentino.
Política y deporte, han estado imbricados como siempre en casos de triunfos. Y para saber si esta vez lo será para la presidenta Bachelet, deberemos esperar lo qué dicen las encuestas, luego de intentar capitalizar esas imágenes de gloria con su camiseta de la roja, en las tribunas del estadio Nacional, curiosamente sin que nadie lo supiera, casi en secreto, y luego de recibir al equipo campeón en La Moneda, frente a un mar de gente.
Lo que sí está claro es que los jerarcas de la ultraderecha que serán formalizados este lunes, recordemos que el mundo sigue andando, quizás deban conformarse con el pan añejo y el té frio de la derrota judicial.
Con todo, la gente tiene sobrado derecho para celebrar el portento de la Copa América. Pocas veces hay esta posibilidad.
Una alegría efímera, pero alegría después de todo, que
se merece sobradamente el pueblo vapuleado tanto por la economía como por la
indolencia de los poderosos que muy poco tienen de patriotas o de sentido de
país, por la vía de los bajos salarios, por
un sistema de pensiones inhumano, una salud librada a la barbarie del mercado y
una educación bipolar. En fin, sale a las calles un pueblo castigado y
manipulado que hace rato no sabe de triunfos o celebraciones.
Y si ahora se engalana para recibir la alegría de de los miles que cuelgan de sus graderías y los millones que asisten por medio de la televisión a un espectáculo que deja al descubierto la esquizofrenia en la que vive un país, sigue siendo necesario no olvidar.
Política y deporte tienen desde siempre una relación interesada a la que uno y otro le saca provecho según sean las condiciones. La pasión que desatan el fútbol y en general los deportes son a menudo utilizada por los políticos para sacarle su parte de maquila, como un aderezo que bien calculado, puede ayudar a subir en las encuestas o en la percepción ciudadana, que es lo que finalmente importa.
Hoy esa función del deporte masivo toma una relevancia
inédita si se considera los escasos números presidenciales y, sin ir más lejos,
la situación de los otros connotados invitados al palco oficial: el presidente
de un Senado cuya apreciación de esa misma gente que grita y celebra un más allá lo
tiene a él y a sus colegas en la sentina de la moral y al borde del descalabra
definitivo, desprestigiados y severamente reprendidos por el pueblo.
Y un presidente del futbol nacional acusado de recibir
millonarias coimas en un caso que tiene a los más importantes directivos del
futbol mundial al borde de la cárcel.
Como vemos, una tribuna no muy auspiciosa.
La alegría de la fiesta, lo dulce del té y lo
crujiente de la marraqueta, durará lo que dura la sensación de la alegría.
Luego, la realidad dura que se vive lejos de los campos de futbol dará paso a
los conflictos que castigan a la gente.
Los profesores seguirán en paro ante la tenacidad del
gobierno que prefiere que la institución estatal que se haga cargo de los
reclamos de los docentes sean las Fuerzas Especiales de Carabineros, cuyos
miembros han desarrollado una vasta experiencia en el trato a estudiantes y
educadores.
Luego de la celebración y cuando esta epopeya deportiva no sea más que historia y
estadística, el corso seguirá inevitable y perpetuo. Y como nadie vive de sus
recuerdos, la temible realidad de todos los días, en la que no hay ni triunfos
ni copas, sino un duro presente y un difuso futuro, advertirá un cuadro no muy
alentador
Deporte y política habrán disfrutado de un receso gozando de un triunfo no
muy frecuente. El chovinismo que aflora con peligrosa fluidez, ese orgullo
nacional que nadie sabe bien para qué sirve, dará paso a la realidad que nos desborda
todos los días.Y de nuevo, como tantas veces, se despertará el bien y el mal y la zorra pobre volverá al portal, la zorra rica volverá rosal, y el avaro a las divisas.
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