Un borracho al inicio del gobierno de Aylwin (o del
cogobierno Aylwin-Pinochet, como parece sugerir el autor) que alguna vez fue
comandante de la resistencia, es el héroe de “Operación Cavancha” (Ceibo
Ediciones) la primera novela negra del columnista de El Desconcierto.
Por Patricio López
Este
martes 26 de agosto a las 19 horas en el Centro Montecarmelo (Bellavista 0594,
Providencia) se presentará este libro que es un homenaje a los perdedores,
borrachos y guerrilleros, tal como un acto de disidencia respecto a lo que nos
inocularon esos primeros años de la postdictadura.
¿Por
qué la primera novela recién ahora, a los 58, si el escritor estaba mucho
antes?
Que
sepa, no hay una edad estándar para meterse en líos. Pero también es cierto que
el escritor estaba a la espera de llegar a la parte alta de su adolescencia
para ser coherente con su decisión de pasar desde ella a la tercera edad, non
stop. Ya vemos lo que pueden hacer los adultos. Lo que pasa en el mundo no está
hecho ni por ancianos ni por jóvenes. Así, mientras hacía columnas y artículos
contra todo lo que se mueva y huela a canalla, caí en cuenta de que cada uno de
los temas que utilizaba para tirar como el francotirador que creo ser, daba
para una historia. Nada como escribir novelas de aquello que sale en la prensa.
Pero la verdad, pensándolo bien, es que siempre he escrito, pero caí en
cuenta que a esta edad se administra con mayor soltura el sentido del ridículo
que predomina en la gente tímida.
La
novela está ambientada en el inicio de la transición, en lo que representa el
eje Pinochet – Aylwin? ¿Por qué te interesa situarte en ese momento histórico?
Porque
si no la cuestión no funciona. Fue en ese instante de la historia cuando se
pudrió todo. Y fue también cuando los políticos perdieron de vista los archivos
de la dictadura. ¿Alguien tiene alguna remota idea de cuánto material, medido
en toneladas habrá ahí? ¿Alguien cree que de verdad fue destruido tal como lo
informaron en un escueto comunicado los milicos? Bueno pues, perdamos por un
segundo la inocencia y asumamos que esos archivos están en este segundo que
hablamos, en algún lado. Sin ir más lejos, hace pocos días se supo del archivo
que tenía la Colonia Dignidad. ¡Todavía existe!! ¿Y me va a decir algún bien
pensado y mejor alimentado político que el de la DINA CNI, se quemó? Por eso
creo en ese diálogo entre el dictador y el primer presidente de la
Concertación: bastó que le dijera que ya no existía y le creyó. Ese momento
histórico fue una condición necesaria para llegar al Chile que tenemos en este
segundo. Y aunque sea por medio de la ficción, intento modestamente una manera
de decir lo que no se dijo. Escribir tonteras también puede ser una manera de
resistir. ¿Por qué no?
Las
verdades oficiales en la narración, incluidas las de la izquierda, son
permanentemente sorprendidas por emboscadas retóricas y de contenido ¿Qué son
para ti las verdades oficiales y cómo se enfrentan?
Las verdades oficiales son mentiras cubiertas de
chocolate con burudanga, aquella droga que te hace perder la voluntad. Te la
inoculan y al otro día amaneces violado.
Las
verdades oficiales son mentiras cubiertas de chocolate con burudanga, aquella
droga que te hace perder la voluntad. Te la inoculan y al otro día amaneces
violado. De otra manera no se explica el estado de sonambulismo en que vive una
gran parte de la población. Cada día me ataca la misma pregunta: ¿cómo cresta
la gente cree en lo que se dice? Y, en vez de afectarme el ánimo con una rabia
brutal, prefiero reírme del prodigio. Pocas cosas tan graciosas como las
noticias de las nueve. Por eso creo que el buen humor, los amigos, un asado,
una junta para tomarse un par de botellas de vino, son también maneras de
combatir las verdades oficiales. ¡En esas trincheras, compañero, lucharemos
hasta el último Cabernet Souvignon…!! Y hagan lo que hagan, no les vamos a
creer. Y mientras podamos, utilizando el lenguaje más directo y brutal, diremos
las coas tal cual son. Jamás nos olvidaremos que el que dice la verdad, no
miente, pero tampoco que reírse de lo establecido es una manera de subversión
que mejora hasta el pelo.
¿Cuántos
personajes eres tú? ¿El ex combatiente, que a su vez es el borracho? ¿El
observador de los diálogos palaciegos? ¿Cuánto de ti hay en los personajes del
libro?
Para
mí, aunque se crea que lo que voy a decir es una pedantearía, me resulta fácil
escribir estas historias. De hecho, ésta es la primera de una saga de tres
novelas, con los mismos borrachines de pasados gloriosos que insisten en
meterse en líos como una manera de demostrarse a sí mismos que lo que hubo fue
cierto, y que no es propio negar que hubo una dictadura. Y lo mejor es que lo
hacen cagados de la risa. Es que ni siquiera tengo que inventar personajes:
cada uno de los que intento describir y hacer funcionar en esta novela, tienen
un correlato en un camarada real de carne, hueso y vino. Y con cada uno de esos
vivimos historias muy parecidas a lo que sucede y se sueña en esta novela.
Comimos juntos, cagamos juntos, nos hicimos combatientes juntos, y si esas
conductas vividas uno junto a otro, en la intimidad que generan esas cosas, no
te hermana a alguien, entonces de qué hablamos. Se puede suponer entonces que
en los personajes hay mucho de uno mismo, porque uno es parte de esos hermanos
míos, que, ojo, quedaron a la deriva. Una arista que intento explorar en esta
historia es esa: la gente que combatió y que hoy son sombras que deben jurar de
guata que sí existió una dictadura y que ellos mismos usaron armas para
combatirlas. De aquí a poco más una confesión así, será mal vista. Y sí. Uno es
también un poco como los personajes, y a la vez no es ninguno. Pero podría ser
todos.
El
alcohol en la novela es decadencia pero también es refugio, bálsamo, compañía
¿Qué tiene la borrachera que no da estar bueno y sano?
Muchos
camaradas que tuve durante los días de la dictadura, cayeron abatidos por el
alcohol y sus efectos secundarios. No se la pudieron. Pero por sobre todo no se
la pudieron con la sensación de fracaso, más que de la derrota. Desde la
derrota se puede volver a combatir. El fracaso es adictivo: una vez que se le
tomó el olor, no hay caso: no saldrás de ahí. Por eso el alcohol, por extensión
los amigos, los bares, las reuniones, son un espacio que ayuda a resistir
porque puedes reírte de todo, y burlarte de lo que te dé la gana. No es
necesario tener las cotizaciones al día para el efecto de recuperar pequeños
espacios felices. Sobre todo si quedaste gareteado, como un ángel sin religión.
Entonces ese estado que permite un buen vino, cierta frescura y cierta
iluminación, te ofrece por un rato un espacio libre de ataduras y contraseñas.
Y todo lo que pase por esas mesas risueñas, refugio de iconoclastas, rebeldes,
malhablados, y que por sobre todo no creen en casi nada, es quizás la última
frontera de la lucidez, mientras no se invente nada más extravagante. Luego de
esas tertulias con esos herejes que son mis amigos, las ganas de escribir
aumentan exponencialmente.
Como
en los cuentos que se te han publicado, aquí el perdedor es el héroe ¿Por qué
te interesa tanto el mundo de la derrota?
La
derrota es poderosa y democrática. Doble contra sencillo: cuando se gana, ganan
los de siempre. Cuando se pierde, pierde el mismo gilerío que lo viene haciendo
desde los tiempos de Espartaco. Tengo una fascinación por la derrota, en
especial la que se manifiesta en la vida diaria del pobre. Cuando uno es pobre,
y no tiene para donde endilgar el alma, eso que ve en el horizonte se llama
derrota. Y, como decíamos, de la derrota se puede salir. Sería cosa no más de
tomar decisiones y perderle, por sobre todo, el miedo a morir. Y cuando se
conjuga esa decisión y si se es capaz de administrar de la mejor manera el odio
propio del pobre, los derrotados podrían alguna vez triunfar por sobre los
poderosos que tienen, entre otras cosas, al mundo al borde de la locura. Mi
mundo de la infancia fue uno de derrotados. Y de ese mundo en que viví y que
también hoy mismo existe aquí, a tiro de piedra, no se habla mucho. ¿Quieres
ver derrota, miseria y desesperanza financiada por el Estado a cinco minutos de
La Moneda? Ve a la Penitenciaría. Y verás que esa casa la llena un 93 por
ciento de ladrones, es decir, de gente que quiso tomar lo que no era suyo.
Genuinos presos políticos contemporáneos. Y pregúntele a cualquier choro de
esos que viven ahí, si de haber tenido la posibilidad de elegir su vida, habría
elegida esa. Ni uno. Bueno, es de prever que de ese mundo, hay muchas cosas que
contar.
El
libro reivindica a un ex guerrillero, pero muestra que, tal como en el libro
Los Fusileros de Cristóbal Peña, no fueron ellos los que ocuparon un lugar de
acomodamiento en la post-dictadura ¿Por qué volver la mirada hacia ese mundo?
De
molestoso no más. De resentido. Por lo gracioso que, por lo menos para mí, tiene
imaginarse cosas como por ejemplo: ¿qué habría pasado si de verdad se recuperan
los archivos de la DINA CNI, y efectivamente salen a relucir las cadenas y
redes de informantes que coparon las organizaciones políticas y sociales, los
medios de comunicación y las poderes del Estado, de los Tribunales de Justicia
y las centrales de trabajadores? ¿Cuántos jubilosos miembros de los
últimos cinco gobiernos, podrían haber aparecido en esos archivos? Esta novela,
como las otras que he escrito, es, por lo menos el intento de reírse de aquello
que no fue, pero que pudo haber sido, pero por sobre todo, de lo que es. Y una
manera también de decir que mientras los que pusieron el mayor costo en vidas
humanas, en sacrificios, en sufrimiento y sobre todo en el miedo cotidiano, no
sean capaces de vengarse de los canallas de siempre, a lo menos les quede la
opción de leer novelitas en donde sí ganaron. Aunque sea en 257 páginas.
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