El Ministro del Interior como buen neo derechista, tiene el convencimiento que la delincuencia se ataca dotando a los organismos de inteligencia de más y mejores condiciones y medios.
Como buen
poderoso que entrena sus primeras armas represivas, cree que la delincuencia es
un problema técnico, una especie de externalidad que afecta su modelo y que hay
que enfrentarlo con más recursos para las policías, y para los servicios de inteligencia. Una especie de pediculosis
capitis rebelde a la que hay que atacar con algo más fuerte que la cuasia.
No hay
poderoso que no crea que la delincuencia es un problema de las policías.
Mezcladas en partes iguales, ignorancia, prejuicio y prepotencia, intentan convencer
a quien oiga que todo se resuelve con mano y leyes duras. Como si se pudiera
probar que en alguna parte del mundo, esta receta, propia de fachos encubiertos
o no, haya dado algún resultado alguna vez.
Para quien
entienda la delincuencia como una opción tomada, a conciencia pura, por irresponsables que se dedican a robar por
gusto y gana, todo lo resuelve una buena policía que atrape, una buena ley que
juzgue y una buena cárcel que encierre.
Ni
hablar de las condiciones que permiten que niños que sexto básico ya anden con
una nueve milímetros, trafiquen lo que venga, roben en donde se dé la mano y
que les de lo mismo caer o no caer presos. Y que ya a esa altura de sus vidas,
trenzarse a tiros, incluso recibir su balazo, sea algo bien visto por el medio.
El
Presidente de la Corte Suprema, con mucho más sentido de lo real que el
aspirante a poderoso Ministro del Interior, afirma lo obvio: la delincuencia es
un problema del ámbito de la política más que de lo técnico. Y concluye lo que
sabe hasta el más inadvertido con algo de sentido común: “La
delincuencia sólo es un fenómeno que surge a raíz de las desigualdades en la sociedad imperantes y que no atendemos"
La delincuencia, tal como la conocemos, sus formas, sus
técnicas, métodos y objetivos, es una dilectísima hija de la Concertación. No
reconocida, es cierto, pero el desconocimiento filial no le quita el sello que
es posible rastrear en sus huellas genéticas inmodificables.
La delincuencia es ante todo, producto de la política
utilizada por el neoliberalismo. En los hechos, el que roba entrega su opinión
política a su manera, y exige a quienes le dieron la vida, el derecho y el
espacio que le niegan y que parece ser sólo para sus hijos reconocidos y preferidos:
los que roban por otros medios, todos los días, a cada rato, en todos lados.
La Concertación hizo un esfuerzo mayúsculo para crear guetos
inexpugnables en los cuales se reproduzca la pobreza sin afear paisajes destinados
a los ricos, y bien lejos del fino olfato de los poderosos.
Así, limpió gran parte de los bolsones miserables de las
comunas ricas, y luego, despachó a decenas de miles de familias pobres a rancheríos
en las márgenes de las comunas más apartadas de la ciudad, creando guetos con
habitaciones de tres por tres, donde el Estado abandonó su rol por completo.
También la Concertación creó una educación para los efectos
de hacer saber su preocupación por la población más vulnerable, que es como se
comenzó a llamar a los que antes eran simplemente pobres.
Los colegios municipales pasaron a ser lugares en los cuales
los profesores intentan por todos los medios salvar a los niños, la mayoría
prioritario como la eufemística concertacionista se refiere a los aún más
pobres, del futuro inevitable que los espera en la puerta de esas escuelas
misérrimas.
La Concertación, por su sensibilidad compañera, también articuló
una red de salud para esos habitantes. Consultorios inmundos, abarrotados,
miserables; hospitales sin médicos, sin ambulancias, sin especialistas, sin medicinas:
un cascaron vacío y frío, un edificio al que acuden los que van a morir y que
saludan.
Y para completar su vocación popular, creó un sistema de
locomoción colectiva que contribuye a templar los espíritus en travesías de
espanto, en armatostes destartalados por donde se cuela el frío y el agua en los inviernos y en
los cuales afirmarse de alguna parte ya es un esfuerzo importante. Baste decir
que los animales, por ley, viajan más holgados cuando van al matadero: un metro
cuadrado por cada quinientos kilos de peso.
De tarde en tarde la televisión se solaza mostrando
preadolescentes capturados por sus andanzas de mecheo, monra, lanzazo, asalto y
una que otra especialidad novedosa. A partir de ese hecho se pone en marcha el
tiovivo comunicacional en que hablan los mismos zánganos inútiles, diciendo las
mismas palabras inútiles, y se producen las mismas e inútiles acusaciones
cruzadas, y se prometen los mismos proyectos de leyes inútiles que, finalmente,
no van a resolver nada.
Y de todo eso, lo que queda, son los comentarios acerca del
perfecto corte del terno del Ministro.
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