Cuando supo que su condena era a veinte años
exactos, comenzó su obsesión por alzarse del suelo mediante extravagantes
ejercicios de concentración. Dedicó sus mejores años a su esfuerzo. Sus compañeros lo miraban con una lástima gastada
y solidaria cuando volvía a su celda sin haberse despegado ni un milímetro del
suelo. Un día de agosto del año de su libertad, una cerrada descarga de fusilería sonó segundos
antes que cayera en el centro del patio principal del presidio con un estruendo
seco. La discusión que siguió, fue a qué altura volaba cuando fue derribado por
la precisión de los tiradores.
(Microrelato finalista III Premio Internacional de Microrelatos. Museo de la palabra. España, 2013)
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