I
Por
razones misteriosas uno se va imponiendo costumbres absurdas que nunca más se
las puede sacar de encima, amarrándose a sortilegios nacidos de la nada,
asociados arbitrariamente a la buena o mala suerte. Habrá sido así en los principios de la
religión. Una costumbre nacida sin pensar, repetida por inercia y luego, con la maceración de los
años, de los siglos, se transforma en un organismo rector de conductas, que
dictaminan el hacer y el pensar. En mi caso, fue el miedo: de no haber volado
nunca en un avión, jamás habría tenido la inútil costumbre de mentar la madre
de la nave a la que abordo, no bien pongo un pie en ella. De existir, el
sentido común orientaría lo que corresponde: esperar rendido a lo que venga, a que
no fallen los instrumentos, y que fuselaje y trenes de aterrizaje cumplan con
las expectativa de los pilotos y que, finalmente, el buen tiempo acompañe a la
nave a cruzar las nubes, elevarse a altura de crucero y llegar sanos y salvos
al próximo aeropuerto. Allá ellos, los creyentes, si refuerzan estas esperanzas
con rezos y ave marías. Pero no. Mi cabeza, que a veces se manda sola, me
repite hazlo, hazlo, hazlo. Aquella remota vez fue el miedo a la altura, a lo
desconocido, a la posibilidad de caer desde diez mil metros de altura sin saber
qué se hace en esos casos. Y se expresó en una palabra de grueso calibre, que
no sería propio reproducir en esta oportunidad, al momento de abordar. Una
tontera por donde se le mire. El aeropuerto de Lima estaba atestado de policías
de todos los colores. Es posible que mi pasaporte haya sido falso, pero los
controles no tan rigurosos de los policías más preocupados de fumar y reírse a
grandes carcajadas en el ámbito modesto del aeropuerto, me permitieron entrar
sin problemas. Habrá ayudado mi facha de turista inadvertido. Desde entonces, nunca
más pude sacarme de la cabeza tan imbécil costumbre. E innecesaria, como quedó
demostrado el día en que volé entre Madrid y París. Como es esperable con un
latino, un sudaca culpable a priori, los policías españoles revisaron todos mis
documentos tomándose para tan encomiable labor el tiempo que quisieron,
haciendo caso omiso a mis desesperados ruegos. Esa demora y el trecho entre un
terminal y otro, me hicieron llegar a la carrera a la puerta de embarque cuando
ya cerraban la manga de acceso. Subí como una tromba al avión me senté
rápidamente urgido por la sobrecargo y, por supuesto, se me olvidó la cábala.
Por primera vez olvidaba una costumbre que me había dado resultados en los
innumerables viajes en avión que tuve después de aquella remota tarde en que
volé a una Lima con la bruma de siempre, desde un Santiago hundido en una nube
gris. Y no pasó nada.
II
Las
leyes que uno se inventa, con más sentido que las otras, tienen la gracia de
quedar expuestas a la voluntad de su creador, el que puede cambiar su espíritu
y su letra según su conveniencia, sin necesidad de mayorías parlamentarias o
golpes de estado. En mi caso, tomo la preocupación de no comentar con mis
camaradas tal costumbre propia de fetichistas o creyentes. Podría ser parte de
la compartimentación necesaria entre conspiradores, pero yo sé que es pudor. Es
como tener religión. En alguna parte, el materialismo dialéctico describe estas
costumbres idealistas, paganas o religiosas. Pero también hay cosas que no hago cuando llueve.
Debo decir de la fascinación que produce el agua en un sureño como yo. El que conozca
el sur de nuestro paisito y sus largos días de invierno, sabe qué quiero decir.
Cuando niños, con mi hermana salíamos a gritar bajo la lluvia no bien se
declaraban esos diluvios, sin importar si hacía frío y nos mojábamos hasta el
alma. El aroma maravilloso de la tierra acribillada por el aguacero, el pasto
más verde y doblado bajo el temporal, las pequeñas flores de invierno que
tapizaban las suaves lomas del campo, la subida de los pequeños riachuelos que
dejaban sumergidos los senderos, el revuelo de las aves y el olor penetrante de
los animales encerrados en sus corrales, nos excitaba los sentidos, generándonos
una energía desconocida. Después, la lumbre del brasero, la ropa seca y la
leche tibia. Y la canción del agua que nos seguía desde los techos de lata de
la casa. En esas mañanas de campo, no
había más que salir con lluvia si se quería ir a la escuela. Dos piedras
calentadas en el brasero, a la temperatura adecuada, servían para entibiar las
manos que el agua se esmeraba en enfriar. Íbamos a pie descalzo sintiendo la caricia del verdor
en las plantas de los pies y la sensual textura del barro. Los zapatos,
envueltos en una bolsa plástica, se llevaban en las manos para no dañarlos.
Llegábamos a la escuela una hora después empapados, el agua chorreando por la
cabeza y la ropa. Comenzábamos a humear de vapor al acercarnos a la chimenea
que encendían los profesores muy temprano en la mañana. Ensopados aún, la fila
de niños con jarros de porcelana en las manos, recibíamos una porción de harina
tostada y leche caliente. Por cada lado del patio de la escuela había un cerco
de membrillos de flores blancas, las que nos comíamos no bien aparecían. Cuando
salíamos de la escuela, entrada la tarde, la lluvia aún estaba ahí y ahí seguía
muchas horas después cuando nos sentábamos alrededor del brasero ardiendo y nos
cambiábamos de ropa. Frente a la casa, cruzando un potrero y un pequeño arroyo de aguas cristalinas,
estaban las líneas del ferrocarril. Desde lejos, sabíamos la hora del día por
la frecuencia de los trenes con sus penachos de humo azul. Cada cuatro horas
pasaba uno en alguno de los sentidos. Desde la casa podíamos ver cuando el tren
llegaba a la estación, entonces partíamos en una frenética carrera para llegar
a la línea antes que pasara. Nos ubicábamos lo más cerca que podíamos de las
vías de acero y dejábamos pasar la locomotora a vapor bufando a nuestro lado. Eran
sólo unos segundos de ese temblor caliente y poderoso, cuyo misterio se nos
quedó en la memoria, como un
estremecimiento que se mantenía por varios minutos en nuestros estómagos. Esa vibración
única que desprendía de su fuerza monumental el tren, me producía un sobresalto
muy parecido a lo que después encontré en el sexo. Pero cuando llovía no íbamos
a la línea del tren. Traía mala suerte, según nosotros. Por eso hay cosas que
no hago cuando llueve. Aunque ahora se trata de algo un poco más serio que ir a
ver pasar el tren. Se trata de asaltar un banco y, mala cosa, parece que va a llover.
III
Aparece
el automóvil conducido por mi chofer doblando por la calle Rosas desde Avenida
Brasil hacia el poniente y me hace un cambio de luces que, visto por alguien
que pasa por la calle, no significa nada. Visto por mí, significa todo está en
orden. Pienso que es 16 de abril y que son la siete de la mañana, y que hay por
delante un día largo y peligroso. En minutos me pongo al día de la situación
operativa. Mi chofer, mi ayudante más cercano, tiene una manera que le
agradezco para informar. No ocupa sino las palabras necesarias para referirse
al acuartelamiento, el repaso de la operación, la contención, el grupo de
asalto, el recambio de vehículos, las eventuales casas de seguridad, posta de
sanidad, el enmascaramiento de los medios, el manto y leyenda de combatientes y
cómo será la retirada. Todo bien, me agrega, para finalizar. Observo su tercer
cigarrillo. No hay guerrillero que no fume, pienso. Sospecho que oculta el
hambre de la mañana en esos tres cigarrillos. Cojea un poco al andar y eso,
lejos de constituir una traba para las labores de la conspiración, le ha
significado una garantía. No han sido pocas las veces que ha sorteado con éxito
un cerco policial, escondido en su cojera, exagerada en el grado preciso para
despertar, sino la compasión, el franco desprecio de la policía. Cómo podría un
cojo andar en estas cosas propias de gente, comillas, normal. Su drama, me lo
ha contado por capítulos en las largas horas del acuartelamiento, han sido las
mujeres. Por eso aún se mantiene soltero resolviendo de vez en cuando el
llamado de la carne, con una compañera que cuyo oficio en el centro de la
ciudad le permite, por precios módicos,
un servicio inestimable. Y que además, sabe guardar secretos. A veces pienso
que le gustan los hombres, pero, debo advertir, nunca he sentido que respecto
de mí, su jefe directo, haya tenido siquiera una mirada de cosa rara. Es sólo
cosa de olfato, nada más. Por lo demás, arbitrario y por lo mismo, injusto. Yo
llevo cuatro cigarrillos y recuerdo que no comeremos en todo el día y quizás en
toda la noche según salga la operación. Quizás nunca más nos sea necesario,
piensa mi cabeza mandándose sola, una vez más. El hambre de un día garantiza
que una herida en el estómago no se infectará tan rápido y eso ya es algo. La
dificultad es como garantizar que los compañeros respeten la usanza del hambre
para evitar septicemias, si ahora que llegamos a la casa de seguridad, observo
migas sospechosas en el labio inferior del que nos abre el portón. Empanadas de
horno, pienso después de rastrear el aire con mi olfato. Debe ser el
nerviosismo del apresto, me sigo diciendo, mientras el aroma familiar de las
empanadas, me genera una salivación incómoda. Y me recuerdo de ella, de su
olor.
IV
Pan
tostado con mucha mantequilla, yogurt, y café con leche, dos de café y tres de
azúcar, si tuviera una flor, la pongo en la bandeja que le llevo desde la
pequeña cocina sin ventanas, hasta la cama. Pero sólo tengo una rosa roja
solitaria, la del pañuelo de seda que se puede ver en el alto respaldo de esa
cama solidaria. Primera noche que pasamos juntos después de doce, catorce,
dieciséis meses, no recuerdo. Hemos hecho el amor y conversado sin dormir toda
la noche. Esto no va a durar mucho, me dice. Se refiere a la dictadura, y yo le
digo sí, con cero convicción. Debes terminar la carrera, le digo para sacarla
de sus pensamientos. Sí, me dice con un entusiasmo repentino. Después, terminas
tú la tuya, me agrega. No le digo nada y la beso y volvemos a hacer el amor.
Esta forma de verse de vez en cuando tiene su parte buena y su parte mala. La
mala es lo que queda después del adiós, de la despedida y la salida con los
ojos cerrados con lentes oscuros que no dejan ver dónde estuviste, en qué lugar
hiciste el amor con tu compañera, hasta donde te llevaron los compañeros para
ese encuentro fantástico, romántico, clandestino. No sabes dónde queda, ni de
quién es esa casa, cómo es el barrio, no hay sonidos y entra apenas la claridad
del día por una ventana pintada de blanco para evitar la observación hacia
adentro y hacia fuera. Los compañeros te traen con la prohibición de siquiera
sospechar la ubicación de lo que será tu nido de amor por veinticuatro horas. Con
lentes oscuros y audífonos en los oídos, sales después de despedirte de tu
compañera nadie sabe hasta cuando. Pocos se atreven a hacer lo que tú haces,
dice y no me atrevo a interrumpirla. Alguna vez tendremos un hijo, agrega, no,
corrige, mejor una hija que se llame Sara y será hermosa y cuando ya pueda
entender le contaremos toda la historia de este tiempo. Nadie nos podrá
separar, me sigue diciendo, estos desayunos serán siempre, este amor será para
siempre, prometido ante la rosa roja del pañuelo y me besa largamente, y me
abraza. Debes cuidarte, la cosa se ha puesto peor, tú sabes mejor que yo, los
compañeros lo dicen, en la universidad lo sentimos todos los días, termina
diciéndome. No hay forma de convencerla de que me cuido, por ella, por la Sara de después de la
dictadura. Por qué no la hacemos desde ya, insisto un poco. No seas
irresponsable, me reprende. No, no lo soy, susurro y meto la cabeza debajo de
mi polera gris que usa de pijamas en los paréntesis del amor, le sigo diciendo
lo mismo cuando atravieso sus pechos camino al más allá de su sexo, continúo
con una letanía inaudible cuando ella toma mi cabeza y la hunde con la presión
precisa, en la fuente del aroma que sale de su cuerpo y retomamos el amor en
donde lo dejamos hace una hora y nos vence después la manera de caer
revoloteando en ese cansancio que adormece. Esta es la parte buena.
V
Nos
quedamos atrapados en un silencio ancho. Nos vence un dulce sueño, y por unos
minutos aprovechamos la calma que viene desde afuera, la que disfrutamos nosotros
aquí adentro, escondidos de todos, como amantes fogosos en una aventura
peligrosa y excitante. Doblemente clandestina. Por la ventana clausurada para
la luz del día, entra un murmullo indefinible montado en una densidad difusa.
Puede ser la tarde o la mañana. Hay un momento en que no se sabe si es uno u
otro. Hay momentos en que no se distingue la verdad de la mentira. O la vida de
la muerte. Eres único, me dice al sospechar que he despertado, todo lo que
quiero en un hombre lo tienes tú, continúa despertando, desatándose del sopor
dulce del amor. Tú eres única, le respondo desde el mismo torbellino que ya no
gira. La beso largamente, acaricio sus senos y su vientre y me rasca dulcemente
la cabeza, desordenando mi pelo. La niña se llamará Sara y se parecerá a mí, a
ti, a mi madre, a la tuya. Tú crees que les ganemos, la pregunta viene después
de otro largo silencio, las manos tomadas, el dedo pulgar de mi mano derecha
acariciando lentamente el dorso de su mano izquierda. Se pone el pañuelo de la
rosa roja sobre su cara, el que compré en Praga y me traje escondido, el que
usará siempre, el que llevará anudado a su cuello el día del triunfo, el que
usará en las visitas de la cárcel los sábados, o con el que cubrirá su cabeza
en el cementerio si caigo. Les ganaremos, le respondo sin mirarla y sin creer en
lo que digo. Les vamos a ganar, repite y después tendremos a la Sara y terminarás la carrera.
Si, y terminaré la carrera, le digo y siento sus sollozos que vienen desde
debajo de la rosa roja de su pañuelo.
VI
En
adelante nadie se enferma, nadie se excusa, nadie pregunta. Dobla en la esquina y
estaciónate donde ya sabes, le ordeno a mi chofer, busca el teléfono público y
espera mi señal, le repito sin necesidad. Ya estamos operando y sentimos el
sudor de las manos, la tensión en la espalda, el pelo erizado en la nuca y la desaparición,
como un milagro, del hambre que hemos tenido todo el día. El olor que sentimos
es el miedo. Las órdenes se acatan con precisión, nadie tiene dudas. Desde mi
posición, dentro del auto, veo a Dos y Tres en el escaño del parque, Cuatro y
Cinco en el quiosco de la esquina contraria,
Seis, a media cuadra, que caminará hacia el objetivo una vez que yo dé
la señal, Siete lo mismo desde el otro lado de la calle, por el mismo lado,
Ocho entrará al objetivo. La misión no es sólo
recuperar dinero, sino hacerlo de manera que los diarios digan cómo hacemos las
cosas: sin heridos, sin disparos, sin muertos, tratando bien a todo el mundo,
incluso a los guardias, entregando panfletos que explican por qué hacemos lo
que hacemos. Estoy a punto de dar la señal hacia el teléfono público, Dos
espera, Tres fuma, a pesar de la prohibición de hacerlo. Está nervioso, Tres.
Debe ser el hambre, doce horas sin comer. Repaso: armamento, salidas,
repliegue, contención, casa de seguridad, vehículo de recambio, puesto médico,
punto de control, recoger la
recuperación, la gente y controlar el cambio de ropas. Y ella. El olor de su
sexo, su pelo, la manera de hacer el amor, ese suspiro entrecortado que exhala
un segundo antes de dejarse caer en el éxtasis irrepetible del amor. Cuatro y
Cinco en la esquina opuesta al objetivo, Seis, cerca de la esquina, lo veo
claro. Ocho llegando casi a la puerta misma del Banco, Siete a treinta metros.
Doblando la esquina, supongo, porque no lo veo, debe venir caminando, Nueve.
Pienso que la amo.
VII
Dirigía
el ilegal Centro de Alumnos de Obstetricia. La peña que organizaron se hizo en
un pequeño sucucho en el subterráneo de la Escuela de Medicina. Los panfletos invitando,
pegados por la facultad, se sobreponían a otros tantos que promovían
actividades parecidas, fiestas varias, y pasquines contrarios a la dictadura.
Se vendió vino navegado y empanadas fritas. La música de los setenta y las
canciones de la trova se dejaban oír por todo el campus, estimuladas por el
vino caliente y el fervor anti dictadura que había en el estudiantado que se
arriesgaba a esas iniciativas. Ella fue la última que habló para agradecer la
presencia de todos e invitando a las próximas actividades que se organizarían. Me
gustaba su manera de hablar en los mitines, su pelo color de miel que le bajaba
en ondas sensuales por los hombros, su pañuelo palestino cubriendo su cara y
boca de los gases lacrimógenos, su parka verde oliva, sus botines de reno y
suela crepé. La policía entró a la facultad en el momento en que terminábamos
la peña que misteriosamente derivó en la asamblea que decidió la huelga
indefinida. Yo dirigí la defensa del edificio y alcanzamos a durar tres horas
de fiera resistencia antes que las fuerzas especiales derribaran la última
barricada. Cuando ya no pudimos más, debimos abandonar nuestra posición. Comenzó
el allanamiento y las escuadras verdes arrasaron con todo lo que se cruzaba a
su paso. La policía reunió a los estudiantes que capturaron en el centro del
edificio con las manos en la nuca y los subieron en parejas en los camiones que
se los llevarían. La perdí en la defensa de la entrada. La busqué con la vista al
final de la batalla, sin suerte. Decidí no caer preso y me oculté bajo una
escalera en el oscuro pasillo del segundo subterráneo. Desde mi refugio pude escuchar
las brutales pisadas de las botas y las órdenes neuróticas de los oficiales que
dirigían la razzia. Esperé una eternidad hasta que los gritos y llantos se
extinguieron de a poco. Sólo quedó el miedo flotando sin peso, acechando en la
oscuridad. El silencio lo cubría todo y hacía más espesa la noche. Decidí
esperar por temor a ser descubierto por algún policía de guardia. De pronto un
sonido me crispó los nervios y aumentó el dolor de mis piernas recogidas por mi
posición fetal. Eran pasos lentos y livianos, que crujían cada vez que se
posaban en las baldosas gastadas del largo pasillo del subterráneo. Supe que no
eran de la policía y supe que era mujer y que estaría con tanto miedo como el
que yo tenía. Se acercaba al lugar que yo ocupada debajo de una escalera en
desuso. Pensé en su miedo y en el mío.
Sentí que se aproximaba, un paso, después de un segundo otro, afirmada en la
muralla oscura del subterráneo. Sentí la respiración acelerada y dispareja del
miedo. Y una especie de ruego que salía quedamente de una voz de mujer. Hola,
dije y mi voz tuvo el efecto de reproducirse innumerables veces en el pasillo y
de detener las pisadas y la respiración de la persona que ya estaba a dos
metros de mi refugio.
VIII
Parecen
malos, pero son hombres que sueñan. Que hacen planes, que no piensan en la
muerte. Que no reconocen el miedo que han sentido siempre, que sienten ahora. Cagarme
de la risa un mes exacto, dijo Ocho la vez que conversamos, antes de la
instrucción de táctica. Reírse y pegarse una tranca infinita, era lo que iba a
hacer una vez que entráramos victoriosos en La Moneda. Fue un ataque
de espontánea sinceridad sobre el qué vamos a hacer una vez que caiga la
dictadura. Siete, volver al campo y criar a su hijo, ordeñar las vacas en la
mañana, hacer quesos todo el año, prietas en invierno y mote en verano. Seis,
terminar la carrera, jugar a la pelota, ganarse un premio en un concurso literario
y poner un restaurante en el que pondrá una mesa especial para los ex
combatientes. Terminar medicina, casarme con la Enfermera Obstetra,
comprarme una casa en Maipú, criar, malcriar a la Sara, hacer asados los
sábados y contar historias de la dictadura, de las operaciones, de los que
cayeron. Dije yo.
IX
¿Serán
las cosas como las decidimos o tienen vida propia y se mandan solas?
X
El
cubano me entregó un itinerario absurdo para viajar desde Europa hasta el país.
En esos casos, digo, viajar de Bélgica, el centro de Europa, a Latinoamérica,
la idea sería buscar una manera directa, la distancia mas corta entre dos
puntos es una línea recta, pero el cubano que me despachó sabía, yo también,
que las leyes de la conspiración no tienen que ver con la geometría. Se va esta
noche por tren a Ámsterdam y por avión al otro día a Madrid, sin salir del aeropuerto
se embarca a Sao Paulo y dos días después, por Bus a Buenos Aires. Una semana
de tangos y chorizos y viaja hasta
Mendoza. El paso hacia Chile lo hace en el primer bus de la mañana. Se ha
comprado jeans, zapatillas, ropa nueva y ha botado todo lo que pudo haber usado
en la isla. O que le hayan regalado en Praga, en Moscú o en La Habana, terminó sus
instrucciones el cubano, con un dejo de cariño en sus palabras. No le digo que
llevo en el forro de la chaqueta un pañuelo comprado a una gitana en la avenida
Wenceslao, de Praga.
XI
La
cabeza se manda sola especialmente cuando tenemos que cruzar fronteras, en
donde hay policías y personajes misteriosos y funestos que a uno lo miran y
quisieran saber en qué anda por ahí. La cabeza, por lo menos la mía, se manda
sola en esas, y otras parecidas circunstancias. Lo que le estoy pasando ahora
por la ventanilla al policía español que me mira con desprecio, es un pasaporte
falso. Mi cabeza repite falso, falso, falso. Y, a continuación, mi nombre, el
verdadero. El policía está mirando mi pasaporte y mi cabeza repite mi nombre,
mi nombre, mi nombre. Cuánto falta para que, sin querer, lo diga en voz alta,
con los ojos fijos en esa gorra extraña de policía, mi nombre verdadero. O
decirle, llevo un pañuelo de seda en mi chaqueta en el bolsillo superior
izquierdo interior. Va doblado en varios pliegues y tiene una rosa roja, sólo
una rosa roja, en un fondo negro y tiene ribetes verde esmeralda. Lo compré en
Praga a una gitana rusa que los vendía clandestinamente escondidos en un
canasto. Esos pañuelos son típicos rusos, con hartas flores. Este sólo tiene
una sola flor roja, una enorme rosa roja. Es único, para la mujer única. Para
la mamá de la Sara
de después de la dictadura. Un pañuelo de seda, un rectángulo de casi nulo
espesor, el que puedo ocultar sin despertar sospechas. Para cuando nos
corresponda, pondré el pañuelo en el respaldo de la cama en la que haremos el
amor.
XII
Cuatro
y Cinco son milicos, milicos-milicos. Hay que armar el nuevo ejército,
compañero, la seguridad del estado, la guardia de La Moneda, las milicias, se
necesita gente de confianza, preparada, con experiencia en combate. Los dos,
comillas, no sé, vienen de Tres y Nueve. Legítimo no saber. Quién puede saber
qué va a pasar al otro día, a la otra semana, al otro mes, al otro año, después
que caiga la dictadura. Quién puede saber lo que va a pasar, ahora que mi
chofer está llegando al teléfono público.
XIII
Antes
que gritara de espanto o que se desmayara de miedo, la tomé suavemente por los
hombros y la abracé diciéndole al oído quien era. Temí que le diera un paro respiratorio.
Soy yo, le repetí sin comprender que en aquella oscuridad no se podía ver nada.
Le dije varias veces mi nombre y de a poco disipó el miedo que la tenía
temblando. Están allanando, me dijo en un susurro, una vez que consiguió un
ritmo normal en su respiración. Sí le dije, debemos quedarnos aquí si no
queremos caer presos. Sentía su aliento caliente sobre mi cara, muy cerca de la
suya. Cayó mucha gente me dijo, en otro susurro, pero yo no le respondí nada,
atento más a mi mano que le sostenía la cintura, que a lo que me decía. Se
quedó quieta una eternidad mientras yo, incómodo, trataba de que mi mano pasara
inadvertida debajo de su parka verde oliva, sobre su húmeda blusa. Sólo se escuchaba
su respiración superpuesta a la mía en un ritmo tranquilo. Nos quedamos
escuchando algún sonido. Nada. Sólo un murmullo lejano llegaba con dificultad a
ese pasillo subterráneo y oscuro en el cual estábamos escondidos de nadie
debajo de una escalera fantasmal. De pronto sentí su mano presionar sobre la
mía hasta apretar suavemente su cintura. Una erección inmediata me creó una
incomodidad difícil de sobrellevar en esa postura. Inclinó levemente su cabeza
hacia atrás, rozando mi mejilla con su boca. Su cara y sus labios ardían. Las
respiraciones volvieron a tomar un ritmo desenfrenado, pero esta vez sin la policía
cerca. Era un calor que salía de alguna parte y que se concertaba en ambas
caras, en esas dos bocas acezantes, en esos ojos inservibles en el amparo
profundo de esa soledad, en esos dientes que entrechocaron sus blancuras y esos
labios que se besaron anhelantes. Me llegaba desde su cuello el olor de la barricada
y de un perfume lejano. Llevó mis manos a sus senos, zigzagueando entre sus
ropas humedecidas ya no por el miedo. Bajó sin dificultad su pantalón y sentí
la firmeza de sus caderas. Sin siquiera vernos, haciendo esfuerzos innecesarios
por controlar la agitada respiración que parecía salir del oscuro pasillo,
llegar a los patios de la facultad y salir a los patios, hicimos el amor por
primera vez. Había un silencio de humareda abandonada, mientras sentía en mis
espaldad la frialdad de las baldosas.
XIV
En
cualquier momento mi chofer levantará el auricular del teléfono y deberé dar la
señal de combate. Dos me mira tranquilo como siempre, yo lo miro tranquilo como
a veces. Hasta aquí vamos bien, a pesar de lo amenazador del cielo que ya está
bastante negro, y porque todo está en su lugar y porque estoy tranquilo y lo
que veo se puede parecer pero no ser el mismo pañuelo que ingresé, clandestino
y doblado en el forro del bolsillo superior interno izquierdo de mi chaqueta y
que tiene usos muy precisos prometidos no sólo en la noche y el día que regalan
los compañeros, en el que puedes estar íntimamente con tu compañera y hacer el
amor y hablar, y hablar, y prometerse cosas, y poner en el respaldo de la cama el
pañuelo, más que pañuelo, una bandera, un estandarte del amor que siento por
ella, del respeto que le tengo y porque haremos a la Sara y nos compraremos una
casa con patio y yo seré Médico y ella Enfermera Obstetra, sino que deberá ser
usado por ella en la victoria, la cárcel o el cementerio. Pero no aquí, a tres
metros de mi posición. Porque es único. La gitana que me lo vendió en Wenceslao,
debajo del caballo de un héroe, en Praga, sólo tenía ése con esa flor roja
solitaria con fondo negro y ribetes verde esmeralda y no tenía más que ése
porque no hay más que éste con una sola flor, todos los pañuelos, los restantes
que existen en el mundo, llevan muchas flores, pero éste es único, tiene sólo
una rosa y es el que llevas ahora delante de mí cuando cruzas la plazoleta,
segundos después que doy la orden de combate, cuando veo que Cinco, Ocho y Tres
entran al banco, en que Seis, Siete y Nueve, toman posiciones, en que yo mismo
afirmo mi pistola debajo de la chaqueta y mi chofer se ubica tres pasos detrás
de mí con la misma actitud, mientras cruzas la calle de la mano de alguien que
no soy yo, que no se me parece, que ríe cuando pasa por delante de mí, que te
besa con amor, tres pasos delante mío, al que miras con amor cuando pasas sin
verme porque te vas poniendo el pañuelo de la rosa roja solitaria en tu cabeza
de enfermera obstetra, de mamá de la
Sara, para no mojar tu pelo, porque ha comenzado a llover en
ese instante, justo cuando empiezan a sonar los tiros y yo apunto mi pistola
sin ver bien la rosa roja que tengo en la mira de mi arma por esas incómodas gotas
que comienzan a caer y pienso que no es raro que llueva en abril, y mi cabeza
que a veces se manda sola, dice dispara,
dispara, dispara.
No hay comentarios:
Publicar un comentario