martes, 5 de agosto de 2014

LLuvia en abril (cuento)


I
 Por razones misteriosas uno se va imponiendo costumbres absurdas que nunca más se las puede sacar de encima, amarrándose a sortilegios nacidos de la nada, asociados arbitrariamente a la buena o mala suerte.  Habrá sido así en los principios de la religión. Una costumbre nacida sin pensar, repetida  por inercia y luego, con la maceración de los años, de los siglos, se transforma en un organismo rector de conductas, que dictaminan el hacer y el pensar. En mi caso, fue el miedo: de no haber volado nunca en un avión, jamás habría tenido la inútil costumbre de mentar la madre de la nave a la que abordo, no bien pongo un pie en ella. De existir, el sentido común orientaría lo que corresponde: esperar rendido a lo que venga, a que no fallen los instrumentos, y que fuselaje y trenes de aterrizaje cumplan con las expectativa de los pilotos y que, finalmente, el buen tiempo acompañe a la nave a cruzar las nubes, elevarse a altura de crucero y llegar sanos y salvos al próximo aeropuerto. Allá ellos, los creyentes, si refuerzan estas esperanzas con rezos y ave marías. Pero no. Mi cabeza, que a veces se manda sola, me repite hazlo, hazlo, hazlo. Aquella remota vez fue el miedo a la altura, a lo desconocido, a la posibilidad de caer desde diez mil metros de altura sin saber qué se hace en esos casos. Y se expresó en una palabra de grueso calibre, que no sería propio reproducir en esta oportunidad, al momento de abordar. Una tontera por donde se le mire. El aeropuerto de Lima estaba atestado de policías de todos los colores. Es posible que mi pasaporte haya sido falso, pero los controles no tan rigurosos de los policías más preocupados de fumar y reírse a grandes carcajadas en el ámbito modesto del aeropuerto, me permitieron entrar sin problemas. Habrá ayudado mi facha de turista inadvertido. Desde entonces, nunca más pude sacarme de la cabeza tan imbécil costumbre. E innecesaria, como quedó demostrado el día en que volé entre Madrid y París. Como es esperable con un latino, un sudaca culpable a priori, los policías españoles revisaron todos mis documentos tomándose para tan encomiable labor el tiempo que quisieron, haciendo caso omiso a mis desesperados ruegos. Esa demora y el trecho entre un terminal y otro, me hicieron llegar a la carrera a la puerta de embarque cuando ya cerraban la manga de acceso. Subí como una tromba al avión me senté rápidamente urgido por la sobrecargo y, por supuesto, se me olvidó la cábala. Por primera vez olvidaba una costumbre que me había dado resultados en los innumerables viajes en avión que tuve después de aquella remota tarde en que volé a una Lima con la bruma de siempre, desde un Santiago hundido en una nube gris. Y no pasó nada.

II
Las leyes que uno se inventa, con más sentido que las otras, tienen la gracia de quedar expuestas a la voluntad de su creador, el que puede cambiar su espíritu y su letra según su conveniencia, sin necesidad de mayorías parlamentarias o golpes de estado. En mi caso, tomo la preocupación de no comentar con mis camaradas tal costumbre propia de fetichistas o creyentes. Podría ser parte de la compartimentación necesaria entre conspiradores, pero yo sé que es pudor. Es como tener religión. En alguna parte, el materialismo dialéctico describe estas costumbres idealistas, paganas o religiosas. Pero  también hay cosas que no hago cuando llueve. Debo decir de la fascinación que produce el agua en un sureño como yo. El que conozca el sur de nuestro paisito y sus largos días de invierno, sabe qué quiero decir. Cuando niños, con mi hermana salíamos a gritar bajo la lluvia no bien se declaraban esos diluvios, sin importar si hacía frío y nos mojábamos hasta el alma. El aroma maravilloso de la tierra acribillada por el aguacero, el pasto más verde y doblado bajo el temporal, las pequeñas flores de invierno que tapizaban las suaves lomas del campo, la subida de los pequeños riachuelos que dejaban sumergidos los senderos, el revuelo de las aves y el olor penetrante de los animales encerrados en sus corrales, nos excitaba los sentidos, generándonos una energía desconocida. Después, la lumbre del brasero, la ropa seca y la leche tibia. Y la canción del agua que nos seguía desde los techos de lata de la casa.  En esas mañanas de campo, no había más que salir con lluvia si se quería ir a la escuela. Dos piedras calentadas en el brasero, a la temperatura adecuada, servían para entibiar las manos que el agua se esmeraba en enfriar. Íbamos  a pie descalzo sintiendo la caricia del verdor en las plantas de los pies y la sensual textura del barro. Los zapatos, envueltos en una bolsa plástica, se llevaban en las manos para no dañarlos. Llegábamos a la escuela una hora después empapados, el agua chorreando por la cabeza y la ropa. Comenzábamos a humear de vapor al acercarnos a la chimenea que encendían los profesores muy temprano en la mañana. Ensopados aún, la fila de niños con jarros de porcelana en las manos, recibíamos una porción de harina tostada y leche caliente. Por cada lado del patio de la escuela había un cerco de membrillos de flores blancas, las que nos comíamos no bien aparecían. Cuando salíamos de la escuela, entrada la tarde, la lluvia aún estaba ahí y ahí seguía muchas horas después cuando nos sentábamos alrededor del brasero ardiendo y nos cambiábamos de ropa. Frente a la casa, cruzando un potrero y  un pequeño arroyo de aguas cristalinas, estaban las líneas del ferrocarril. Desde lejos, sabíamos la hora del día por la frecuencia de los trenes con sus penachos de humo azul. Cada cuatro horas pasaba uno en alguno de los sentidos. Desde la casa podíamos ver cuando el tren llegaba a la estación, entonces partíamos en una frenética carrera para llegar a la línea antes que pasara. Nos ubicábamos lo más cerca que podíamos de las vías de acero y dejábamos pasar la locomotora a vapor bufando a nuestro lado. Eran sólo unos segundos de ese temblor caliente y poderoso, cuyo misterio se nos quedó en la memoria, como  un estremecimiento que se mantenía por varios minutos en nuestros estómagos. Esa vibración única que desprendía de su fuerza monumental el tren, me producía un sobresalto muy parecido a lo que después encontré en el sexo. Pero cuando llovía no íbamos a la línea del tren. Traía mala suerte, según nosotros. Por eso hay cosas que no hago cuando llueve. Aunque ahora se trata de algo un poco más serio que ir a ver pasar el tren. Se trata de asaltar un banco y, mala cosa,  parece que va a llover.

III
Aparece el automóvil conducido por mi chofer doblando por la calle Rosas desde Avenida Brasil hacia el poniente y me hace un cambio de luces que, visto por alguien que pasa por la calle, no significa nada. Visto por mí, significa todo está en orden. Pienso que es 16 de abril y que son la siete de la mañana, y que hay por delante un día largo y peligroso. En minutos me pongo al día de la situación operativa. Mi chofer, mi ayudante más cercano, tiene una manera que le agradezco para informar. No ocupa sino las palabras necesarias para referirse al acuartelamiento, el repaso de la operación, la contención, el grupo de asalto, el recambio de vehículos, las eventuales casas de seguridad, posta de sanidad, el enmascaramiento de los medios, el manto y leyenda de combatientes y cómo será la retirada. Todo bien, me agrega, para finalizar. Observo su tercer cigarrillo. No hay guerrillero que no fume, pienso. Sospecho que oculta el hambre de la mañana en esos tres cigarrillos. Cojea un poco al andar y eso, lejos de constituir una traba para las labores de la conspiración, le ha significado una garantía. No han sido pocas las veces que ha sorteado con éxito un cerco policial, escondido en su cojera, exagerada en el grado preciso para despertar, sino la compasión, el franco desprecio de la policía. Cómo podría un cojo andar en estas cosas propias de gente, comillas, normal. Su drama, me lo ha contado por capítulos en las largas horas del acuartelamiento, han sido las mujeres. Por eso aún se mantiene soltero resolviendo de vez en cuando el llamado de la carne, con una compañera que cuyo oficio en el centro de la ciudad le permite, por  precios módicos, un servicio inestimable. Y que además, sabe guardar secretos. A veces pienso que le gustan los hombres, pero, debo advertir, nunca he sentido que respecto de mí, su jefe directo, haya tenido siquiera una mirada de cosa rara. Es sólo cosa de olfato, nada más. Por lo demás, arbitrario y por lo mismo, injusto. Yo llevo cuatro cigarrillos y recuerdo que no comeremos en todo el día y quizás en toda la noche según salga la operación. Quizás nunca más nos sea necesario, piensa mi cabeza mandándose sola, una vez más. El hambre de un día garantiza que una herida en el estómago no se infectará tan rápido y eso ya es algo. La dificultad es como garantizar que los compañeros respeten la usanza del hambre para evitar septicemias, si ahora que llegamos a la casa de seguridad, observo migas sospechosas en el labio inferior del que nos abre el portón. Empanadas de horno, pienso después de rastrear el aire con mi olfato. Debe ser el nerviosismo del apresto, me sigo diciendo, mientras el aroma familiar de las empanadas, me genera una salivación incómoda. Y me recuerdo de ella, de su olor.

IV
Pan tostado con mucha mantequilla, yogurt, y café con leche, dos de café y tres de azúcar, si tuviera una flor, la pongo en la bandeja que le llevo desde la pequeña cocina sin ventanas, hasta la cama. Pero sólo tengo una rosa roja solitaria, la del pañuelo de seda que se puede ver en el alto respaldo de esa cama solidaria. Primera noche que pasamos juntos después de doce, catorce, dieciséis meses, no recuerdo. Hemos hecho el amor y conversado sin dormir toda la noche. Esto no va a durar mucho, me dice. Se refiere a la dictadura, y yo le digo sí, con cero convicción. Debes terminar la carrera, le digo para sacarla de sus pensamientos. Sí, me dice con un entusiasmo repentino. Después, terminas tú la tuya, me agrega. No le digo nada y la beso y volvemos a hacer el amor. Esta forma de verse de vez en cuando tiene su parte buena y su parte mala. La mala es lo que queda después del adiós, de la despedida y la salida con los ojos cerrados con lentes oscuros que no dejan ver dónde estuviste, en qué lugar hiciste el amor con tu compañera, hasta donde te llevaron los compañeros para ese encuentro fantástico, romántico, clandestino. No sabes dónde queda, ni de quién es esa casa, cómo es el barrio, no hay sonidos y entra apenas la claridad del día por una ventana pintada de blanco para evitar la observación hacia adentro y hacia fuera. Los compañeros te traen con la prohibición de siquiera sospechar la ubicación de lo que será tu nido de amor por veinticuatro horas. Con lentes oscuros y audífonos en los oídos, sales después de despedirte de tu compañera nadie sabe hasta cuando. Pocos se atreven a hacer lo que tú haces, dice y no me atrevo a interrumpirla. Alguna vez tendremos un hijo, agrega, no, corrige, mejor una hija que se llame Sara y será hermosa y cuando ya pueda entender le contaremos toda la historia de este tiempo. Nadie nos podrá separar, me sigue diciendo, estos desayunos serán siempre, este amor será para siempre, prometido ante la rosa roja del pañuelo y me besa largamente, y me abraza. Debes cuidarte, la cosa se ha puesto peor, tú sabes mejor que yo, los compañeros lo dicen, en la universidad lo sentimos todos los días, termina diciéndome. No hay forma de convencerla de que me cuido, por ella, por la Sara de después de la dictadura. Por qué no la hacemos desde ya, insisto un poco. No seas irresponsable, me reprende. No, no lo soy, susurro y meto la cabeza debajo de mi polera gris que usa de pijamas en los paréntesis del amor, le sigo diciendo lo mismo cuando atravieso sus pechos camino al más allá de su sexo, continúo con una letanía inaudible cuando ella toma mi cabeza y la hunde con la presión precisa, en la fuente del aroma que sale de su cuerpo y retomamos el amor en donde lo dejamos hace una hora y nos vence después la manera de caer revoloteando en ese cansancio que adormece. Esta es la parte buena.

V
Nos quedamos atrapados en un silencio ancho. Nos vence un dulce sueño, y por unos minutos aprovechamos la calma que viene desde afuera, la que disfrutamos nosotros aquí adentro, escondidos de todos, como amantes fogosos en una aventura peligrosa y excitante. Doblemente clandestina. Por la ventana clausurada para la luz del día, entra un murmullo indefinible montado en una densidad difusa. Puede ser la tarde o la mañana. Hay un momento en que no se sabe si es uno u otro. Hay momentos en que no se distingue la verdad de la mentira. O la vida de la muerte. Eres único, me dice al sospechar que he despertado, todo lo que quiero en un hombre lo tienes tú, continúa despertando, desatándose del sopor dulce del amor. Tú eres única, le respondo desde el mismo torbellino que ya no gira. La beso largamente, acaricio sus senos y su vientre y me rasca dulcemente la cabeza, desordenando mi pelo. La niña se llamará Sara y se parecerá a mí, a ti, a mi madre, a la tuya. Tú crees que les ganemos, la pregunta viene después de otro largo silencio, las manos tomadas, el dedo pulgar de mi mano derecha acariciando lentamente el dorso de su mano izquierda. Se pone el pañuelo de la rosa roja sobre su cara, el que compré en Praga y me traje escondido, el que usará siempre, el que llevará anudado a su cuello el día del triunfo, el que usará en las visitas de la cárcel los sábados, o con el que cubrirá su cabeza en el cementerio si caigo. Les ganaremos, le respondo sin mirarla y sin creer en lo que digo. Les vamos a ganar, repite y después tendremos a la Sara y terminarás la carrera. Si, y terminaré la carrera, le digo y siento sus sollozos que vienen desde debajo de la rosa roja de su pañuelo.



VI
En adelante nadie se enferma, nadie se excusa, nadie pregunta. Dobla en la esquina y estaciónate donde ya sabes, le ordeno a mi chofer, busca el teléfono público y espera mi señal, le repito sin necesidad. Ya estamos operando y sentimos el sudor de las manos, la tensión en la espalda, el pelo erizado en la nuca y la desaparición, como un milagro, del hambre que hemos tenido todo el día. El olor que sentimos es el miedo. Las órdenes se acatan con precisión, nadie tiene dudas. Desde mi posición, dentro del auto, veo a Dos y Tres en el escaño del parque, Cuatro y Cinco en el quiosco de la esquina contraria,  Seis, a media cuadra, que caminará hacia el objetivo una vez que yo dé la señal, Siete lo mismo desde el otro lado de la calle, por el mismo lado, Ocho entrará al objetivo. La misión no es sólo recuperar dinero, sino hacerlo de manera que los diarios digan cómo hacemos las cosas: sin heridos, sin disparos, sin muertos, tratando bien a todo el mundo, incluso a los guardias, entregando panfletos que explican por qué hacemos lo que hacemos. Estoy a punto de dar la señal hacia el teléfono público, Dos espera, Tres fuma, a pesar de la prohibición de hacerlo. Está nervioso, Tres. Debe ser el hambre, doce horas sin comer. Repaso: armamento, salidas, repliegue, contención, casa de seguridad, vehículo de recambio, puesto médico, punto de control,  recoger la recuperación, la gente y controlar el cambio de ropas. Y ella. El olor de su sexo, su pelo, la manera de hacer el amor, ese suspiro entrecortado que exhala un segundo antes de dejarse caer en el éxtasis irrepetible del amor. Cuatro y Cinco en la esquina opuesta al objetivo, Seis, cerca de la esquina, lo veo claro. Ocho llegando casi a la puerta misma del Banco, Siete a treinta metros. Doblando la esquina, supongo, porque no lo veo, debe venir caminando, Nueve. Pienso que la amo.


VII
Dirigía el ilegal Centro de Alumnos de Obstetricia. La peña que organizaron se hizo en un pequeño sucucho en el subterráneo de la Escuela de Medicina. Los panfletos invitando, pegados por la facultad, se sobreponían a otros tantos que promovían actividades parecidas, fiestas varias, y pasquines contrarios a la dictadura. Se vendió vino navegado y empanadas fritas. La música de los setenta y las canciones de la trova se dejaban oír por todo el campus, estimuladas por el vino caliente y el fervor anti dictadura que había en el estudiantado que se arriesgaba a esas iniciativas. Ella fue la última que habló para agradecer la presencia de todos e invitando a las próximas actividades que se organizarían. Me gustaba su manera de hablar en los mitines, su pelo color de miel que le bajaba en ondas sensuales por los hombros, su pañuelo palestino cubriendo su cara y boca de los gases lacrimógenos, su parka verde oliva, sus botines de reno y suela crepé. La policía entró a la facultad en el momento en que terminábamos la peña que misteriosamente derivó en la asamblea que decidió la huelga indefinida. Yo dirigí la defensa del edificio y alcanzamos a durar tres horas de fiera resistencia antes que las fuerzas especiales derribaran la última barricada. Cuando ya no pudimos más, debimos abandonar nuestra posición. Comenzó el allanamiento y las escuadras verdes arrasaron con todo lo que se cruzaba a su paso. La policía reunió a los estudiantes que capturaron en el centro del edificio con las manos en la nuca y los subieron en parejas en los camiones que se los llevarían. La perdí en la defensa de la entrada. La busqué con la vista al final de la batalla, sin suerte. Decidí no caer preso y me oculté bajo una escalera en el oscuro pasillo del segundo subterráneo. Desde mi refugio pude escuchar las brutales pisadas de las botas y las órdenes neuróticas de los oficiales que dirigían la razzia. Esperé una eternidad hasta que los gritos y llantos se extinguieron de a poco. Sólo quedó el miedo flotando sin peso, acechando en la oscuridad. El silencio lo cubría todo y hacía más espesa la noche. Decidí esperar por temor a ser descubierto por algún policía de guardia. De pronto un sonido me crispó los nervios y aumentó el dolor de mis piernas recogidas por mi posición fetal. Eran pasos lentos y livianos, que crujían cada vez que se posaban en las baldosas gastadas del largo pasillo del subterráneo. Supe que no eran de la policía y supe que era mujer y que estaría con tanto miedo como el que yo tenía. Se acercaba al lugar que yo ocupada debajo de una escalera en desuso.  Pensé en su miedo y en el mío. Sentí que se aproximaba, un paso, después de un segundo otro, afirmada en la muralla oscura del subterráneo. Sentí la respiración acelerada y dispareja del miedo. Y una especie de ruego que salía quedamente de una voz de mujer. Hola, dije y mi voz tuvo el efecto de reproducirse innumerables veces en el pasillo y de detener las pisadas y la respiración de la persona que ya estaba a dos metros de mi refugio.

VIII
Parecen malos, pero son hombres que sueñan. Que hacen planes, que no piensan en la muerte. Que no reconocen el miedo que han sentido siempre, que sienten ahora. Cagarme de la risa un mes exacto, dijo Ocho la vez que conversamos, antes de la instrucción de táctica. Reírse y pegarse una tranca infinita, era lo que iba a hacer una vez que entráramos victoriosos en La Moneda. Fue un ataque de espontánea sinceridad sobre el qué vamos a hacer una vez que caiga la dictadura. Siete, volver al campo y criar a su hijo, ordeñar las vacas en la mañana, hacer quesos todo el año, prietas en invierno y mote en verano. Seis, terminar la carrera, jugar a la pelota, ganarse un premio en un concurso literario y poner un restaurante en el que pondrá una mesa especial para los ex combatientes. Terminar medicina, casarme con la Enfermera Obstetra, comprarme una casa en Maipú, criar, malcriar a la Sara, hacer asados los sábados y contar historias de la dictadura, de las operaciones, de los que cayeron. Dije yo.

IX
¿Serán las cosas como las decidimos o tienen vida propia y se mandan solas?
X
El cubano me entregó un itinerario absurdo para viajar desde Europa hasta el país. En esos casos, digo, viajar de Bélgica, el centro de Europa, a Latinoamérica, la idea sería buscar una manera directa, la distancia mas corta entre dos puntos es una línea recta, pero el cubano que me despachó sabía, yo también, que las leyes de la conspiración no tienen que ver con la geometría. Se va esta noche por tren a Ámsterdam y por avión al otro día a Madrid, sin salir del aeropuerto se embarca a Sao Paulo y dos días después, por Bus a Buenos Aires. Una semana de tangos y  chorizos y viaja hasta Mendoza. El paso hacia Chile lo hace en el primer bus de la mañana. Se ha comprado jeans, zapatillas, ropa nueva y ha botado todo lo que pudo haber usado en la isla. O que le hayan regalado en Praga, en Moscú o en La Habana, terminó sus instrucciones el cubano, con un dejo de cariño en sus palabras. No le digo que llevo en el forro de la chaqueta un pañuelo comprado a una gitana en la avenida Wenceslao, de Praga.

XI
La cabeza se manda sola especialmente cuando tenemos que cruzar fronteras, en donde hay policías y personajes misteriosos y funestos que a uno lo miran y quisieran saber en qué anda por ahí. La cabeza, por lo menos la mía, se manda sola en esas, y otras parecidas circunstancias. Lo que le estoy pasando ahora por la ventanilla al policía español que me mira con desprecio, es un pasaporte falso. Mi cabeza repite falso, falso, falso. Y, a continuación, mi nombre, el verdadero. El policía está mirando mi pasaporte y mi cabeza repite mi nombre, mi nombre, mi nombre. Cuánto falta para que, sin querer, lo diga en voz alta, con los ojos fijos en esa gorra extraña de policía, mi nombre verdadero. O decirle, llevo un pañuelo de seda en mi chaqueta en el bolsillo superior izquierdo interior. Va doblado en varios pliegues y tiene una rosa roja, sólo una rosa roja, en un fondo negro y tiene ribetes verde esmeralda. Lo compré en Praga a una gitana rusa que los vendía clandestinamente escondidos en un canasto. Esos pañuelos son típicos rusos, con hartas flores. Este sólo tiene una sola flor roja, una enorme rosa roja. Es único, para la mujer única. Para la mamá de la Sara de después de la dictadura. Un pañuelo de seda, un rectángulo de casi nulo espesor, el que puedo ocultar sin despertar sospechas. Para cuando nos corresponda, pondré el pañuelo en el respaldo de la cama en la que haremos el amor.

XII
Cuatro y Cinco son milicos, milicos-milicos. Hay que armar el nuevo ejército, compañero, la seguridad del estado, la guardia de La Moneda, las milicias, se necesita gente de confianza, preparada, con experiencia en combate. Los dos, comillas, no sé, vienen de Tres y Nueve. Legítimo no saber. Quién puede saber qué va a pasar al otro día, a la otra semana, al otro mes, al otro año, después que caiga la dictadura. Quién puede saber lo que va a pasar, ahora que mi chofer está llegando al teléfono público.

XIII
Antes que gritara de espanto o que se desmayara de miedo, la tomé suavemente por los hombros y la abracé diciéndole al oído quien era. Temí que le diera un paro respiratorio. Soy yo, le repetí sin comprender que en aquella oscuridad no se podía ver nada. Le dije varias veces mi nombre y de a poco disipó el miedo que la tenía temblando. Están allanando, me dijo en un susurro, una vez que consiguió un ritmo normal en su respiración. Sí le dije, debemos quedarnos aquí si no queremos caer presos. Sentía su aliento caliente sobre mi cara, muy cerca de la suya. Cayó mucha gente me dijo, en otro susurro, pero yo no le respondí nada, atento más a mi mano que le sostenía la cintura, que a lo que me decía. Se quedó quieta una eternidad mientras yo, incómodo, trataba de que mi mano pasara inadvertida debajo de su parka verde oliva, sobre su húmeda blusa. Sólo se escuchaba su respiración superpuesta a la mía en un ritmo tranquilo. Nos quedamos escuchando algún sonido. Nada. Sólo un murmullo lejano llegaba con dificultad a ese pasillo subterráneo y oscuro en el cual estábamos escondidos de nadie debajo de una escalera fantasmal. De pronto sentí su mano presionar sobre la mía hasta apretar suavemente su cintura. Una erección inmediata me creó una incomodidad difícil de sobrellevar en esa postura. Inclinó levemente su cabeza hacia atrás, rozando mi mejilla con su boca. Su cara y sus labios ardían. Las respiraciones volvieron a tomar un ritmo desenfrenado, pero esta vez sin la policía cerca. Era un calor que salía de alguna parte y que se concertaba en ambas caras, en esas dos bocas acezantes, en esos ojos inservibles en el amparo profundo de esa soledad, en esos dientes que entrechocaron sus blancuras y esos labios que se besaron anhelantes. Me llegaba desde su cuello el olor de la barricada y de un perfume lejano. Llevó mis manos a sus senos, zigzagueando entre sus ropas humedecidas ya no por el miedo. Bajó sin dificultad su pantalón y sentí la firmeza de sus caderas. Sin siquiera vernos, haciendo esfuerzos innecesarios por controlar la agitada respiración que parecía salir del oscuro pasillo, llegar a los patios de la facultad y salir a los patios, hicimos el amor por primera vez. Había un silencio de humareda abandonada, mientras sentía en mis espaldad la frialdad de las baldosas.

XIV
En cualquier momento mi chofer levantará el auricular del teléfono y deberé dar la señal de combate. Dos me mira tranquilo como siempre, yo lo miro tranquilo como a veces. Hasta aquí vamos bien, a pesar de lo amenazador del cielo que ya está bastante negro, y porque todo está en su lugar y porque estoy tranquilo y lo que veo se puede parecer pero no ser el mismo pañuelo que ingresé, clandestino y doblado en el forro del bolsillo superior interno izquierdo de mi chaqueta y que tiene usos muy precisos prometidos no sólo en la noche y el día que regalan los compañeros, en el que puedes estar íntimamente con tu compañera y hacer el amor y hablar, y hablar, y prometerse cosas, y poner en el respaldo de la cama el pañuelo, más que pañuelo, una bandera, un estandarte del amor que siento por ella, del respeto que le tengo y porque haremos a la Sara y nos compraremos una casa con patio y yo seré Médico y ella Enfermera Obstetra, sino que deberá ser usado por ella en la victoria, la cárcel o el cementerio. Pero no aquí, a tres metros de mi posición. Porque es único. La gitana que me lo vendió en Wenceslao, debajo del caballo de un héroe, en Praga, sólo tenía ése con esa flor roja solitaria con fondo negro y ribetes verde esmeralda y no tenía más que ése porque no hay más que éste con una sola flor, todos los pañuelos, los restantes que existen en el mundo, llevan muchas flores, pero éste es único, tiene sólo una rosa y es el que llevas ahora delante de mí cuando cruzas la plazoleta, segundos después que doy la orden de combate, cuando veo que Cinco, Ocho y Tres entran al banco, en que Seis, Siete y Nueve, toman posiciones, en que yo mismo afirmo mi pistola debajo de la chaqueta y mi chofer se ubica tres pasos detrás de mí con la misma actitud, mientras cruzas la calle de la mano de alguien que no soy yo, que no se me parece, que ríe cuando pasa por delante de mí, que te besa con amor, tres pasos delante mío, al que miras con amor cuando pasas sin verme porque te vas poniendo el pañuelo de la rosa roja solitaria en tu cabeza de enfermera obstetra, de mamá de la Sara, para no mojar tu pelo, porque ha comenzado a llover en ese instante, justo cuando empiezan a sonar los tiros y yo apunto mi pistola sin ver bien la rosa roja que tengo en la mira de mi arma por esas incómodas gotas que comienzan a caer y pienso que no es raro que llueva en abril, y mi cabeza que a veces se  manda sola, dice dispara, dispara, dispara.

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