Sobrevivir
a más de seiscientos intentos de asesinato, en el caso de Fidel Castro, es una
estadística que no suena exagerada. Cincuenta y ocho años y no pudieron, afirmó
hace muy poco. Y su sobrevida es la mayor derrota del imperio y su ejemplo, la
mayor victoria para los pueblos del mundo.
No
alcanzarán sus enemigos la estatura ni de su sombra. Se resume en ese hombre
irrepetible, todo el valor de un pueblo cuya historia no solo ha sido
construida al ritmo alegre de su música. Ha sido en el duro combate diario en
que se ha desplegado con generosidad el valor y la inteligencia de un pueblo y
de un verdadero dirigente.
Cuba
vence cada día, porque lucha cada día. Más allá del apremio del ignorante, del
prejuicioso o el que se alumbra con un par de millones estériles, los pueblos
más pobres del mundo han sabido de la revolución cubana su ejemplo más
universal y si fuera el único, sería suficiente: su capacidad por estar
dispuesto a dar la vida por aquel que considera un hermano que sufre.
Ese
record que se oculta interesadamente incluso por algunos que se han dicho sus
amigos, en el caso de los pueblos más
despreciados del mundo, tiene la forma inconfundible de los niños que han
salvado de la muerte, de la ignorancia, de la desesperanza.
Y lo
han hecho de la manera que los que tienen por el dinero una fascinación
enferma, no entienden y jamás
entenderán: sin pedir nada a cambio. Sólo pedimos llevarnos de vuelta a nuestros
muertos, dijeron cuando fueron a combatir a Angola y donde propinaron severa derrota a los racistas que
finalmente, terminó por hundir el régimen del apartheid sudafricano.
Pero no
han sido los batallones, lo fusiles o
cañones sus armas más peligrosas. Este hombre del futuro ha empuñado con la
mejor puntería el arma invencible de la verdad.
Y esa
virtud de hacer coincidir los hechos con las palabras, se ha transformado en un
bastión irremontable para el poder infinito de sus enemigos, capaces de proezas
inimaginables con sus prodigios de matar y de mentir.
Cruda,
dolorosa, aguda o feliz, la verdad se transformó en los discursos de Fidel, en
su mejor fusil. Y es esa y no otra razón, por la que su pueblo jodedor,
reclamón, alborotado, respondón como pocos, le cree. Y le creen los pueblos del
mundo.
Y sus
enemigos más enconados no tienen más que rendirse ante esa fuerza. Cuando oscuros
y mezquinos intereses secuestraron al niño Elián González, Fidel les dijo con
todas sus letras: tienen setenta y dos horas para devolverlo a su padre. Por
uno solo de sus niños, los cubanos estaban dispuestos a combatir contra el más
poderoso imperio.
El
pueblo cubano ha sido capaz de empresas que ningún otro podría. Vivir sin que
llegue una gota de petróleo, mantener un país bajo un bloqueo ilegal ilegítimo e
inmoral por más cincuenta años y a la vez mantener a raya a los criminales que
no dudarían en bombardear la isla con sus ingenios de matar, y aún así dando
asistencia a los pueblos más castigados del mundo, es sólo posible entre San
Antonio y Maisí.
En
estos tiempos en donde grandes hazañas científicas se entremezclan con cada vez
mayores tragedias humanas y ambientales, cuando el mundo ha quedado bajo el
dominio casi sin contrapeso del poderío militar del imperialismo más feroz que
se haya conocido, surge en su otoño fecundo la figura del Comandante en Jefe,
el que como un nuevo Cid ha seguido cabalgando al frente de sus compañero, aún
después de las centenares de veces que los malvados lo han dado por muerto.
Feliz
día, Comandante. Ordene.
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