Ricardo Candia Cares
No será
porque no tiene nada más que hacer que la presidenta convoca a una Comisión Asesora
que intentará determinar normas que obliguen a los políticos a ser honrados y
no los canallas que en realidad son, los ladrones en que se transforman luego
de obtener un poco de poder, ni los mentirosos que necesariamente tienen que
ser para obtener sus prebendas.
No
habla bien del país esta convocatoria. Más bien debería dar vergüenza. Define
una comunidad en que es necesario no sólo que las leyes sean de obligatoria
observancia, sino que existan normas de tal envergadura que solo falte que un
policía acompañe a los políticos las veinticuatro horas del día para ponerlos a
salvo de sus propios instintos.
El
sistema político chileno está en una crisis de decencia de tal envergadura, que
hasta la presidenta que hasta hace poco vivía
a salvo de la realidad, ha caído en la espiral del descrédito que ha puesto en
duda la real existencia de su liderazgo que, como se sabe, debería curar todos
los males.
De uno
en uno políticos vociferantes y acusadores, auto referidos como representantes
de la más prístina moralidad, usuarios
cotidianos de los medios de comunicación para defender los valores del libre
mercado y la cultura occidental, enemigos jurados de los estatistas que viven
pensando en el pasado, son sometidos a juicio por sinvergüenzas, malabaristas
del engaño, ladrones, truculentos y mentirosos.
Empresarios
que lucen sus galas en fundaciones de caridad de la más alta moralidad, caen
víctimas de su increíble y enfermiza necesidad de ganar más y más dinero así
sea desfalcando al fisco y a lo que venga.
El
sistema, por el peso de su propia pudrición, está corriendo el riesgo de
desfondarse.
Ni
cortos ni perezosos, la iniciativa de la Comisión Asesora es un paso que solo
busca ganar tiempo. Al final, sea lo que sea que ese grupo de notables proponga,
quienes resolverán sobre la base de sus propios miedos, riesgos, necesidades e
intereses, son los mismos de siempre.
Por lo
demás, resulta tan notable como miserable que en estas Comisiones se omita la
participación de gente del pueblo, sus dirigentes y representantes. Y peor aún
que haya entre esas personalidades, alguna otrora admiradora perdida de
Pinochet y su obra.
Algunos
piensan que de esa Comisión puede salir una propuesta entendida como de fondo:
la necesidad de reformular o cambiar la Actual constitución. Dios nos pille
confesados.
Elevada
a la magistratura celestial que lo resolvería todo en un santiamén, una nueva
Constitución promulgada a través de una Asamblea Constituyente se ha
transformado en un mantra que de tanto repetirse, tiende peligrosamente a
embolar la perdiz de quienes se suponen dotados de cierta lucidez.
Así, ¿cuánto
queda para que efectivamente se ponga en movimiento la operación política que,
con la solemnidad de las cosas realmente peligrosas, anuncien que en un plazo
racional, a pedido de todos, se convocará a una Asamblea Constituyente para que
en un plazo definido por la prudencia y la necesidad arroje un nuevo texto Constitucional?
Muy
poco.
Un día
nos vamos a despertar con la novedad que los poderosos han decidido que es
necesario pasar a la ofensiva y entre vítores de lado y lado, se nos anuncia la
instalación de la mentada Asamblea.
El
sistema que aprendió hace mucho a arrancar hacia adelante, y, doble contra
sencillo: impondrá una Asamblea que no va a coincidir con lo que los
movimientos sociales y personalidades díscolas, opositores, ultrones, disidentes,
no y anti neoliberales, enemigos jurados del modelo y su cultura, vienen
exigiendo.
Un Asamblea
Constituyente con el pueblo desmovilizado, con sus organizaciones diezmadas por
la cooptación, la corrupción o la indolencia, con una izquierda evaporada,
atrapada en sus contradicciones, sus teorías y somnolencias, no sería sino el
mecanismo perfecto para dar el paso refundacional que supere las
contradicciones y debilidades que hace rato asoman en un ordenamiento que ya
hizo lo suyo.
Una
Asamblea Constituyente, siempre va a ser una expresión de las necesidades
emergentes de quienes tiene el poder. Creer por un segundo que una convocatoria
de esa proyección e importancia va a dar cuenta de las reales necesidades
democráticas de la gente, es pecar de una ingenuidad incalificable.
La
experiencia latinoamericana, progresista o de izquierda, de los últimos
decenios ha mostrado un camino que es necesario sino imitar, por lo menos tener
presente. Y a menos que los chilenos de verdad seamos lo ingleses de América,
habrá que pensar que lo sucedido en Venezuela, Ecuador y Bolivia, tiene algo,
mucho, poco, que enseñarnos.
Solo
una vez que el pueblo haya conquistado importantes cuotas de poder político,
estará en condiciones de imponer sus condiciones. Antes, en calidad de borregos
que asisten cada dos años y medio a votar, engrupidos por la propaganda de la
economía, sometidos por el lazo acerado de la deudas, a la espera de recibir un
poquito de la repartija, la gente víctima aunque no consciente de esta cultura
estará necesariamente en las peores condiciones para ser convocada a una
Asamblea Constituyente.
Peor
aún, nos asiste la duda terrible de si esta exigencia o necesidad, una nueva
Constitución mediante una Asamblea Constituyente, está entre las del populacho.
Quizás,
con mayor fuerza y claridad lo que palpita en la chusma sea más bien una bronca
silvestre que tiene que ver con los políticos y poderosos sinvergüenzas que le
han tomado el pelo y todo lo demás en estos treinta y cuatro años que lleva de
reinado la actual constitución, exactamente hasta el día de hoy.
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