Ricardo Candia Cares
En su compresible
desesperación durante el caliente verano los ministros de Interior y Vocero insistieron
una y otra vez que el caso Caval estaba cerrado con la intervención de la presidenta
y que, sin fisuras a la legalidad, el caso no daba para mucho más.
La
realidad indicaría otra cosa en breve y la corrupción volvería a mostrar las numerosas
debilidades en una coalición que no las ha tenido todas consigo en términos de coherencia
interna y de respuesta pública convincente. El desprestigio les pisa los
talones a todos.
Los
ministros no atinaron. Y sería lo complicado de la situación o una dudosa experiencia
en casos de estas magnitudes, el caso es que se equivocaron medio a medio: más
vivo que nunca, el caso Caval dista mucho de extinguirse, especialmente por la
intervención de la presidenta y su decepcionante declaración: se enteró por la
prensa, aserto que le va a pesar en las siguientes mediciones de popularidad y
de credibilidad, su más preciado tesoro.
Si al
caso del la nuera y del hijo, presidencial se le suma lo que venía sucediendo
con el caso PENTA y sus aristas oscuras tanto como delincuenciales, habría que
concluir que el sistema político enfrentó un verano como pocos, y que ha dejado
bajas por lado y lado y con pocas esperanzas de reconstruir lo que había. Y que
huele a podrido.
Casos
de corrupción no son nuevos. Más aún, se conocen desde siempre negociados
cruzados, contubernios familiares, facturaciones fantasmas, compra y arriendo
de políticos por parte de poderosos, dineros negros que corren, nadan y vuelan,
todo en un contexto en que la política se ha transformado en una vía rápida para
la riqueza y el ascenso social como pocos.
No hay
político que no haya aumentado exponencialmente su patrimonio en el ejercicio
de sus cargos.
La función política derivó en una criadero de nuevos ricos y
prepotentes que han usado y abusado de sus prebendas. La opción de ocupar un
cargo de diputado o senador, permite resolver las necesidades económicas de por
vida para el honorable, su familia y su entorno más directo.
Las expresiones de sinvergüenzura que se han conocido en el
último tiempo distan mucho de ser excepciones en las que incurren inocentes que
de recién llegados no se dan cuenta de una conducta reprobable. No. Lo sucedido
es el rebasamiento del vaso por abusar de una manera desmedida de la impunidad.
Los escándalos conocidos, habrá innumerables en el más perfecto
sigilo, fueron por una falta prolijidad que otros más aventajados y menos
apurones han tenido a bien manejar de la mejor manera: es producto de una
cultura
PENTA y Caval, echaron a perder el negocio.
El que quiera recordar sabrá que no ha pasado un año de esta
eterna transición, que se resiste a abandonar los porfiados rasgos de la
dictadura que se supone debió superar, sin que hayan saltado escándalos
relacionados con gente corrupta, ladrones de cuello y corbata, tramposos usuarios
predilectos de los espacios de la televisión, asaltantes con magister y
doctorados, chamullentos becarios en universidades pagadas por el Estado, dirigentes
políticos que más bien parecen sujetos a sueldo de las grandes empresas.
Y cada vez la impunidad, ha hecho lo suyo y luego de un par
de meses, una vez tapada la mierda con otras noticias relevadas interesadamente
por la prensa pinochetista, ya se está hablando de otra cosa y la amnesia en
breve ya habrá hecho lo suyo. O la amnistía. O la prescripción. Cualquier
trampa es válida
La diferencia de lo que pasa hoy es que el caso que
significó el paso mágico de algunos miles de millones de aquí para allá, llegó desde
el entorno hermético, impoluto, sacrosanto de la presidenta Bachelet.
Fue tocada la reina en un jaque que no termina de
esclarecerse y del que da la impresión podrían salir algunas astillas más afiladas
aún. Cae su aprobación y credibilidad, sus únicos dos atributos. Y de su
liderazgo, nada. Cero.
El caso es que el sistema político chileno se acerca
peligrosamente a su desmoronamiento, aunque solo no se va a caer. Las últimas elecciones
demostraron que casi el sesenta por ciento de los habilitados para votar no lo
hicieron. Y eso sin caso PENTA ni Caval.
¿Qué vendrá en el futuro de la participación ciudadana con
los antecedentes del súper hijo y la súper nuera, de los santones de la UDI
metidos hasta las masas en delitos que los pueden llevar a la cárcel?
En lo inmediato ya se han activado las reuniones en las
oficinas secretas en busca de la salida del atolladero en que están. En esas
reuniones se tomarán acuerdos que luego van a aparecer con formato de ley,
anunciadas como iniciativas fundacionales que buscan terminar de una vez y para
siempre con las malas prácticas de la política, y luego, todos tomados de las
manos celebrarán el acuerdo patriótico que no buscará sino lavarles la cara a
los sinvergüenzas. Y estimular el olvido.
Curiosa solución. Los mismos, exactamente los mismos que han
metido las manos y todo lo demás, ahora harán las leyes que buscan sancionar
sus propias conductas perfeccionadas en años de ejercicio. Como para no creer
en nada a priori.
El tardío, oportunista e inútil llamado a conformar una
Consejo Asesor Presidencial conformado por personalidades y expertos que se den
a la tarea de “elaborar una propuesta legislativa y de políticas públicas para
crear un nuevo marco regulatorio que “promueva la transparencia entre lo
público y lo privado”, aparece como el inicio de la operación que permita
relegar al olvido la corrupción veraniega, un maquillaje que permita escudar a
la presidenta, la que se ha demostrado que es tan vulnerable como cualquiera.
Nada bueno ha salido nunca de esas Consejos Asesores
Presidenciales. No han sido sino instancias en que el duopolio se pone de
acuerdo para limar sus asperezas y concluir en caminos perfeccionados que
permitan disminuir los daños al sistema por parte de aquellos que no han tomado
las debidas precauciones. Y para que pierdan los de siempre.
La duda en este caso surge de sus componentes. ¿De donde van
a sacar un grupo de personas del mundo político que jamás hayan metidos la
manos o que no hayan usado sus vinculaciones familiares o políticas para su
propio beneficio, que den suficiente confianza? ¿Logrará revertir su caída la
presidenta con estas medidas desesperadas? ¿Los liderazgos pueden vivir de su
historia o se van haciendo y deshaciendo en el día a día? ¿Habrá quienes aún le
crean?
Sería más fácil, patriótico y justo que de una buena vez se
fueran todos a sus casas o a la cárcel según sea su mérito.
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