martes, 3 de marzo de 2015

La frescura de raja como arte.


Ricardo Candia Cares

Hace pie en la impunidad que lo corroe todo. Un poderoso, por muy pichiruche que sea su poder, tiene el derecho de hacer y decir lo que se le ocurra en el convencimiento que no le va a pasar nada. Y el gesto con el que enfrenta su falacia es lo que se conoce como frescura de raja. Es decir, una sangre fría tal que le permite controlar sus facciones al extremo de no mostrar señal alguna de vergüenza, arrepentimiento, pesar o incomodidad.

Esta gente tiene el aspecto del sujeto turbio en su semblante, en sus gestos, incluso hasta en sus ropas, casi siempre de marcas caras, pero que aún usando el más penetrante de los perfumes, trasciende de su cuerpo el olor inconfundible de la frescura de raja. Lo suyo es un arte

El fresco de raja promedio se ha ganado a puro ñeque su derecho a opinar, acusar, adjudicar con el gesto del que pontifica desde la moral más impoluta, de la verdad más imbatible, de la certeza más definitiva. Desnudará a sus oponentes con adjetivos definitivos y los desafiará a demostrar su inocencia poniendo él o ella misma no sólo su contabilidad a disposición de quienes quieran revisarla, sino también lo hará con su ejemplo de limpieza, transparencia y honestidad a toda prueba.

Sabe por su iterada y extendida práctica de fresco de raja, que nadie se va a tomar el tiempo para demostrar nada por eso del tejado de vidrio, extendido, democrático y aceptado por todos los de la misma ralea.

Entre los frescos de raja parece haber un pacto de agresión tanteadita. Una manera de no parecer tan fresco de raja. Para dar un aspecto saludable, les viene bien de vez en cuando acusarse mutuamente, sacarse dos o tres trapitos al sol, de  manera que él o la contrincante reciba el pase en el pecho, baje el balón, se acomode y riposte su versión ante el respetable público que asiste a un debate estéril.

Y a nadie va a resultar extraño que esos frescos de raja minutos más tarde estén risueños, relajados, bien pagados, tomando café en las salitas del Congreso, locación de carerrajismo por definición, su hábitat natural.

Los frescos de raja tienen una habilidad para la finta comunicacional, una cintura para el esquive, una gracia para la maniobra evasiva de tal calidad y envergadura, que los aspirantes a boxeadores, por decir algo, deberían observar esas piruetas y derivarlas al arte del clinch y el jub.

Es que resulta magistral la manera en que niegan rotundamente aquello que todo el mundo sabe que es cierto, rechazan de la forma más airada las acusaciones más evidentes, y dicen que jamás dijeron lo que todo el mundo escuchó que dijeron.



Mejor aún, han elevado a condición de arte el responder una cosa muy diferente a la que le preguntan los periodistas, quienes no se atreven a insistir por el riesgo en que ponen su fuente laboral por una conducta que bien puede ser interpretada por el fresco de raja como un atentado a su dignidad, y, por cierto, a la libertad de prensa. Un periodista que intente develar el truco de un sujeto así, puede considerarse un cesante con lepra.

Un fresco de raja por definición vocacional, no vacila en mentir de la manera más descarada porque sabe que las mentiras chicas son mal vistas por los crédulos de siempre.

Y hará esfuerzos por desarrollar una especie de ubicuidad política que le permite salir de un lugar de poder muchas veces en medio de un escándalo, para luego aparecer en otro con más poder aún, con la sonrisa a flor de labios y declarando que para avanzar hay que dejar atrás las cosas del pasado que en nada contribuyen a la construcción de un país….

Y, finalmente, un fresco de raja promedio cuenta con que muy en el fondo, a gran parte de la chusma le gusta ser engrupida. Y de lo que haya hecho nadie recordará nada cuando nuevamente sea elegido o nombrado en algún cargo en el que desplegará con renovados bríos el increíble don que le ha permitido ganar con legítimo derecho su sitial de fresco de raja.







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