Ricardo Candia Cares
Hace
pie en la impunidad que lo corroe todo. Un poderoso, por muy pichiruche que sea
su poder, tiene el derecho de hacer y decir lo que se le ocurra en el convencimiento
que no le va a pasar nada. Y el gesto con el que enfrenta su falacia es lo que
se conoce como frescura de raja. Es decir, una sangre fría tal que le permite
controlar sus facciones al extremo de no mostrar señal alguna de vergüenza,
arrepentimiento, pesar o incomodidad.
Esta
gente tiene el aspecto del sujeto turbio en su semblante, en sus gestos,
incluso hasta en sus ropas, casi siempre de marcas caras, pero que aún usando
el más penetrante de los perfumes, trasciende de su cuerpo el olor
inconfundible de la frescura de raja. Lo suyo es un arte
El fresco
de raja promedio se ha ganado a puro ñeque su derecho a opinar, acusar,
adjudicar con el gesto del que pontifica desde la moral más impoluta, de la
verdad más imbatible, de la certeza más definitiva. Desnudará a sus oponentes
con adjetivos definitivos y los desafiará a demostrar su inocencia poniendo él
o ella misma no sólo su contabilidad a disposición de quienes quieran revisarla,
sino también lo hará con su ejemplo de limpieza, transparencia y honestidad a
toda prueba.
Sabe por
su iterada y extendida práctica de fresco de raja, que nadie se va a tomar el
tiempo para demostrar nada por eso del tejado de vidrio, extendido, democrático
y aceptado por todos los de la misma ralea.
Entre
los frescos de raja parece haber un pacto de agresión tanteadita. Una manera de
no parecer tan fresco de raja. Para dar un aspecto saludable, les viene bien de
vez en cuando acusarse mutuamente, sacarse dos o tres trapitos al sol, de manera que él o la contrincante reciba el
pase en el pecho, baje el balón, se acomode y riposte su versión ante el
respetable público que asiste a un debate estéril.
Y a
nadie va a resultar extraño que esos frescos de raja minutos más tarde estén
risueños, relajados, bien pagados, tomando café en las salitas del Congreso,
locación de carerrajismo por definición, su hábitat natural.
Los frescos
de raja tienen una habilidad para la finta comunicacional, una cintura para el
esquive, una gracia para la maniobra evasiva de tal calidad y envergadura, que
los aspirantes a boxeadores, por decir algo, deberían observar esas piruetas y
derivarlas al arte del clinch y el jub.
Es que
resulta magistral la manera en que niegan rotundamente aquello que todo el
mundo sabe que es cierto, rechazan de la forma más airada las acusaciones más
evidentes, y dicen que jamás dijeron lo que todo el mundo escuchó que dijeron.
Mejor
aún, han elevado a condición de arte el responder una cosa muy diferente a la
que le preguntan los periodistas, quienes no se atreven a insistir por el
riesgo en que ponen su fuente laboral por una conducta que bien puede ser
interpretada por el fresco de raja como un atentado a su dignidad, y, por
cierto, a la libertad de prensa. Un periodista que intente develar el truco de
un sujeto así, puede considerarse un cesante con lepra.
Un fresco
de raja por definición vocacional, no vacila en mentir de la manera más
descarada porque sabe que las mentiras chicas son mal vistas por los crédulos
de siempre.
Y hará
esfuerzos por desarrollar una especie de ubicuidad política que le permite
salir de un lugar de poder muchas veces en medio de un escándalo, para luego
aparecer en otro con más poder aún, con la sonrisa a flor de labios y
declarando que para avanzar hay que dejar atrás las cosas del pasado que en
nada contribuyen a la construcción de un país….
Y,
finalmente, un fresco de raja promedio cuenta con que muy en el fondo, a gran
parte de la chusma le gusta ser engrupida. Y de lo que haya hecho nadie
recordará nada cuando nuevamente sea elegido o nombrado en algún cargo en el
que desplegará con renovados bríos el increíble don que le ha permitido ganar con
legítimo derecho su sitial de fresco de raja.
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