martes, 3 de marzo de 2015

Gracias por los saludos!!!

En el prólogo a su libro Doce cuentos peregrinos, Gabriel García Márquez cuenta que en un sueño asistía a su propio entierro muy feliz de estar entre tantos amigos y cuando quiso volver uno de ellos le dijo que él era el único que no podía hacerlo, que debía quedarse ahí donde lo enterraban.  Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos”, concluyó entregándonos una perfecta tanto como terrible definición de la muerte.

Vista esa definición desde la vereda del frente, habría que concluir que vivir es estar siempre con los amigos y las amigas.

Y el que los tenga y que los goce, sabrá que es así: los amigos son fuente de vida. Por eso los que los gozamos podemos lucir una cierta salud, una cierta tersura que nos hace detener el tiempo en el momento en que queramos y, desafiando la física, esa que nada tiene que ver con el corazón, volvemos cada vez que nos da la gana a usar de nuestra edad, los años que nos parecen más cómodos según sea lo que enfrentemos.

Es que los años que acumulamos son para servirnos de ellos, no para sufrirlos. Están a nuestra disposición para tomar de aquellos con los cuales nos sentimos más cómodos para el goce de la vida.

Cualquiera por poco que sepa, se dará cuenta que los amigos y las amigas son contadores de historias que soportan el aderezo de la mentira en la proporción justa sólo para hacerlas más verdaderas. Y por sobre todo son escuchadores. Y por lo tanto cómplices.

Haga un ejercicio y póngase en el trágico caso en que no pueda hacer ni una ni otra cosa nunca jamás. Y vea que como se le ensombrece el corazón, condición única para el triste, es decir, el solitario.

Entonces renueve el gusto por los amigos y amigas. Reactive el placer irrepetibles de tenerlos solo porque sí, sin que medie un interés bastardo. Haga como el hombre feliz que no tenía camisa.

Y verá que cumplir un años más es equivalente a cumplir un poco más de vida si el balance que hace le permite concluir que en efecto, la vida sería como la muerte si no se tiene el soplo vital de la irreverencia necesaria, la ironía poética desplegada contra la tontera,  la indisciplina perfecta que despeina y florece, la maledicencia de altura que pone las cosas en su lugar y la precisa poética de lo imprudente que no considera  códigos, de los amigos y amigas más imperfectos.

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