En el prólogo a su libro Doce cuentos peregrinos, Gabriel
García Márquez cuenta que en un sueño asistía a su propio entierro muy feliz de
estar entre tantos amigos y cuando quiso volver uno de ellos le dijo que él era
el único que no podía hacerlo, que debía quedarse ahí donde lo enterraban. “Sólo entonces comprendí que morir es
no estar nunca más con los amigos”, concluyó
entregándonos una perfecta tanto como terrible definición de la muerte.
Vista esa definición desde la vereda del frente, habría que
concluir que vivir es estar siempre con los amigos y las amigas.
Y el que los tenga y que los goce, sabrá que es así: los
amigos son fuente de vida. Por eso los que los gozamos podemos lucir una cierta
salud, una cierta tersura que nos hace detener el tiempo en el momento en que
queramos y, desafiando la física, esa que nada tiene que ver con el corazón,
volvemos cada vez que nos da la gana a usar de nuestra edad, los años que nos
parecen más cómodos según sea lo que enfrentemos.
Es que los años que acumulamos son para servirnos de ellos,
no para sufrirlos. Están a nuestra disposición para tomar de aquellos con los
cuales nos sentimos más cómodos para el goce de la vida.
Cualquiera por poco que sepa, se dará cuenta que los amigos y
las amigas son contadores de historias que soportan el aderezo de la mentira en
la proporción justa sólo para hacerlas más verdaderas. Y por sobre todo son
escuchadores. Y por lo tanto cómplices.
Haga un ejercicio y póngase en el trágico caso en que no
pueda hacer ni una ni otra cosa nunca jamás. Y vea que como se le ensombrece el
corazón, condición única para el triste, es decir, el solitario.
Entonces renueve el gusto por los amigos y amigas. Reactive
el placer irrepetibles de tenerlos solo porque sí, sin que medie un interés
bastardo. Haga como el hombre feliz que no tenía camisa.
Y verá que cumplir un años más es equivalente a cumplir un
poco más de vida si el balance que hace le permite concluir que en efecto, la
vida sería como la muerte si no se tiene el soplo vital de la irreverencia
necesaria, la ironía poética desplegada contra la tontera, la indisciplina perfecta que despeina y
florece, la maledicencia de altura que pone las cosas en su lugar y la precisa
poética de lo imprudente que no considera
códigos, de los amigos y amigas más imperfectos.
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