Ricardo Candia Cares
El
Presidente del Partido Socialista, listo como él solo, nos ofrece una
intempestiva subida por el chorro. A propósito de lo resuelto por el
Juez del Octavo Tribunal de Garantía que dejó en prisión preventiva a
cinco delincuentes, avisa que todos somos iguales ante la ley. Más raro
aún que esta declaración, es que no se haya escuchado una monumental
carcajada a lo largo del país.
Semejante extrapolación del
todo falsa, es posible solo en un contexto en el que quienes deberían
decir algo más que esta boca es mía, se encuentran esperando que los
jueces y fiscales le hagan la pega.
El sistema político se
encuentra atenazado por sus propios excesos y por sus propias leyes, y
algunos de sus más prominentes sostenedores deben ahora dormir en una
cárcel. Pero no significa que estemos en los estertores finales de nada
Es
cierto que en el último tiempo arrecian situaciones que han dejado a
los poderosos en una exposición mediática bastante incómoda: acusados de
ladrones, de corruptos, de sinvergüenzas y delincuentes. También
resulta notable que deban dormir en la Capitán Yáber, y que el caso
estimule una anidada sed de venganza, pero todo aún es muy poco.
Sobre
todo si quienes se sientan hoy en el banquillo de los acusados sean con
certeza, no más que una fracción mínima de todos los de su calaña. No
hay, no podría haber, una mega fortuna inocente.
El
traspié sufrido por PENTA no tiene relación con la existencia de un
sistema político que denuncie sistemáticamente estos abusos. Ni con
policías expertas que se abocan a cazar este tipo de delincuentes, ni
con un ordenamiento jurídico que se haga cargo de que las cosas corran
por carriles legales.
No. Los casos conocidos, todos, son solo producto de casualidades, accidentes o venganzas.
Veamos
por qué estalla el caso más patético, aún cuando no el más millonario
que ha afectado precisamente al ícono impoluto de la presidenta de la
república, que hasta hace poco aparecía elevada por sobre las
contingencias terrenales, impoluta, creíble y justiciera.
Su
retoño montado en el aparato de los poderosos no por sus luces que no
parecen tantas, sino por el amor de madre ese indiscutible abismo sin
medida capaz de todo por sus cachorros, utilizó su tarjeta de
presentación para un negocio inalcanzable para quienes no militan en la
casta del poder. Una costumbre de las más normales, de pronto irrumpe
como pecado por la gestión anónima de quien estimó el momento preciso
para pasar su cuenta.
No hay frescuras nuevas. Solo hay nuevas torpezas.
Los
casos delictivos y de corrupción ofrecen suficiente material para que
los críticos del modelo sustenten aún con mayores razones la necesidad
de un cambio en las condiciones que permiten que estos robos y
negociados se reproduzcan con abismante normalidad.
Como
era de esperar, las exigencias de una Asamblea Constituyente como
vehículo para superar la podredumbre del modelo, se han dejado escuchar
con insistencia. Sin embargo, mucho antes de pensar una Asamblea
Constituyente, lo que no necesariamente predice nada democrático, se
levanta la necesidad de relevar la decencia como consigna que denuncie,
proteste y subleve.
¿Por qué no exigir que se vayan todos
como una condición refundacional y desestabilizadora? ¿Por qué no la
encarcelación de todos los corruptos se instala como una exigencia
propia de insurgentes y rebeldes?
No robar, que sea el eslogan más audaz. Y pagarás tus impuestos con devoción religiosa, un dictum agregado a los decálogos.
De
ahora en más los ministros, parlamentarios, empresarios y funcionarios
públicos, deberían jurar con la mano sobre el Código Penal: “Juro
solemnemente que observaré con rigor lo dispuesto en el Libro segundo,
Titulo IX, ….”
La palabra crisis retumba con un eco de cosa definitiva.
Sin
embargo, a la cultura que permite, prohíja y reproduce conductas como
las que han sido, casi por casualidad, sorprendidas en falta, le queda
vida para rato.
Ni los más ardientes enemigos del
neoliberalismo, ni la izquierda más revolucionaria, ni siquiera los
estudiantes rebeldes y sus movilizaciones campeonas tienen algo que ver
con esta crisis.
No. Lo del sistema y sus manifestaciones
de amor inconmensurable por el dinero, cuyos resultados son esos
escándalos con los que hemos gozado en vivo y en directo, son más bien
fallas internas, autogoles de media cancha, errores producto de la
estulticia de un gordito tirado a vivo o de un contador poco prolijo.
Los
movimientos sociales y colectivos de izquierda que tuvieron a bien
jaquear al sistema desde las calles, deben mostrar algo más que su
alegría ante estos hallazgos y salir del silencio del que no tiene nada
que decir, habiendo tanto.
Se echa de menos que desde el
lado de los intransigentes enemigos del modelo, salga algo más que
aplausos y palabras de esperanza por lo que pueden hacer fiscales y
jueces. Y resulta tan patético como absurdo esperar ellos sean los que
desmoronen el sistema.
Todos sabemos que esos funcionarios
públicos tienen sus meses contados. Meterse con los poderosos que
financian a la más sanguinaria de las ultraderechas del mundo no es
algo que en el balance final, salga gratis. Por lo menos, barato no les
será.
Los cazadores de las condiciones objetivas, sin las
cuales son mueven un dedo, podrían hacer su agosto en otoño. Pocas
veces el sistema ha mostrado mayor debilidad como ahora en que sus
bastiones inexpugnables ofrecen flancos del todo abordables.
Pero
parece que el asombro tiene efectos narcóticos si se tiene en cuenta el
silencio y la inactividad de los anti sistémicos, enemigos jurados de
la cultura corrupta del neoliberalismo.
Resulta evidente
como el modelo, a los más revolucionarios de los anti neoliberales, los
hace pender del calendario electoral, y a los más revoltosos, del
escolar.
Se alza como necesaria una palabra que aclare y proponga. Y que desplace el silencio propio del asombro estéril.
Mucho
se especula sobre qué pasaría de haber elecciones en este clima
político sumido en un olor propio de un vertedero Si las anteriores
elecciones dejaron a un sesenta por ciento de gente en casa, ¿qué
pasaría hoy conminada a la chusma a votar?
No faltan los
ingenuos que aseguran que ahora sí, la gente se volcaría a codazos a
votar por la izquierda, inscrita ahora como fuerza beligerante en la
justa electoral.
La cosa parece ser más simple. Las
consignas de la izquierda normalmente alambicadas y alejadas de la
compresión del la gente llana, tienen una opción ahora para imponer toda
la fuerza del sentido común: la honradez, la honestidad y la
transparencia en esta trifulca de ladrones y frescos de raja, alcanzan
rasgos revolucionarios. Sea normal: pague sus impuestos y no estafe a
nadie.
¿Por qué nadie aún ha llamado a la gran marcha
contra los ladrones de cuello y corbata, contra los corruptos de toda
laya, contras los negociados y los arreglines de la casta política antes
que las oficinas secretas se encarguen de arreglarlo todo y que vuelva
por sus fueros la impunidad de siempre?
¿Qué se espera
para generar un movimiento popular que exija la salida de todo corrupto,
sinvergüenza, ladrón, mentiroso, aprovechador, vendido o arrendado?
http://www.elpuertolibre.cl/archivos/45508
http://www.elclarin.cl/web/opinion/politica/14973-jurando-sobre-el-codigo-penal-o-mejor-aun-que-se-vayan-todos.html
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