Ricardo Candia Cares
Cuando
la presidenta dice que disfrazarse de médico en este país es grito y plata,
está falsificando un instrumento propagandístico destinado a manipular un hecho
por demás sensible en una población castigada y humillada cada vez que debe
asistir a un centro de salud a medio morirse.
Resultan
falsas sus alocuciones que se refieren a buscar un cierto sentido ético en la
actuación suya y de su gobierno. Llega atrasada esa definición forzada solo por
que se descubrió algo que bien pudiera haber quedado al amparo fresco y
saludable del secreto más profundo. Como casi todo.
Del
mismo modo, es imposible creerle a la presidenta cuando dice no saber en qué
anda su hijo, con el que veranea en la misma casa y de seguro comparte
desayuno, almuerzo, once y las canciones de la fogata de la noche. ¿De qué se hablará en la
intimidad de esa familia?
Pero no
es sólo su hijo, que llegó por decisión presidencial/maternal a ocupar un
puesto criticado desde el día uno, sino que es toda una comparsa de
sinvergüenzas la que ha hecho fortuna cobrando por sus gestiones políticas. Es
una cultura enquistada.
Queda
claro ahora que jamás se ha actuado con la ética de la que habla la presidenta
que ha dado muestras vergonzosas de falta de liderazgo, incluso en su propia
casa. Que esperar entonces de sus equipos de gobierno y del cártel de frescos que
hace y deshace supuestamente a sus espaldas. O a la presidenta se le arrancaron
los bueyes o ella los arrea, pero para el caso, es lo mismo.
Michelle
Bachelet ya no convence sino a aquellos que apuestan a tocar alguna vez un poquito
de lo que han tocado esos operadores de boletas y facturas falsas. Y por más
que insista en que es ella la que manda, queda en muchos la sensación de que su
persona no es otra cosa que un títere en manos de los que sí lo hacen.
De
sobra queda en evidencia su falta de liderazgo al no ser capaz de enfrentar con
una autocrítica, que no resolverá nada pero al menos dejaría la sensación de
escuchar a alguien que se hace cargo, que lidera, que manda y es obedecida, que
asume su responsabilidad.
Luego,
aparece en escena la operación para sacar de escena al Fiscal que ha llevado la
investigación que roza la esencia misma de la Nueva Mayoría: en el poder las
trenzas que toman las decisiones se vinculan orgánicamente en las sombras.
Torpemente, pero se cruzan.
La
técnica de detener un escándalo con otro de mayor envergadura parece más bien
una torpeza que solo aparece en las condiciones desorientadoras de un naufragio.
Lo
cierto, lo dramáticamente cierto, es que en la gestión de la mandataria no ha
habido ni más igualdad, ni más sentido de lo justo. Quizás como nunca antes las
cifras que demuestran que este país viene siendo cada día más desigual e
inequitativo, han aumentado durante su gestión. Para qué decir del robo y la
sinvergüenzura.
Sus
caras de circunstancias, sus tarjetitas con apuntes, su discurso maternal, sus
inflexiones, ya no van a convencer sino a los ya convencidos.
Y la
garnacha puesta en el escenario hasta hoy, deberá revisar muy bien el siguiente
pasó de su tinglado.
En
estas instancias es cuando se echa de menos una voz distinta que ofrezca un
camino. Es cuando resulta trágica la inexistencia de una izquierda que levante
la voz para decir algo que no sea lo mismo de siempre.
Como
pocas veces están dadas las condiciones como para impulsar un movimiento de
gentes decentes que se propongan sacar la cáfila de sinvergüenzas que han construido
sus fortunas sobre las espaldas de la tontera congénita de quienes aún les
creen.
Algunos
recordarán como la indignación se mostró con gran ímpetu hace unos años. Y como
no sirvió de mucho cuando los estudiantes más lúcidos no fueron capaces de
tomar decisiones.
De
triste y patético recuerdo son también esas candidaturas que se proponían
cambiarlo todo y cuyos resultados los dejaron aún más atrás hasta de sus más
pesimistas predicciones.
Y no
deja de asombrar que grupos de gente de izquierda insista en la creación de partidos
para ocupar, ahora sí, los entresijos que dejaría sin cubrir el sistema en la
nueva institucionalidad electoral. Rara cosa la del apostar por el fracaso.
Bastaría
levantar la bandera de la decencia y de la honestidad para corretear a todo el
cártel de frescos, sinvergüenzas, ladrones, mentirosos. Sería suficiente con
urdir un discurso que haga sentido en la gente a nivel de la cosa tan básica
como alejar del poder a la corrupción generalizada, al robo como práctica
común, a la sinvergüenzura basada en la impunidad.
Y una
nueva manera de entender la política en la cual no quede espacio para la
manipulación, ni para la mentira ni para la falsificación de ideas que buscan
engañar y volver a engañar a la gente que insiste en creer.
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