Cuando despertó, le acercó su mano a la frente tanteando cuánto de fiebre tendría. Lo calculaba así no más, tocando, porque para termómetro no había, y si acaso había tenido alguna medicina durante los momentos de mayor gravedad, fue por el concurso caritativo de las mujeres silenciosas y oscuras que vivían a no muchos metros de su vivienda, sobresaltadas por la enfermedad del niño, que parecía definitiva. Tampoco había para pan, ni para otra cosa de comer en su pieza hecha de retazos de cartones y sacos, levantada por milagro en esa población, a continuación de un basural. O en medio del mismo, no se podría saber con certeza.
Dos semanas llevaba al lado del
muchachito carcomido por la fiebre y por esa tos de perro que lo levantaba de
las ropas revueltas de ese cuadrilátero parecido a una cama. Lo malo ya había
pasado. Las apneas que lo ponían
amoratado, los espasmos inducidos por la fiebre y las eternas noches de
insomnio parecían llegar a su fin. Las pocas cosas para comer que la lástima de
las viejas vecinas acercaba de vez en cuando, ya se habían terminado y sólo le
quedaba un pequeño trozo de vela que alumbraba su angustia de no saber si
habría mañana, rondando en su cabeza.
Que había pasado hace mucho la hora
de almorzar, se lo informaba la sensación de vacío que tenía en su estómago, y
el sol que ya comenzaba a bajar hacia el poniente. Miró por largo rato al niño
y su respiración pausada y regular. El mocoso estaba mejor, según se lo dijo la
poca calentura que calculaba con su mano y eso la tranquilizó. Ella, su madre,
sólo costillas y caderas tenía tras las dos semanas de cuidar al muchacho que
casi se le fue volando directo al cielo por una fiebre de espanto. Sus ojos
estragados revelaban las noches de mal dormir, y del mal comer, eran indicios su
pómulos sobresalientes, su palidez insana y sus senos secos de los cuales salía
apenas un hilillo de leche, penosa y desnutrida. El niño enfermo la mortificó
los últimos quince días y ahora, en el descanso que le ofrecía el sueño tranquilo
del bebé, la mortificación no tener nada que meterse en el cuerpo para calmar
la mente y aliviar la desesperación de la abstinencia. El hambre, era algo de
más fácil manejo.
Miró por la ventana, si entendemos
por tal ese agujero abierto en medio de los cartones que cubrían los muros de
su pieza, los cuales se afirmaban precariamente a los retazos de sacos de yute mediante delgados listones
de madera. Más allá, no mucho, el basural se extendía serpenteante, compartiendo
de tanto en tanto con los recovecos caóticos de la población y definiendo, con una geometría caprichosa,
los senderos que comunicaban ese laberinto polvoriento y sin ánima. Mucho más lejos,
un abismo señalaba el lugar en donde se agitaba la ciudad grande de la que sólo se veía el
relumbre de sus luces por las noches y desde la cual, durante el día, un rumor
como de voces antiguas y cansadas llegaba a rastras hasta la población. Y hacia
el infinito, la extensión misteriosa del
océano que replicaba un sol de acero a mediodía y se encendía de rojo por la tarde.
Hoy es viernes, se dijo como
calculando con los ojos semi cerrados, acostada de espaldas en su jergón, al
lado de su niño. Levantarme para qué, pensó. No supo de donde le vino esa
intensas ganas de llorar en silencio y como obedeciendo a una orden misteriosa,
desde ambos ojos se le desplazaron unas lágrimas que bajaron simultáneas hacia
sus sienes. Imágenes trágicas de una vida corta e irremediablemente perdida,
desfilaron por sus ojos anegados por un llanto de trazos largos y de sonidos
agudos, marchitos y débiles. En esa
posición estuvo el largo rato en que la pesadumbre de su vida consumida por la
derrota prematura y el negro abismo que suponía por futuro, ocupó la visión de
sus ojos cerrados, hasta que se durmió.
Despertó algunas horas más tarde
con la certeza de haber soñado algo que le generaba miedo, pero no supo saber
qué fue. Con algo de esfuerzo y con un impulso aprendido en reiterados
ejercicios similares, logró borrar de una plumada esa sensación dolorosa y se
incorporó. El niño dormía plácidamente a su lado y en sus mejillas había un
color distinto al que lució los últimos días.
Algo para la mente, se dijo cuando
serenó su respiración y los recuerdos vagos de sus pesadillas que le producían
esa sensación de pena infinita y ese dolor en el pecho, comenzaron su retirada
transitoria. Algo para la mente, se repitió, mientras secaba sus lágrimas y
sentía en sus mejillas un ardor extraño. Oscurecía. Acomodó detrás del último
retazo de vela la estampa de un santo que le habían regalado por milagroso y
que, hasta ahora, le había dado resultados a juzgar por la mejoría del niño.
Que me vea, que sepa que estoy aquí, murmuró. Miró el sueño reposado del niño y
pensó que si en las noches anteriores había dormido mal, éste sería un merecido
día de descanso después de mucho. Lo peor ya pasó, se dijo como para
convencerse.
Se asomó a la puerta haciendo un
esfuerzo para mirar sobre los retazos de cartón y madera que daban forma a la
población envuelta en una tristeza que flotaba como polvo en suspensión mezclado
con el humo azulino que parecía venir de todos lados. La escasa brisa le
terminó de secar los surcos salados de sus lágrimas inútiles. No circulaba
mucha gente a esa ahora de la tarde, pero en la esquina estaban los habituales personajes
del sector con sus pantalones a media canilla, zapatillas fosforescentes,
tatuajes indescifrables y la cadencia insoportable del reguetón que salía de sus
teléfonos celulares.
La llevó el cuerpo, el temblor propio
de la abstinencia, la angustia asfixiante, aunque el corazón se negaba. El niño
dormía plácido entre las ropas caóticas de la cama cuando se aventuró hasta la
esquina como quien va y vuelve.
- Qué onda un
pipazo, dijo por saludo al grupo de muchachos de la esquina, y pensó en ese
mismo momento, será uno sólo.
Su llegada fue saludada con
manotazos rituales y unos dedos solidarios le alargaron una pipa hecha de
coplas metálicas que daba la impresión era la zarpa dura de un ave de fábula. Quedó
mirando el metal oscuro dentro del cual estaba el fin de su angustia. Se llevó
la pipa a la boca y aspiró con avidez el humo hasta quedar como suspendida en
el vacío por diez interminable segundos durante los cuales interrumpió la
respiración. Los ojos cerrados, las mejillas infladas, las manos sobre el pecho,
aferradas a la pipa, los hombros proyectados hacia delante, el pelo ocultando
su cara, fue lo que dejó por rastro ese instante de placer. Soltó lentamente un
escaso humo celeste con un rumor sordo que le nacía en la garganta y moría en
un estertor final parecido a un escalofrío. Murmuró algo que nadie escuchó y se
sentó sobre la tierra oscura afirmando su esquelética espalda en un muro
desnudo. Sintió que se le iba el alma en
las exhalaciones finales de la pasta base, en la sensación de angustia que
sigue, segundos después del efímero placer del primer pipazo.
Su pelo, una maraña oscura sobre el
rostro, los ojos, desorbitados, enormes y negros en el paréntesis sin expresión
de unos pómulos tristes, todo eso quedó junto con la necesidad de otra dosis.
No supo cuánto tiempo permaneció en
esa deriva triste y sin horizonte, pero el incontrolable deseo de seguir
fumando la puso de pie. Los solidarios socios se fueron y quedó sola en la
esquina alumbrada suavemente con una luz amarilla, escasa y triste. Caminó sin
dirección, con la secreta esperanza de encontrar otra mano solidaria y un poco
de droga, pero no encontró a nadie. El campamento comenzó a esconderse detrás
del velo negro del humo que salía de las fogatas encendidas para escapar del
frío del desierto, y un olor a fritanga lo inundó todo. Tanteó sus bolsillos
buscando algunas monedas que sabía no tenía.
Aún sin capacidad para comprar la más mínima dosis, golpeó con sus nudillos
temblorosos la primera puerta que encontró. No alcanzó a decir nada y el hombre
que abrió para ver quien era, la cerró de golpe a centímetros de su cara. Volvió
de nuevo a la esquina con toda esperanza abandonada y miró la cercana rotonda
por la que circulaban los vehículos que bajaban al puerto y los que subían
hacia la carretera, más allá de los desnudos cerros cercanos. El frío comenzaba
a hacer sentir su mordedura de metal. Pensó en retornar a su casa y acostarse
junto a su niño, pero también pensó en lo que ofrece la rotonda, como otras
tantas veces. Y se dirigió a la parte más oscura de la vía, ya sabía a qué.
El primero que se detuvo al verla fue
un camión gigante y oscuro, como un animal de pesadilla. Desde muy arriba el
chofer con un gesto preciso le preguntó Cuánto. Segundos después ella subía por
la puerta contraria como la demostración elocuente que la negociación por el
precio había llegado a buen puerto. Después de varios camiones y vehículos
diversos, ya tenía lo suficiente para algunas dosis.
Cuando despertó por el frío de la
madrugada del desierto, tenía la boca seca y una sensación de tristeza tan
grande como su hambre. Le dolían las mandíbulas y un fugaz recuerdo le generó
una arcada seca y áspera. De pronto, la imagen de su hijo brotó en su cerebro
como un fogonazo. En el cielo una claridad celeste advertía que la noche había
pasado y que pronto el sol lo abrazaría todo acá abajo. Miró en dirección a su
pieza y sintió que su corazón le subía hasta la garganta cuando comenzó a
correr.
Las mujeres que conversaban en el lugar en que estuvo su casa,
guardaron silencio cuando la vieron venir. Quiso no pensar en esos segundos de
angustia. De su garganta comenzó a salir un sollozo entrecortado que le
dificultaba la respiración. Algo espantoso le inundó el cerebro ante las
mujeres que la miraron con ojos resecos y fríos, y cayó de rodillas en un
entrevero de cartones quemados y trozos de maderas que aún humeaban. Quiso
gritar muy fuerte su desesperación y un bramido oscuro salió de su garganta, y
en sus ojos, se dibujó el pozo negro que trae consigo el terror más grande.
Dos viejas oscuras rezaban el
rosario y miraban tras sus velos negros un bulto pequeño envuelto en una sábana
que alguna vez fue blanca, sobre la cual habían puesto la estampa algo
chamuscada de un santo que miraba sonriente.

No hay comentarios:
Publicar un comentario