lunes, 12 de enero de 2015

La angustia (Cuento ganador del 2º lugar Concurso Municipalidad de La Pintana, 2014)




 Cuando despertó, le acercó su mano a la frente tanteando cuánto de fiebre tendría. Lo calculaba así no más, tocando, porque para termómetro no había, y si acaso había tenido alguna medicina durante los momentos de mayor gravedad, fue por el concurso caritativo de las mujeres silenciosas y oscuras que vivían a no muchos metros de su vivienda, sobresaltadas por la enfermedad del niño, que parecía definitiva. Tampoco había para pan, ni para otra cosa de comer en su  pieza hecha de retazos de cartones y sacos, levantada por milagro en esa población, a continuación de un basural. O en medio del mismo, no se podría saber con certeza.



Dos semanas llevaba al lado del muchachito carcomido por la fiebre y por esa tos de perro que lo levantaba de las ropas revueltas de ese cuadrilátero parecido a una cama. Lo malo ya había pasado.  Las apneas que lo ponían amoratado, los espasmos inducidos por la fiebre y las eternas noches de insomnio parecían llegar a su fin. Las pocas cosas para comer que la lástima de las viejas vecinas acercaba de vez en cuando, ya se habían terminado y sólo le quedaba un pequeño trozo de vela que alumbraba su angustia de no saber si habría mañana, rondando en su cabeza.



Que había pasado hace mucho la hora de almorzar, se lo informaba la sensación de vacío que tenía en su estómago, y el sol que ya comenzaba a bajar hacia el poniente. Miró por largo rato al niño y su respiración pausada y regular. El mocoso estaba mejor, según se lo dijo la poca calentura que calculaba con su mano y eso la tranquilizó. Ella, su madre, sólo costillas y caderas tenía tras las dos semanas de cuidar al muchacho que casi se le fue volando directo al cielo por una fiebre de espanto. Sus ojos estragados revelaban las noches de mal dormir, y del mal comer, eran indicios su pómulos sobresalientes, su palidez insana y sus senos secos de los cuales salía apenas un hilillo de leche, penosa y desnutrida. El niño enfermo la mortificó los últimos quince días y ahora, en el descanso que le ofrecía el sueño tranquilo del bebé, la mortificación no tener nada que meterse en el cuerpo para calmar la mente y aliviar la desesperación de la abstinencia. El hambre, era algo de más fácil manejo.



Miró por la ventana, si entendemos por tal ese agujero abierto en medio de los cartones que cubrían los muros de su pieza, los cuales se afirmaban precariamente a los  retazos de sacos de yute mediante delgados listones de madera. Más allá, no mucho, el basural se extendía serpenteante, compartiendo de tanto en tanto con los recovecos caóticos de la población  y definiendo, con una geometría caprichosa, los senderos que comunicaban ese laberinto polvoriento y sin ánima. Mucho más lejos, un abismo señalaba el lugar en donde se agitaba  la ciudad grande de la que sólo se veía el relumbre de sus luces por las noches y desde la cual, durante el día, un rumor como de voces antiguas y cansadas llegaba a rastras hasta la población. Y hacia el infinito,  la extensión misteriosa del océano que replicaba un sol de acero a mediodía y se encendía de rojo por la tarde.



Hoy es viernes, se dijo como calculando con los ojos semi cerrados, acostada de espaldas en su jergón, al lado de su niño. Levantarme para qué, pensó. No supo de donde le vino esa intensas ganas de llorar en silencio y como obedeciendo a una orden misteriosa, desde ambos ojos se le desplazaron unas lágrimas que bajaron simultáneas hacia sus sienes. Imágenes trágicas de una vida corta e irremediablemente perdida, desfilaron por sus ojos anegados por un llanto de trazos largos y de sonidos agudos,  marchitos y débiles. En esa posición estuvo el largo rato en que la pesadumbre de su vida consumida por la derrota prematura y el negro abismo que suponía por futuro, ocupó la visión de sus ojos cerrados, hasta que se durmió.



Despertó algunas horas más tarde con la certeza de haber soñado algo que le generaba miedo, pero no supo saber qué fue. Con algo de esfuerzo y con un impulso aprendido en reiterados ejercicios similares, logró borrar de una plumada esa sensación dolorosa y se incorporó. El niño dormía plácidamente a su lado y en sus mejillas había un color distinto al que lució los últimos días.



Algo para la mente, se dijo cuando serenó su respiración y los recuerdos vagos de sus pesadillas que le producían esa sensación de pena infinita y ese dolor en el pecho, comenzaron su retirada transitoria. Algo para la mente, se repitió, mientras secaba sus lágrimas y sentía en sus mejillas un ardor extraño. Oscurecía. Acomodó detrás del último retazo de vela la estampa de un santo que le habían regalado por milagroso y que, hasta ahora, le había dado resultados a juzgar por la mejoría del niño. Que me vea, que sepa que estoy aquí, murmuró. Miró el sueño reposado del niño y pensó que si en las noches anteriores había dormido mal, éste sería un merecido día de descanso después de mucho. Lo peor ya pasó, se dijo como para convencerse.



Se asomó a la puerta haciendo un esfuerzo para mirar sobre los retazos de cartón y madera que daban forma a la población envuelta en una tristeza que flotaba como polvo en suspensión mezclado con el humo azulino que parecía venir de todos lados. La escasa brisa le terminó de secar los surcos salados de sus lágrimas inútiles. No circulaba mucha gente a esa ahora de la tarde, pero en la esquina estaban los habituales personajes del sector con sus pantalones a media canilla, zapatillas fosforescentes, tatuajes indescifrables y la cadencia insoportable del reguetón que salía de sus teléfonos celulares.



La llevó el cuerpo, el temblor propio de la abstinencia, la angustia asfixiante, aunque el corazón se negaba. El niño dormía plácido entre las ropas caóticas de la cama cuando se aventuró hasta la esquina como quien va y vuelve.

- Qué onda un pipazo, dijo por saludo al grupo de muchachos de la esquina, y pensó en ese mismo momento, será uno sólo.

Su llegada fue saludada con manotazos rituales y unos dedos solidarios le alargaron una pipa hecha de coplas metálicas que daba la impresión era la zarpa dura de un ave de fábula. Quedó mirando el metal oscuro dentro del cual estaba el fin de su angustia. Se llevó la pipa a la boca y aspiró con avidez el humo hasta quedar como suspendida en el vacío por diez interminable segundos durante los cuales interrumpió la respiración. Los ojos cerrados, las mejillas infladas, las manos sobre el pecho, aferradas a la pipa, los hombros proyectados hacia delante, el pelo ocultando su cara, fue lo que dejó por rastro ese instante de placer. Soltó lentamente un escaso humo celeste con un rumor sordo que le nacía en la garganta y moría en un estertor final parecido a un escalofrío. Murmuró algo que nadie escuchó y se sentó sobre la tierra oscura afirmando su esquelética espalda en un muro desnudo. Sintió que se le  iba el alma en las exhalaciones finales de la pasta base, en la sensación de angustia que sigue, segundos después del efímero placer del primer pipazo.



Su pelo, una maraña oscura sobre el rostro, los ojos, desorbitados, enormes y negros en el paréntesis sin expresión de unos pómulos tristes, todo eso quedó junto con la necesidad de otra dosis.



No supo cuánto tiempo permaneció en esa deriva triste y sin horizonte, pero el incontrolable deseo de seguir fumando la puso de pie. Los solidarios socios se fueron y quedó sola en la esquina alumbrada suavemente con una luz amarilla, escasa y triste. Caminó sin dirección, con la secreta esperanza de encontrar otra mano solidaria y un poco de droga, pero no encontró a nadie. El campamento comenzó a esconderse detrás del velo negro del humo que salía de las fogatas encendidas para escapar del frío del desierto, y un olor a fritanga lo inundó todo. Tanteó sus bolsillos buscando algunas monedas que sabía no tenía.



Aún sin capacidad para comprar  la más mínima dosis, golpeó con sus nudillos temblorosos la primera puerta que encontró. No alcanzó a decir nada y el hombre que abrió para ver quien era, la cerró de golpe a centímetros de su cara. Volvió de nuevo a la esquina con toda esperanza abandonada y miró la cercana rotonda por la que circulaban los vehículos que bajaban al puerto y los que subían hacia la carretera, más allá de los desnudos cerros cercanos. El frío comenzaba a hacer sentir su mordedura de metal. Pensó en retornar a su casa y acostarse junto a su niño, pero también pensó en lo que ofrece la rotonda, como otras tantas veces. Y se dirigió a la parte más oscura de la vía, ya sabía a qué.



El primero que se detuvo al verla fue un camión gigante y oscuro, como un animal de pesadilla. Desde muy arriba el chofer con un gesto preciso le preguntó Cuánto. Segundos después ella subía por la puerta contraria como la demostración elocuente que la negociación por el precio había llegado a buen puerto. Después de varios camiones y vehículos diversos, ya tenía lo suficiente para algunas dosis.

Cuando despertó por el frío de la madrugada del desierto, tenía la boca seca y una sensación de tristeza tan grande como su hambre. Le dolían las mandíbulas y un fugaz recuerdo le generó una arcada seca y áspera. De pronto, la imagen de su hijo brotó en su cerebro como un fogonazo. En el cielo una claridad celeste advertía que la noche había pasado y que pronto el sol lo abrazaría todo acá abajo. Miró en dirección a su pieza y sintió que su corazón le subía hasta la garganta cuando comenzó a correr.



Las mujeres  que conversaban en el lugar en que estuvo su casa, guardaron silencio cuando la vieron venir. Quiso no pensar en esos segundos de angustia. De su garganta comenzó a salir un sollozo entrecortado que le dificultaba la respiración. Algo espantoso le inundó el cerebro ante las mujeres que la miraron con ojos resecos y fríos, y cayó de rodillas en un entrevero de cartones quemados y trozos de maderas que aún humeaban. Quiso gritar muy fuerte su desesperación y un bramido oscuro salió de su garganta, y en sus ojos, se dibujó el pozo negro que trae consigo el terror más grande.



Dos viejas oscuras rezaban el rosario y miraban tras sus velos negros un bulto pequeño envuelto en una sábana que alguna vez fue blanca, sobre la cual habían puesto la estampa algo chamuscada de un santo que miraba sonriente.

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