¿Y
si el escándalo de los dineros políticos no sea sino una operación de
inteligencia de gran escala que busca disciplinar o disminuir a la UDI
para ponerla en sincronía y en armonía con las reformas que apuntan a
entibar al sistema después del susto del año 2011, luego de que por el
otro extremo ya está disciplinado el Partido Comunista?
Con
la reforma al sistema binominal, el modelo ha dado otro paso en la
estrategia de perfeccionar aquellos nudos que el avance de sus propias
contradicciones, por un lado, y de la toma de conciencia de ciertos
sectores por otro, han dejado al desnudo. Sumemos también una cierta
inercia descontrolada, no muy bien advertida por un exceso de confianza
de los actores con tendencia al achanchamiento.
Así, se
consolidó la reforma tributaria, que dejó las cosas peor que antes; la
laboral, que le quitó a las organizaciones de trabajadores parte de sus
pocas garantías; y está en curso en su propio pantano una reforma
educacional que, doble contra sencillo, dejará en peor estado un sistema
educacional que ya se cae a pedazos y a los profesores, más castigados
y ninguneadas que antes por la simple estupidez de haber comenzado por
el final.
Es cierto que nada prometió el sacrosanto
programa de la Nueva Mayoría, pero lo que se dijo de él por sus exégetas
era que de sus propuestas dependía un futuro esplendoroso sobre todo
para aquellos que lo vienen pasando mal desde el mismo año 1973.
La
gestión de la segunda presidencia de Michelle Bachelet fue concebida
sólo para arreglar los entuertos de los gobiernos anteriores, incluidos
el de ella misma, que llevaron al modelo a vivir horas de real disgusto y
cierto temor.
Entonces, desde el punto de vista de los
reales manejadores del modelo, mantener ciertos enclaves que aumentan
las tensiones, dado el avance y entronización de la cultura neoliberal,
ya no se justifica.
Y correspondería pasar a otra etapa de
la refundación neoliberal, soltando algunas amarras que ya cumplieron
su objetivo y que, de sostenerlas, lo único que se logra es agudizar la
ira de los desalmados, de los ultras, de los eternamente insatisfechos y
de los envidiosos.
Se procedió entonces a activar las
válvulas de despiche del sistema para alivianar la presión que ya
parecía insostenible. Y se cedió, un poco por aquí, un poco por allá,
porque en las cuentas de los reales mandantes, esas concesiones, lejos
de poner en peligro el sistema, lo afianzan.
Digamos que
el retorno de la presidenta Bachelet y su plan restaurador es
determinado por esta necesidad. Ni siquiera por la insistencia insana de
Sebastián Piñera, no de toda la derecha ni menos de los poderosos, de
hacerse innecesariamente del gobierno.
Como quedará
registrado en la historia, a ese ejercicio de egolatría del empresario,
inútil e innecesario en la lectura de los poderosos, debía seguir un
esfuerzo de reforzamiento y calafeteo del sistema luego de la ofensiva
popular del 2011.
De manera que era necesario tomar
medidas extremas para cautelar que los sucesos de de ese año exótico no
dieran pie a lo que la lógica y el sentido común indicaba: que los
estudiantes, los únicos con reales capacidades de movilización, se
atrevieran a pasar de la protesta y los desfiles, a la acción política
directa allí donde se verifica esa pelea: en las elecciones. El resto,
es harina tostada.
Y Michelle Bachelet fue esa medida extrema de los que mandan, quizás en conflicto con su decisión más íntima.
Entonces,
luego de la embestida de reformas, dizque estructurales, de
reformulaciones en el aparato del Estado, de intentos, algunos
fructuosos, por desmovilizar y anular a los movilizados inconformistas,
recalcitrantes, ultrones, apurones, renegados y traidores, y luego de
reconocer que es necesario cambiar algunas cosas para que no cambie
nada, se da comienzo a la operación para disciplinar a la ultraderecha,
la que ya no resulta útil, por lo menos en su actual configuración: sin
dinero es muy posible que se restrinja notablemente su tamaño, se podría
pensar.
Como saben hasta las piedras en este país,
siempre los poderosos han financiado a sus partidos, mejor dicho, sus
brazos políticos. Lo que se destapa no es algo nuevo. Y ahí radica lo
extraño. ¿Por qué algo sabido revienta como un escándalo de magnitud
estelar si se pudo controlar, tal como se ha hecho con tantos escándalos
incluso de mayor envergadura?¿Los aparatos de inteligencia no
detectaron el peligro? En tiempos de operaciones de falsa o tercera
bandera, ¿no estaremos enfrente de algo parecido?
Por mucho menos, han muerto varios.
Que
el dinero es a la política como el afrecho al chancho, es algo sabido.
¿Quién gana con este escándalo? Gana el sistema. Luego que se calmen
las aguas, la segunda parte de la operación será recomponer todo de modo
que la ciudadanía, es decir el hato de giles que les vota una y otra
vez, recupere la confianza en sus representantes y todo vuelva a la
normalidad y de paso aumente el caudal de electores.
Y he aquí la mayor gracia del sistema, a pesar / o a propósito de todo esto, no va a pasar nada.
Así
que lo que resta es esperar la parte menos interesante, desde el punto
de vista del sistema: alguna renuncia o expulsión, golpes en el pecho,
tímidas formalizaciones, y, por sobre todo, nuevas leyes que prohíban o
que intenten restringir financiamientos poco transparentes, y de paso
aportarán con un tinte de decencia que tanta falta le hace al cártel de
políticos.
Y de paso, la advertencia a los mega
empresarios: ya no es necesario que se financie al brazo civil de la
ultraderecha, que para lo que se requiere en este tiempo, con la Nueva
Mayoría es suficiente.
Y por cierto vendrá mucha, mucha mala memoria.
http://eldesconcierto.cl/caso-penta-una-operacion-de-falsa-bandera/
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