Una
anosmia criada a partir de los tiempos en que el asombro se batía en
retirada para no volver nunca más, es la que no permite a la ciudadanía,
pueblo, chusma, gente, gilerío, percibir que el ambiente político gana
en hedores repulsivos a cualquier chiquero.
Luchar por un
país decente debería ser considerado como un llamado a la subversión en
estos tiempos en que la indecencia campea y los escándalos se superponen
unos sobre otros, y son el pan de cada día.
Sería
suficiente para quienes quieran cambiar las cosas, levantar la consigna
de la construcción de un país decente. Se demostraría que no son
necesarias las arengas complejas, ni los diagnósticos alambicados, ni
las ideologías remozadas para estimular un alzamiento de quienes deben
soportar sin decir esta boca es mía, que la podredumbre de todo un
sistema pase por su lado sin más opción que esperar que cada dos años y
medio se le convoque a votar.
Delitos que en un país
precisamente decente serían castigaos con severas penas, en el nuestro
solo dan para aderezar el comidillo de la política, cuyos cárteles
esperan resignados que por algún accidente contable, una pasada de
cuentas o por una falta de prolijidad, sus nombres aparezcan en las
listas secretas de quienes se venden y/o arriendan para los poderosos.
Es decir, casi todos.
En este país en que la ultraderecha
más temible de las que existen ha sido siempre el brazo político de los
poderosos, ya no causa asombro el que se conozcan los desfalcos que solo
querellas intestinas entre estos magnates sacan a la luz.
En caso alguno por ser conductas repulsivas, reñidas con la ley, las buenas costumbres, y los preceptos morales de la religión.
Y
mucho menos aún causa el estupor que debiera el que en medio del
escándalo que compromete a mandamases de la ultraderecha, éstos sean
recibido con alfombra roja por el Ministerio del Interior, y que, peor,
aún no se tenga idea de lo que se habló.
No sería raro que
en esa oportunidad unos y otros hayan acordando sentarse en la
ciudadanía, pueblo, chusma, gente, gilerío, por medio de coincidir en
la manera menos lesiva de dar por superado el escándalo. Un error lo
comete cualquiera
No sería extraño, dado que en los
últimos veinticinco años los acuerdos entre esos bueyes sin cuernos, ha
sido la condición que ha permitido todo lo que se ve.
Mediante
esa buena vecindad, se ha implementado la mejor manera de someter a los
díscolos, inconformistas y rebeldes que creyeron que salir de la
dictadura no era suficiente.
De tanto convivir con esos
olores, ya no se siente la podredumbre de un sistema que en nombre del
crecimiento económico, perfeccionó lo que por tiempo no alcanzó a hacer
la tiranía. Y le dio viso de legitimidad a una cultura cuya esencia es
contraria a lo que se entiende por decencia, por cosa limpia.
En
Chile es bien pagado ser delincuente de alto vuelo. Los personajes
siniestros cuyos pasados están relacionados íntimamente con la
dictadura, cuyas fortunas proceden del saqueo uniformado de las empresas
del Estado, verdaderos botines de guerra, y que por la vía de la compra
o arriendo de políticos han hecho lo que han querido para su propio
beneficio, gozan de un estatus de gente decente, de esfuerzo, de familia
con blasones.
En nuestro país reina la impunidad con la
anuencia y complicidad de un cómodo tándem de políticos otrora de
izquierda, que se han visto beneficiados económicamente por la vía de
mirar con un solo ojo.
Esta práctica ha dado origen a una
casta nueva de oligarcas para quienes la pobreza es un dato estadístico,
la lucha mapuche una molestia a cargo de la policía, el reclamo de la
gente envidia de los inconformistas de siempre y el legado pinochetista
un déficit con el que se puede convivir.
De la cultura anidada en esa convivencia, trasciende el olor al que ya parecemos acostumbrados.
Mientras
tanto, en algunos rincones y recovecos, esporas izquierdistas dan
rienda suelta a la imaginación urdiendo teorías, manifiestos, proyectos y
revoluciones. Y de vez en cuando pone en movimiento un desarrollado
sentido del auto castigo por la vía de intentar con una reiteración
enfermiza, ensayos de fracasos que ya ni siquiera llaman la atención.
La
izquierda debería revisar con ojo contemporáneo eso de las condiciones
objetivas y subjetivas, las teorías alambicadas y las experiencias
internacionales, y decidir restablecer el buen olfato, precursor de
reacciones de descontento, asco y repulsión, necesarias para un
levantamiento de sanidad nacional.
Un movimiento que se
proponga consignas tan básicas como la decencia, la honestidad y la
honradez, necesariamente debería ser considerado un potencial
revolucionario por cuanto proponerse la construcción de un país basado
en esas categorías impone la destrucción de este otro país en que la
indecencia ocupa rangos de las más altas investiduras, asentadas en las
más imponentes instituciones, con los mejores sueldos y la más eficiente
inmunidad.
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