"Se había ganado el derecho para estar en la vanguardia del asalto
definitivo. Su unidad había estado en las primeras posiciones durante
todo lo que duró la ofensiva final, y ahora, su misión era
encabezar ese asalto definitivo y evitar que el tirano abusara de las
buenas intenciones del gobierno provisional, insistiendo en condiciones
que los ganadores no tiene por qué aceptar a los perdedores. Su unidad
estaba compuesta por estudiantes que aún no llegaban a segundo medio,
pero que habían dado muestras de una ferocidad en la batalla, que
asombraba hasta el más veterano de los combatientes. Una vez un
corresponsal de guerra, alucinado por esa tropa de niños casi tan altos
como sus fusiles FAL, le preguntó por qué combatía con ellos. No supo de
donde vino su respuesta:
- A la edad de ellos el miedo aún no ha sido capaz de eclipsar su odio.
- Y a usted le parece bien eso-, replicó el periodista sin esconder su molestia.
- Odiar es mucho más sano que aparentar una santidad suicida. No confunda el odio con la maldad.
Y dejó al reportero mascullando palabras contra quienes utilizan niños
en los conflictos bélicos, mientras desaparecía con su escolta de
adolecentes. El objetivo era hacer prisionero al tirano para luego
levantar una jurado internacional que investigara sus crímenes y
finalmente, depositarlo en una cárcel de por vida, junto a sus
principales asesores y colaboradores. La ciudad estaba tomada por miles
de hombres y mujeres en armas y el mando hacía esfuerzos para evitar que
esa chusma ascendiera hasta los barrios altos en busca de venganza. De
hecho, hubo que hacer muchos esfuerzos para que un grupo que había
ocupado una batería de obuses de 105 milímetros, cejara en su intención
de disparar contra los cerros de Vitacura."
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