Casi
no existe caso en que se coloque una bomba sin decir para qué y quién lo hace.
Cosa rara, parecidos en ubicación y orfandad, el de la línea cinco del Metro y
el de la estación Escuela Militar, comparten lo triste que debe ser para
un bombazo no ser reconocido como hijo, como obra, como objetivo.
Toda
operación de esta naturaleza tiene un propósito político. Sea reivindicar la
causa contra el capitalismo y sus lacras, sea combatir el comunismo y sus
maldades, quien coloca un artefacto explosivo necesita dar a conocer su
motivación. Por jugar, por ver el efecto que produce, por calcular lo bien que
quedó la pólvora hecha en el patio de la casa, nadie lo hace.
En
estos casos, juegan un papel relevante los perfiles de quienes acuden a las
explosiones indiscriminadas para dar a conocer sus rabias, exigencias o
misiones. Cada uno de los que comparten esos medios, buscan que su acción les
reporte ser conocidos, y eventualmente emulados por otros. Su obra queda de
sobra reivindicada cuando salen sus siglas, sus exigencias o sus rabias en los
canales de televisión o en los diarios.
¿Pero
hacer reventar un lugar concurrido y no decir por qué o contra qué? Raro. Muy
raro.
Porque
no es muy difícil preparar el explosivo. Basta poner “pólvora negra” en su
buscador favorito y de inmediato se va a desplegar una infinita cantidad de
sitios en los cuales le indican cómo hacerla.
Aquí
solo diremos que la fórmula más elemental es: 75% de nitrato potásico, 15%
de carbón y 10% de azufre, nada que no se pueda comprar en el mall más cercano.
Como
vemos, lo difícil no es acceder al explosivo que permitirá salir en los diarios
y en los canales de TV. Lo complicado es diseñar la operación que permita salir
indemnes de la policía, los controles y las cámaras de seguridad.
Esta
parte requiere de ciertos conocimientos operativos, en especial los
relacionados con los enmascaramientos de las señas físicas y del mismo
explosivo, las vías de acceso y escape, los vehículos necesarios, la ubicación
exacta de las cámaras de seguridad que en el último tiempo han proliferado en
la ciudad. En otras palabras, nadie que va a volar un lugar poblado de
personas, improvisa su cometido.
Hacer todo ese camino para luego no reivindicar su
obra, no tiene sentido. A menos que nuestro objetivo sea precisamente estimular
la imaginación, el estigma, el prejuicio justo en el momento adecuado.
Pero
hacer todo ese camino para luego no reivindicar su obra, no tiene sentido. A
menos que nuestro objetivo sea precisamente estimular la imaginación, el
estigma, el prejuicio justo en el momento adecuado.
Cuando
nadie fue, cualquiera pudo ser. Cuando no se dice para o contra qué, cualquier
objetivo es posible.
El
mensaje, cuando no existe, es de algún modo claro: desde ahora en adelante,
puede ser a fulanito del tal al que le toque ser víctima de la explosión de un
extintor cargado de pólvora negra.
Lo
que se busca alterar es algo que tiene que ver con personas cualquiera, en
estos casos, con los ya castigados usuarios del Metro. Más raro aún.
Estamos
en presencia de una operación de gente que sabe lo que quiere y que no lo hace
contra el Estado, los órganos de la represión, los ministerios, la residencia
de la autoridad, el cuartel policial, el banco ni la farmacia.
El
objetivo es algo de mucha mayor importancia y que reside en la gente común
¿Faltará ahora un supermercado, un bus del Transantiago, una feria libre?
Estas
bombas, por muy huérfanas que parezcan, tienen padres que saben muy bien lo que
hacen. Como sugirió Garganta Profunda al periodista Woodward, quien siguiera la
pista del dinero en el caso Watergate, hoy ante esta serie de bombas sin padre,
correspondería sugerir seguir la pista del miedo.
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