Nos avisan de la infausta noticia que Héctor Medina Jiménez ha muerto.
Nos golpea en lo más profundo saber que nuestro querido camarada ha
partido. Y no podemos si no hacer llegar nuestro más profundo saludo
solidario a Javiera, su compañera, y a Héctor, su hijo.
Durante toda una vida nos vincularon con Héctor estrechos lazos de camaradería, de amistad y de familia. Unidos de múltiples y estrechas formas supimos de la persona profundamente humana que palpitó en Héctor durante su fructífera existencia.
Desde los heroicos tiempos de la Unidad Popular y sus exigencias que impulsaban a la juventud de esa época a epopeyas que no siempre se han recuperado para la memoria histórica, hasta los días negros de la dictadura, nuestras vidas se entrecruzaban llegando a construir lazos indelebles.
Como no recordar los años de la Escuela de Cultura Popular Pedro Aguirre Cerda, en donde nos cobijamos para tener donde juntarnos y a la vez, hacer algo que valiera la pena.
En esas hermosas tardes, a finales de los años setenta, un grupo multicolor de personas daba vida a la Navidad del Desierto, y los Picholeos del siglo diecinueve. Entre los músicos de esas comparsas, descollaba con la quena, la guitarra y la zampoña, el Tito.
Su entusiasmo casi mítico y su dedicación insistente lo llevaron a formar innumerables agrupaciones musicales, en los que siempre era el líder. Esos conjuntos folclóricos, esfuerzos de aficionados que tenían una clara disposición antifascista, tuvieron en él un gestor que hacía gala de un increíble entusiasmo, capaz de sobrellevar todos los posibles obstáculos.
Memorables son aquellas tardes en que su solidaridad se expresaba en invitaciones a sus compañeros a su casa de la Villa Municipal en las que se compartía buena comida, buen humor y música. En especial, el orgullo que manifestaba por su padre, un viejo pampino que acompañado por una mandolina, nos interpretaba temas recuperados por una memoria que se empecinaba en mantenerlas a salvo del olvido y que tocaba para nosotros en aquella solidaria casa de proletarios.
Una vez nos llevaban desde la Galería Doce de la Penitenciaría, a la fiscalía que nos procesaba durante la tiranía. Incomunicados como estábamos, nos pusieron al final de la fila de presos, encadenados el uno con el otro. Diez pares de prisioneros más allá, estaba Tito Medina, encadenado a otro de nuestros camaradas que partieron tempranamente, el Negro Mario. A la pasada, Tito nos dijo que afuera rodo estaba bien y nos instó a seguir resistiendo la incomunicación y que éramos esperados en la Calle Cinco. Esas palabras, dichas por alguien conocido nos dieron ánimos para aguantar el largo encierro.
Durante más de cuarenta años nuestras vidas se mezclaron en experiencias compartidas y esa hermandad fraguada en tantas alegrías, penas y sueños, mezclaron también nuestras familias y algunos de mis propios sobrinos, fueron también sus propios sobrinos.
Hace un par de días, su solidaridad y cercanía lo llevó a acompañarnos en la despedida de nuestro padre. Y nos parece una brutalidad desmedida de la vida que hoy nos inclinemos ante su propia desaparición física.
Envío un abrazo solidario tanto a Javiera, su compañera, como a Héctor, su hijo. Del mismo modo a nuestros sobrinos de la familia Candia Neira, a Pascualita, su suegra, a Ximena y Pancho su cuñado, a sus camaradas el Partido Comunista, y a todos los que se vinculaban con él por la sangre y por el amor.
Rindo mi homenaje a mi entrañable camarada Héctor Medina Jiménez, y abrigo la esperanza que el recuerdo de su ejemplo, testimonio, capacidad y entusiasmo, mitiguen aunque sean en parte la comprensible pena que embarga a los que lo quisieron.
Honor y gloria, por siempre..!!
Durante toda una vida nos vincularon con Héctor estrechos lazos de camaradería, de amistad y de familia. Unidos de múltiples y estrechas formas supimos de la persona profundamente humana que palpitó en Héctor durante su fructífera existencia.
Desde los heroicos tiempos de la Unidad Popular y sus exigencias que impulsaban a la juventud de esa época a epopeyas que no siempre se han recuperado para la memoria histórica, hasta los días negros de la dictadura, nuestras vidas se entrecruzaban llegando a construir lazos indelebles.
Como no recordar los años de la Escuela de Cultura Popular Pedro Aguirre Cerda, en donde nos cobijamos para tener donde juntarnos y a la vez, hacer algo que valiera la pena.
En esas hermosas tardes, a finales de los años setenta, un grupo multicolor de personas daba vida a la Navidad del Desierto, y los Picholeos del siglo diecinueve. Entre los músicos de esas comparsas, descollaba con la quena, la guitarra y la zampoña, el Tito.
Su entusiasmo casi mítico y su dedicación insistente lo llevaron a formar innumerables agrupaciones musicales, en los que siempre era el líder. Esos conjuntos folclóricos, esfuerzos de aficionados que tenían una clara disposición antifascista, tuvieron en él un gestor que hacía gala de un increíble entusiasmo, capaz de sobrellevar todos los posibles obstáculos.
Memorables son aquellas tardes en que su solidaridad se expresaba en invitaciones a sus compañeros a su casa de la Villa Municipal en las que se compartía buena comida, buen humor y música. En especial, el orgullo que manifestaba por su padre, un viejo pampino que acompañado por una mandolina, nos interpretaba temas recuperados por una memoria que se empecinaba en mantenerlas a salvo del olvido y que tocaba para nosotros en aquella solidaria casa de proletarios.
Una vez nos llevaban desde la Galería Doce de la Penitenciaría, a la fiscalía que nos procesaba durante la tiranía. Incomunicados como estábamos, nos pusieron al final de la fila de presos, encadenados el uno con el otro. Diez pares de prisioneros más allá, estaba Tito Medina, encadenado a otro de nuestros camaradas que partieron tempranamente, el Negro Mario. A la pasada, Tito nos dijo que afuera rodo estaba bien y nos instó a seguir resistiendo la incomunicación y que éramos esperados en la Calle Cinco. Esas palabras, dichas por alguien conocido nos dieron ánimos para aguantar el largo encierro.
Durante más de cuarenta años nuestras vidas se mezclaron en experiencias compartidas y esa hermandad fraguada en tantas alegrías, penas y sueños, mezclaron también nuestras familias y algunos de mis propios sobrinos, fueron también sus propios sobrinos.
Hace un par de días, su solidaridad y cercanía lo llevó a acompañarnos en la despedida de nuestro padre. Y nos parece una brutalidad desmedida de la vida que hoy nos inclinemos ante su propia desaparición física.
Envío un abrazo solidario tanto a Javiera, su compañera, como a Héctor, su hijo. Del mismo modo a nuestros sobrinos de la familia Candia Neira, a Pascualita, su suegra, a Ximena y Pancho su cuñado, a sus camaradas el Partido Comunista, y a todos los que se vinculaban con él por la sangre y por el amor.
Rindo mi homenaje a mi entrañable camarada Héctor Medina Jiménez, y abrigo la esperanza que el recuerdo de su ejemplo, testimonio, capacidad y entusiasmo, mitiguen aunque sean en parte la comprensible pena que embarga a los que lo quisieron.
Honor y gloria, por siempre..!!
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