Si la
que la expone es la presidenta Bachelet, la realidad será lo que lee en sus
tarjetitas nemotécnicas en donde todo reluce de una forma que por lo menos deja
perplejas a las personas que, en los hechos, han visto u oído otra cosa.
Promesas incluidas.
Sucedió
hace muy pocos días a propósito de la agitación que produjo un sospechoso de
haber contraído el virus Ébola y que fue ingresado al Hospital Barros Luco.
Lo que
se vio en la tele: desesperación de familiares, descontrol de los empelados,
desinformación de todos, ausencia completa de protocolos, equipos que no
servían para nada, fue explicado en la habitual forma en que la presidenta dice
sus cosas: leyendo sus tarjetitas como si estuviera improvisando: todo funcionó
según los protocoles definidos para esos casos.
Que
luego los empleados del mismo hospital hayan dicho a quien quiso escuchar que
ahí no había ni protocolos, ni equipos adecuados, ni nada que se le parezca, ya no vale la
pena. Lo importante es que la presidenta dijo que sí los había y eso es lo que
importa.
El
tamiz por el cual accede a la realidad parece mostrarle a la presidenta una
visión ideal que si coincide o no con lo que ven la persona de carne y hueso,
es ya dominio de la interpretación y para eso su alta magistratura no está
disponible.
Como
sabemos todos, la institución de la impunidad, orín que lo corroe todo, permite
que cualquiera que tenga un poquito de poder, tiene el derecho de hacer lo que
le salga de las gónadas en el convencimiento más profundo que jamás tendrá ni
la más mínima punición si lo que dice obedece a alguna de las formas en que se
puede decir una mentira.
Quizás
sea porque el poder genera funciones que los no poderosos no pueden tener por
alguna razón relacionada con la genética del perdedor consuetudinario: un
especie de tercer ojo que permite acceder a un universo que está más allá de lo
que permite el rango cromático visible o accesible para el sujeto común: una
metafísica presidencial inaccesible para
la gleba.
Hay
casos notables, tanto como vigentes y cercanos.
Cuando
la presidenta enfrenta los graves sucesos que a diario ocurren en el territorio
mapuche, su versión de las cosas le indica que se trata de eventos cuyas
soluciones son de una pragmática que limita con mandar tanquetas, tropas,
infiltrados y muchas balas.
Y allí,
donde debiera verse expresada una fina y sensible convicción de mujer
socialista, respecto de que un tema tan profundo y complejo no tiene sino
soluciones políticas, opta por la brutalidad de la ocupación militar. Obvio,
con sus respectivos fundamentos y respaldos legales tanto como éticos…
Otra. La
energía sucia que alimentará a las depredadoras faenas mineras que se llevan
las riquezas de todos los chilenos para el extranjero, son, en el encanto de
sus tarjetitas ayuda memoria, costos necesarios, aunque mínimos, que debe pagar
el país para su desarrollo, tomando eso sí, las medidas de mitigación
necesarias….
Para la
presidenta, las exigencias nunca atendidas de los familiares de las víctimas de
la dictadura, asesinados, desaparecidos y torturados, relacionadas con justicia,
verdad y reparación, también sufre severas alteraciones al momento de llegar a su particular comprensión.
Su
empatía ante el caso se limita con poner una cara propia de la contrición que
parte el alma. De lo que importa, nada.
Al revisar
su particular visión de las cosas en lo que se refiere a reformas y gestiones
gubernamentales, se repite con una sospechosa conducta fractal, la misma
situación.
Las
anunciadas reformas que apuntarían a hacer de este país uno más justo y
equitativo, terminan siendo casi todo lo contrario.
La reforma
educacional alardeada como la que releve, ponga en relieve, un sistema de
educación no mercantil, termina siendo una que releva, reemplaza, las
propuestas esgrimidas por los estudiantes y algunos trabajadores.
Reformas
laborales, en la lectura bacheletana, no significan mejor trato, respeto o condiciones humanas para los trabajadores,
sino mayores oportunidades para que los ya demasiado ricos, lo sean aun más.
Y el abarrotamiento
cancroide de las ciudades no pasa de ser un leve efecto colateral pero
manejable del crecimiento necesario, externalidades que serán abordadas por las autoridades competentes….
En fin.
La
realidad tiene sus horas contadas. Y los que insistan en creer que más allá de
la óptica presidencial hay mucho más país, gente, niños, latidos, memoria,
urgencias, dolores y mucho miedo, que vayan tomando nota de esas ilusiones.
Porque
por mucho tiempo más las realidades creadas y criadas en una y otra orilla, no
se encontrarán muy fácilmente.
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