En un
país en que los límites de la decencia se han ido corriendo conforme se asienta
una cultura para la cual el decoro y la dignidad de miden en los niveles de
riqueza que se pueden obtener, resulta difícil asombrase eindignarse por
nuevos actos de corrupción o de indignidad.
Pero lo
hecho por el abogado Eduardo Contreras, embajador de Chile en Uruguay, ha
pasado un límite de indecencia que sólo es posible encontrar en la historia más
oscura de nuestro país.
No son
pocos los que de verdad creemos que detrás de todo terrorismo solo ha habido
una mano: la de la ultraderecha que no se ha detenido en bombardear La Moneda,
asesinar a miles de compatriotas, torturar a centenares de miles y de
encarcelar a un número indeterminado de personas por el solo hecho de pensar
diferente y de intentar la construcción un país distinto.
La
derecha chilena inauguró un largo tiempo en que el terrorismo se enseñoreó
dejando una estela de tragedias que hasta el día de hoy no tienen solución ni
mucho menos justicia ni reparación debidas.
Por
eso, que haya fundadas sospechas que los atentados explosivos que se han
conocido en el último tiempo, atendidas sus características, sean efectivamente
impulsados por la sectores de derecha que no trepidan en actuar causando terror
como acción política, no es un hecho sin base en nuestra historia.
No otra
cosa dijo el embajador Contreras al diario de Uruguay. Y agregó un hecho que
está documentado en la historia y que ha sido develado por investigaciones
hecha incluso por el senado norteamericano: que la Democracia Cristiana,
dirigida por quien fuera el primer presidente de la transición, tuvo un rol
estelar en la desestabilización del gobierno de Salvador Allende, colaboró
activamente con la dictadura en los primeros años e hizo gestiones ante el
mundo para que se reconociera como legítima la asonada golpista.
Pero el
embajador Contreras no tuvo los pantalones ni la hombría necesarias para
sostener sus convicciones y, ante el riesgo de perder su puesto y prebendas, no
solo se retracta, sino que agrega a su indignidad, la indecencia de intentar
acusar al medio que lo entrevistó como el que sacó de contextos sus palabras.
Caer en
estas bajezas no es propio de personas que en su trayectoria profesional y
militante se ha identificado con causa de elevada moral, como es la de los de
Derechos Humanos y las víctimas de la represión.
Resulta
complejo el escenario en que el embajador Contreras deja a los militantes del
Partido Comunista, del cual es su único embajador, sobre todo si es cierto que
la presión de la dirección de esta colectividad fue lo que permitió su
continuación a cargo de la legación chilena en tierras uruguayas.
Lo
correcto habría sido sacarlo de inmediato de su cargo, sobre todo porque desde
ahora el embajador no debería ser muy bienvenido y es posible que reciba
comprensible desprecio.
Como
sabemos, Uruguay viene impulsando un proceso político encabezado por Pepe
Mujica, un presidente que goza del cariño de su pueblo y del respeto de la
buena gente del mundo por encarnar una manera de hacer política que pone altas
varas morales a esa gestión.
En Uruguay,
un país que goza de una democracia sólida, amplia libertad de expresión, es
difícil que entiendan la razones que tuvo el embajador Contreras para
desdecirse de sus convicción y de paso, intentar acusar a un diario uruguayo de
haber manipulados su palabras.
La
conducta del Embajador Contreras resulta de un patetismo penoso: la miserable escena
de un militante rendido por mantener un cargo pagado en dólares.
Asistimos
a la lastimosa indignidad de quien se ve obligado a pedir perdón a la derecha y
a todos a quienes supuestamente agredió con sus declaraciones, del todo
verdaderas, y a arrepentirse cual marrano que prefiere la cómoda conversión que
salva su puesto de trabajo, a lo duro
que siempre ha sido hacer coincidir lo que se dice con lo que se hace.
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