lunes, 20 de octubre de 2014

Marrano



En un país en que los límites de la decencia se han ido corriendo conforme se asienta una cultura para la cual el decoro y la dignidad de miden en los niveles de riqueza que se pueden obtener, resulta difícil asombrase eindignarse por nuevos actos de corrupción o de indignidad.

Pero lo hecho por el abogado Eduardo Contreras, embajador de Chile en Uruguay, ha pasado un límite de indecencia que sólo es posible encontrar en la historia más oscura de nuestro país.

No son pocos los que de verdad creemos que detrás de todo terrorismo solo ha habido una mano: la de la ultraderecha que no se ha detenido en bombardear La Moneda, asesinar a miles de compatriotas, torturar a centenares de miles y de encarcelar a un número indeterminado de personas por el solo hecho de pensar diferente y de intentar la construcción un país distinto.

La derecha chilena inauguró un largo tiempo en que el terrorismo se enseñoreó dejando una estela de tragedias que hasta el día de hoy no tienen solución ni mucho menos justicia ni reparación debidas.

Por eso, que haya fundadas sospechas que los atentados explosivos que se han conocido en el último tiempo, atendidas sus características, sean efectivamente impulsados por la sectores de derecha que no trepidan en actuar causando terror como acción política, no es un hecho sin base en nuestra historia.

No otra cosa dijo el embajador Contreras al diario de Uruguay. Y agregó un hecho que está documentado en la historia y que ha sido develado por investigaciones hecha incluso por el senado norteamericano: que la Democracia Cristiana, dirigida por quien fuera el primer presidente de la transición, tuvo un rol estelar en la desestabilización del gobierno de Salvador Allende, colaboró activamente con la dictadura en los primeros años e hizo gestiones ante el mundo para que se reconociera como legítima la asonada golpista.

Pero el embajador Contreras no tuvo los pantalones ni la hombría necesarias para sostener sus convicciones y, ante el riesgo de perder su puesto y prebendas, no solo se retracta, sino que agrega a su indignidad, la indecencia de intentar acusar al medio que lo entrevistó como el que sacó de contextos sus palabras.

Caer en estas bajezas no es propio de personas que en su trayectoria profesional y militante se ha identificado con causa de elevada moral, como es la de los de Derechos Humanos y las víctimas de la represión.

Resulta complejo el escenario en que el embajador Contreras deja a los militantes del Partido Comunista, del cual es su único embajador, sobre todo si es cierto que la presión de la dirección de esta colectividad fue lo que permitió su continuación a cargo de la legación chilena en tierras uruguayas.

Lo correcto habría sido sacarlo de inmediato de su cargo, sobre todo porque desde ahora el embajador no debería ser muy bienvenido y es posible que reciba comprensible desprecio.

Como sabemos, Uruguay viene impulsando un proceso político encabezado por Pepe Mujica, un presidente que goza del cariño de su pueblo y del respeto de la buena gente del mundo por encarnar una manera de hacer política que pone altas varas morales a esa gestión.

En Uruguay, un país que goza de una democracia sólida, amplia libertad de expresión, es difícil que entiendan la razones que tuvo el embajador Contreras para desdecirse de sus convicción y de paso, intentar acusar a un diario uruguayo de haber manipulados su palabras. 

La conducta del Embajador Contreras resulta de un patetismo penoso: la miserable escena de un militante rendido por mantener un cargo pagado en dólares.

Asistimos a la lastimosa indignidad de quien se ve obligado a pedir perdón a la derecha y a todos a quienes supuestamente agredió con sus declaraciones, del todo verdaderas, y a arrepentirse cual marrano que prefiere la cómoda conversión que salva su puesto de  trabajo, a lo duro que siempre ha sido hacer coincidir lo que se dice con lo que se hace.


















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