martes, 4 de noviembre de 2014

Gracias por el cariño y la solidaridad



Agradecemos todas las muestras de solidaridad que hemos recibido con ocasión del fallecimiento de nuestro padre.

Florentino fue un obrero ferroviario, he hizo de su vida un permanente aprendizaje de lo que era su pasión: los motores, sus compañeros del  Taller Eléctrico, la Maestranza Central de San Bernardo.

Había en nosotros una fascinación explicable cuando podíamos recorrer esas enormes instalaciones en la que predominaba en olor a la grasa consistente y al humo de las locomotoras a vapor. Cada septiembre salía de la Estación Central de Santiago el fue por decenios el Tren Obrero que los días laborales transportaba a los ferroviarios santiaguinos hacia San Bernardo. Quedaba en el ambiente un olor a proletario que muchas veces se confundió con el ronco protestar de los obreros cuando estallaban largas y combativas huelgas.

EL 15 de septiembre de cada año era la visita de los familiares a la Maestranza.

La locomotora del Tren obrero se guarnecía de guirnaldas y banderas y esa mole que bufaba energía entre vapores y tronaduras misteriosas, esperaba mansamente por ese día que miles de niños  alegraran el viaje que siempre nos parecía poco hasta la Maestranza, que por ese día se engalanaba de tricolores y música.

Los curtidos ferroviarios guiaban a sus familias en un paseo por los enormes talleres, y los niños nos fascinábamos al ver esos prodigios mecánicos, gigantes máquinas herramientas, grúas imposibles, aceros majestuosos, ruedas perfectas, locomotoras poéticas, bronces y misterios.

Luego, mesas enormes vestidas para la ocasión, servidas por esos hombres oscuros y rudos para sus visitas. El ponche era tradición servirlo en los globos de vidrio que eran en los otros días, las luminarias que iluminaban el acceso principal de la Maestranza.

Luego, por cierto, debíamos  lidiar para la vuelta con Florentino más bien pasadito, como era de espera entre tanto brindis patriótico y proletario.

Ese fue por casi cuarenta años el lugar en que nuestro padre pasaba la mayor parte de sus tiempos. Ahí comenzó como obrero del aseo, y terminó como Jefe de taller. Ahí tuvo sus amigos y camaradas, muchos de los cuales sucumbieron asesinados por los militares en el cerro Chena. Él mismo se salvó de esa incursión criminal.

Podía recitar la formación de Colo Colo del año 1941, y fue un profundo conocedor del tango argentino y del cine de los años cincuenta. Y heredó de su padre su afición por el Tiro al blanco, departe que sus hijos hemos practicado en distintas ocasiones y necesidades.

El día 30 de septiembre tomó su Tren Obrero del nunca jamás. Tranquilo se fue, en paz con sus hijos su conciencia y su historia, a ratos trágica, y muchas veces afectada por la soledad y la rudeza temprana, como puede ser la del niño que repartía pan en un carretón tirados por caballos en el barrio de su infancia: Blanco Encalada, Club Hípico, Almirante Latorre, Vergara. Su casa estaba en  Gay 2064.

En ese barrio conoció a Blanca Rosa nuestra madre, una campesina que se avecindaba en la capital en busca de las oportunidades que Malleco no auguraba.

Y de esa conjunción se desgajó esta familia que cuenta con nueve hijos, 24 nietos y 18 bisnietos en la que sigue latiendo más que el recuerdo, la enseñanza que emerge de sus aciertos y sus errores.

Heredamos la vida basados en ese aprendizaje humano. Y ahí vamos con la alegría manifiesta de quienes no se han rendido ni lo harán jamás, convencido que Florentino va con nosotros tras el mundo mejor que soñó.

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