Agradecemos
todas las muestras de solidaridad que hemos recibido con ocasión del
fallecimiento de nuestro padre.
Florentino
fue un obrero ferroviario, he hizo de su vida un permanente aprendizaje de lo
que era su pasión: los motores, sus compañeros del Taller Eléctrico, la Maestranza Central de San
Bernardo.
Había
en nosotros una fascinación explicable cuando podíamos recorrer esas enormes
instalaciones en la que predominaba en olor a la grasa consistente y al humo de
las locomotoras a vapor. Cada septiembre salía de la Estación Central de
Santiago el fue por decenios el Tren Obrero que los días laborales transportaba
a los ferroviarios santiaguinos hacia San Bernardo. Quedaba en el ambiente un
olor a proletario que muchas veces se confundió con el ronco protestar de los
obreros cuando estallaban largas y combativas huelgas.
EL 15
de septiembre de cada año era la visita de los familiares a la Maestranza.
La
locomotora del Tren obrero se guarnecía de guirnaldas y banderas y esa mole que
bufaba energía entre vapores y tronaduras misteriosas, esperaba mansamente por
ese día que miles de niños alegraran el
viaje que siempre nos parecía poco hasta la Maestranza, que por ese día se
engalanaba de tricolores y música.
Los
curtidos ferroviarios guiaban a sus familias en un paseo por los enormes
talleres, y los niños nos fascinábamos al ver esos prodigios mecánicos,
gigantes máquinas herramientas, grúas imposibles, aceros majestuosos, ruedas
perfectas, locomotoras poéticas, bronces y misterios.
Luego,
mesas enormes vestidas para la ocasión, servidas por esos hombres oscuros y
rudos para sus visitas. El ponche era tradición servirlo en los globos de
vidrio que eran en los otros días, las luminarias que iluminaban el acceso
principal de la Maestranza.
Luego,
por cierto, debíamos lidiar para la
vuelta con Florentino más bien pasadito, como era de espera entre tanto brindis
patriótico y proletario.
Ese fue
por casi cuarenta años el lugar en que nuestro padre pasaba la mayor parte de
sus tiempos. Ahí comenzó como obrero del aseo, y terminó como Jefe de taller.
Ahí tuvo sus amigos y camaradas, muchos de los cuales sucumbieron asesinados
por los militares en el cerro Chena. Él mismo se salvó de esa incursión
criminal.
Podía
recitar la formación de Colo Colo del año 1941, y fue un profundo conocedor del
tango argentino y del cine de los años cincuenta. Y heredó de su padre su
afición por el Tiro al blanco, departe que sus hijos hemos practicado en
distintas ocasiones y necesidades.
El día
30 de septiembre tomó su Tren Obrero del nunca jamás. Tranquilo se fue, en paz
con sus hijos su conciencia y su historia, a ratos trágica, y muchas veces
afectada por la soledad y la rudeza temprana, como puede ser la del niño que
repartía pan en un carretón tirados por caballos en el barrio de su infancia:
Blanco Encalada, Club Hípico, Almirante Latorre, Vergara. Su casa estaba
en Gay 2064.
En ese
barrio conoció a Blanca Rosa nuestra madre, una campesina que se avecindaba en
la capital en busca de las oportunidades que Malleco no auguraba.
Y de
esa conjunción se desgajó esta familia que cuenta con nueve hijos, 24 nietos y
18 bisnietos en la que sigue latiendo más que el recuerdo, la enseñanza que
emerge de sus aciertos y sus errores.
Heredamos
la vida basados en ese aprendizaje humano. Y ahí vamos con la alegría
manifiesta de quienes no se han rendido ni lo harán jamás, convencido que
Florentino va con nosotros tras el mundo mejor que soñó.
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