Una de las primeras tareas que debe enfrentar un gobierno de verdad
democrático, es revisar la normativa por la cual el Cuerpo de
Carabineros lleva a cabo sus misiones. Es una reforma que está pendiente
Informes
de organismos de Derechos Humanos denuncian con una frecuencia
abismante múltiples e inaceptables atropellos a la dignidad de las
personas sobre todo, de jóvenes estudiantes muchas de ellas incluso,
expuestas a manoseos de carácter sexual, durante la represión a sus
movilizaciones.
Y, por cierto, no pasa semana en que las noticias no traigan algún hecho delictual en que estén involucrados carabineros.
El
caso es que la discusión democrática respecto de las atribuciones y
alcances de la práctica policial, es un tema pendiente. Para los
gobiernos post dictatoriales parece cómodo que exista un órgano
represivo que muchas veces tenga bastante parecido a las que tuvo en la
dictadura. En especial, que escudado en la normativa que viene desde
entonces, se mande solo.
No podemos olvidar que el Cuerpo de Carabineros fue llevado por los mandos golpistas
a
involucrarse en el peor atentado contra la democracia que se haya
conocido, y que terminó con La Moneda en llamas y el presidente muerto
en su interior.
Y luego, fue principal protagonista de la
represión que por diecisiete años cercó al pueblo de Chile, a ese que
según himnos y consignas está llamado a proteger. Su trágica huella
quedó en su historia como baldón eterno luego de conocerse que
funcionarios de Carabineros estaban vinculados en el caso de los tres
chilenos a los cuales degollaron al amparo de sus mandos, instalaciones y
personal.
Entre las expectativas creadas por la gente
crédula de siempre, a partir del retiro de los militares golpistas del
gobierno, estaba la consideración de que en los gobiernos civiles que
sucedieran a la dictadura, aberraciones como las conocidas durante la
tiranía estarían no solo prohibidas, sino que serían inconcebibles.
No ha sido así. La represión policial es tan común que a casi nadie asombra. Es como la cordillera: está ahí, nada más.
Y
hoy nos hemos impuesto de una actitud que está expresamente prohibida,
pero sin embargo existe: el Cuerpo de Carabineros delibera en el momento
en que aparece criticando una publicación del Instituto de Derechos
Humanos, que no hace otra cosa que reproducir aquella realidad que
cualquiera puede ver en las imágenes y de la que se hacen eco organismo
internacionales especializados.
El pueblo de Chile se
merece mucho más de lo que hoy le sirve en el platillo de las sobras la
cultura neoliberal. Se merece un país más amable, más preocupado por el
que menos tiene, con énfasis diferenciados para no dejar atrás a los
compatriotas a los que no les sonríe la fortuna y con especial cuidado
por el más pobre y marginado. La gente de esta tierra tan castigada
merece mucho más de lo que hoy recibe.
En especial, merece
respeto, valoración, protección, dignidad. Y es en estos conceptos en
que la cultura prohijada en el último cuarto de siglo por una coalición
mentirosa y manipuladora, manifiesta una de sus mayores fallas. O,
derechamente, una opción.
El pueblo, palabra proscrita del
léxico político, es mancillado a diario por medio de sueldos
miserables, por una salud indigna, por un medio ambiente enfermo por la
ambición de un puñado de miserables, por un sistema de pensiones que
condena a los viejos a vivir sus últimos años en la miseria, por
políticas públicas mezquinas, y porque aún no se disipan como debiera la
fetidez de la dictadura. Y por miserables, sinvergüenzas y ladrones.
En muchos aspectos cotidianos aún se vive en este país como se hizo durante los diecisiete años del tirano.
Y
una de esas veces es cuando la policía uniformada parece actuar sin
entendimiento, y acatando irreflexivamente órdenes que más parecen
fallas emocionales que no distinguen entre el criterio y la ceguera
irracional que los mueve, golpea y castiga en forma aleve y
desproporcionada.
Hace un tiempo la imagen del funcionario
policial deteniendo a un padre bajo el reloj de flores de Viña del Mar,
sin importar la presencia de su hija pequeña, demuestra que a ese
servidor público se le ha creado una costra insensible al mínimo sentido
común y obró poseído por un instinto muy anidado o por una rabia
descontrolada, más que en uso de su razón y facultades.
Y
es común, dramáticamente cotidiano, ver cómo el Cuerpo de Carabineros
ocupa militarmente el territorio mapuche al que entra a sangre y fuego
sin importar niños enfermos, ancianos, muchas veces sin siquiera el
conocimiento de la autoridad civil que ya tiene por costumbre mirar para
otro lado.
Y, de nuevo, el amparo de la impunidad que lo
pudre todo: superiores jerárquicos que lo explican y comprenden todo, y
leyes inmorales que permiten, encubren y alientan conductas que rayan
con delitos graves.
O se vive en democracia o se vive en
dictadura. Pero no puede ser que para los efectos del control social
haya leyes y disposiciones que permitan a la policía seguir con el mismo
papel de verdugos de la gente, calcado a lo que sucedía en la
dictadura.
La falta de pantalones, o de faldas, en la
costra política que lo domina todo, no puede permitir la deliberación
política de Carabineros de Chile. Está visto que así se comienza y
cuando el sistema político intenta reaccionar ya es demasiado tarde.
En
este caso el Ministerio de Defensa y de Interior, deberían aclarar si
lo manifestado por el general Director fue o no con el conocimiento de
esas carte
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