En medio del reguero pestilente que deja el neoliberalismo a su paso
por su Chile, cuando asistimos al espectáculo de suciedades, estafas y
mentiras de una cultura que logró asentar sus raíces muy profundamente,
nos azota la infausta noticia de la muerte de un guerrero sin par.
Eduardo Galeano, nos ha dejado.
Como pocas veces la muerte
ajena es tan nuestra. Como pocas veces el dolor es tan íntimo cuando
este uruguayo de excepción, por cuyas venas corría el espanto y la
maravilla de su América Latina castigada, muerta y maravillada, nos deja
sin su palabra, sin su sencillez de hombre verdadero que fue capaz de
darle un sentido humano al ser intelectual.
Eduardo Galeano es un
hombre que dejó en nuestro continente el ejemplo de una pedagogía en la
que no separó su palabra a su acción, la que siempre estuvo del lado de
los castigados
Si ha de haber un mejor futuro para América Latina,
y si existe un horizonte de esperanzas para los más desposeídos, tendrá
el acento de su habla uruguaya y compañera.
Porque si algún
escritor de nuestro continente, si algún intelectual de este tiempo fue
un camarada del más desposeído, fue este hijo de América, que dijo lo
suyo que era también lo de los otros, de los ningunos, de los nadie.
Evoco un momento que nunca olvidé.
Yo
huía de no sé qué desatino clandestino perpetrado en la ciudad de
Temuco. Llegué a la imprenta Caliche que trabajaba a toda máquina en
pleno estado de sitio, mientras la maquinaria sangrienta de la tiranía
buscaba saciar su sed de sangre para vengar el intento de tiranicidio en
la emboscada del Cajón del Maipo.
Burlando medidas que no deben
burlarse en el trabajo clandestino, llegué a la imprenta en la que siete
obreros gráficos se mantenían estoicos en sus puestos, imprimiendo lo
necesario para dar a conocer los pormenores del atentado, denunciando
los crímenes de esos días y para burlarse del control férreo que ocupó
las ciudades en esos días de septiembre del año 1986.
Se trabajaba
a puerta cerrada, cantando tangos. Ahí dentro, en ese taller, armados
más de empeño que de tecnología, las escasa y precarias maquinas
gráficas y esos hombres se burlaban del tirano. No había tiempo de
pensar en el miedo. Esa pequeña imprenta había sobrevivido toda la
dictadura, a partir del mismo 1973.
Aldo Díaz, que oficiaba de
jefe, me dijo que esperara antes de acompañarme para recuperar mis pocas
cosas que intenté rescatar en mi huida no muy heroica desde Temuco.
De
pronto tocaron familiarmente la puerta de la imprenta y al abrir se nos
vino encima un pelotón completo de esbirros de la represión, armados y
violentos que entraron a la pequeña imprenta como quien asalta la
última trinchera enemiga.
Golpes, amenazas, gritos, armas que
apuntan, más golpes y más amenazas. El primero en recibir una andanada
de golpes es Aldo, luego todo el resto de los compañeros que en
silencio miraban cómo una producción completa de periódicos,
clandestinos, afiches, panfletos y folletos que intentaban denunciar e
informar desde la clandestinidad, eran descubiertos no sin asombro por
los agentes.
De un golpe, me dejan en un rincón de cara a la
pared mientras procedían al brutal allanamiento. Esa imprenta, que en
ese momento disponía sus medios y esfuerzos para resistir la tremenda
represión post atentado, tenía entre sus pecados el haber pirateado
varios libros, para financiar lo que la propaganda clandestina no podía
Desde
donde estoy, puedo ver al agente que hace el listado de los hallazgos
del comando. De pronto le llama la atención un libro. Lo mira por lado y
lado. Lo hojea. Lo ojea. Abre una página al azar. Lee. Abre otra y
vuelve a leer. Lo interrumpe otro de los agentes y él esconde el libro
por el momento en que da o recibe alguna orden. Vuelve a leer.
Me
doy cuenta desde donde miro, que es un ejemplar de Días y noches de amor
y de guerra. El agente intenta seguir escribiendo su lista terrorífica,
pero no puede. Vuelve a abrir el libro y sigue leyendo y solo cuando ya
estaba claro que el allanamiento terminaba con las máquinas destruidas,
los presos que irían hasta los subterráneos y un largo listado de
impresos rebeldes que alcanzaban para varios años de prisión, cierra el
libro. Y cuando se queda solo por un par de segundos, y se asegura que
nadie lo ve, se mete rápidamente el ejemplar en su chaqueta, como quien
comete una falta grave.
Han pasado casi treinta años desde
entonces y aún puedo ver con nitidez la cara sorprendida del agente que
en ese allanamiento descubrió un texto que obviamente algo le produjo.
No pretendamos que a la siguiente mañana haya despertado convertido en
un hombre bueno.
Pero, seguro, algo le hizo, porque una noche
después de la tortura, una mano silenciosa y anónima, me hace llegar a
la celda un cigarrillo encendido. Siempre pensé que era Eduardo el que
me lo mandaba.
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