martes, 23 de diciembre de 2014

El Hombre de los Discursos

Había un hombre que en cada oportunidad con mérito, se empeñaba en leer un discurso. Durante su prolífica vida, los escribió para cuanta ocasión era considerada por él una buena e inevitable oportunidad para emocionar a sus amigos con encendidos discursos de despedida, tristes y laudatorios en los funerales, alborozados y optimistas en los bautizos; pedagógicos e instructivos en los casamientos; amistosos y emotivos en las simples reuniones de amigos.  En sus comienzos, fue un personaje necesario para mentir algo del muerto o del festejado. Si fulanito emprendía el vuelo a otras latitudes, ahí lo encontramos ofreciendo los mejores deseos suyos y de los que representaba; si zutanito había tenido la mala ocurrencia de morirse, ahí lo vemos de riguroso luto, interpretando la tristeza que nos embarga a familiares y amigos que lloran tu anticipada partida; si mengano inauguraba la extensión de su estirpe con un retoño, helo ahí, encintado al pecho, anticipando buenaventuras en este niño que nos alegra con su frescura.
Y así. Pero como todo tiene su límite, llegó la oportunidad en que los amigos del Hombre de los Discursos, comenzaron a evitar los encuentros en los cuales estuviera el otrora sacador de apuros. Si había un bautizo, por decir algo, cada uno se encargaba de informar a otros en claves cada vez más alambicadas, de manera que el Hombre de los Discursos, no se enterara. Si había un funeral, soterradas voces se reproducían sin despertar la menor sospecha.  Si alguien se largaba a otros derroteros, señales iniciáticas ponían en actividad para traspasarse las coordenadas de la despedida, sin que el sujeto en cuestión, en tránsito de paria entre sus amigos, se enterara. Se deprimió cuando se dio cuenta que las personas no se morían, no se reproducían o no se largaban a otras latitudes y que sus anteriores cotos de caza, ruedos para sus verónicas, pistas para los pasodobles de su verbo hábil, fácil y grácil, ya no estaba considerando sus inestimable servicios. Pero el verdadero bajón, vino por la nostalgia de sus amigos. El temor de sus discursos, otrora útiles y hoy fútiles, había creado un abismo que lo alejaba de aquellos a quienes tanto quería. Un viernes temprano y lúcido, se encaminó con su máquina de escribir al río y desde el Puente Recoleta lanzó el aparato a las turbias aguas. Desde entonces, en las fiestas o celebraciones menos felices, es uno más de los amigos porque entendió que vale mucho más, infinitamente más, escuchar a tus amigos, que hacerles sufrir tus propios decires, por mucha buena intención se ponga en el empeño o por muy de moda que estén adjetivos y estilos, que si hay algo que nunca pasará al ámbito de las cosas olvidadas, será la sensación impagable de contar con personas que si bien no llevan tu sangre, por sus venas corre algo que se le parece mucho si se le mira de cerca.


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