Había un hombre que en cada
oportunidad con mérito, se empeñaba en leer un discurso. Durante su prolífica
vida, los escribió para cuanta ocasión era considerada por él una buena e
inevitable oportunidad para emocionar a sus amigos con encendidos discursos de
despedida, tristes y laudatorios en los funerales, alborozados y optimistas en
los bautizos; pedagógicos e instructivos en los casamientos; amistosos y
emotivos en las simples reuniones de amigos. En sus comienzos, fue un personaje necesario
para mentir algo del muerto o del festejado. Si fulanito emprendía el vuelo a
otras latitudes, ahí lo encontramos ofreciendo los mejores deseos suyos y de
los que representaba; si zutanito había tenido la mala ocurrencia de morirse, ahí
lo vemos de riguroso luto, interpretando la tristeza que nos embarga a familiares
y amigos que lloran tu anticipada partida; si mengano inauguraba la extensión
de su estirpe con un retoño, helo ahí, encintado al pecho, anticipando
buenaventuras en este niño que nos alegra con su frescura.
Y así. Pero como
todo tiene su límite, llegó la oportunidad en que los amigos del Hombre de los
Discursos, comenzaron a evitar los encuentros en los cuales estuviera el otrora
sacador de apuros. Si había un bautizo, por decir algo, cada uno se encargaba
de informar a otros en claves cada vez más alambicadas, de manera que el Hombre
de los Discursos, no se enterara. Si había un funeral, soterradas voces se
reproducían sin despertar la menor sospecha.
Si alguien se largaba a otros derroteros, señales iniciáticas ponían en
actividad para traspasarse las coordenadas de la despedida, sin que el sujeto
en cuestión, en tránsito de paria entre sus amigos, se enterara. Se deprimió
cuando se dio cuenta que las personas no se morían, no se reproducían o no se
largaban a otras latitudes y que sus anteriores cotos de caza, ruedos para sus
verónicas, pistas para los pasodobles de su verbo hábil, fácil y grácil, ya no
estaba considerando sus inestimable servicios. Pero el verdadero bajón, vino
por la nostalgia de sus amigos. El temor de sus discursos, otrora útiles y hoy
fútiles, había creado un abismo que lo alejaba de aquellos a quienes tanto
quería. Un viernes temprano y lúcido, se encaminó con su máquina de escribir al
río y desde el Puente Recoleta lanzó el aparato a las turbias aguas. Desde
entonces, en las fiestas o celebraciones menos felices, es uno más de los
amigos porque entendió que vale mucho más, infinitamente más, escuchar a tus
amigos, que hacerles sufrir tus propios decires, por mucha buena intención se
ponga en el empeño o por muy de moda que estén adjetivos y estilos, que si hay
algo que nunca pasará al ámbito de las cosas olvidadas, será la sensación
impagable de contar con personas que si bien no llevan tu sangre, por sus venas
corre algo que se le parece mucho si se le mira de cerca.
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