Después
de cuarenta años, tímidamente, se abre la esperanza de justicia para quienes
fueron torturados por un sujeto que solo por lo enfermo que está país, llegó a
ser alcalde de una de las más importantes municipalidades de Chile
Numerosos
testigos y víctimas han acusado por largos años las andanzas del ex coronel. Y
recién hoy los tribunales evalúan la
certeza jurídica que efectivamente el ex alcalde de Providencia sea un criminal
que no merece sino la cárcel.
Castigar
a un ser humano rendido, atado, aterrado utilizando técnicas de sufrimiento
propias de la más cruel barbarie, jamás ha podido señalarse como justo o
necesario o como un proceder basado en el honor militar.
Abusar
de un supuesto enemigo de una manera cruel y aberrante, como lo hizo un
contingente increíble de uniformados, no puede sino ser razón suficiente para
el baldón de la cobardía los defina.
Centenares
de miles de compatriotas entre asesinados, desaparecidos y torturados es el saldo
de los traidores y cobardes, entregados en cuerpo y alma a la más nefasta y
miserable de las ultraderechas del mundo.
Desde
entonces Chile quedó enfermo de dictadura. Solo así se puede explicar que
dirigentes políticos solidaricen abiertamente con un torturador y no pase nada.
Y que una aberración como esta se entienda como propia del juego normal de la
democracia, comprueba que nada puede estar bien en esta sociedad.
Los resabios
culturales de la dictadura han tenido una continuidad que lentamente ha sido
aceptada como normal. Una cobardía de rasgos distintos al del torturador
clásico, pero cobardía al fin, se permitió la inmoralidad de blanquear mucho de
lo hecho por el tirano, la mayoría de sus sicarios y sus más importantes
funcionarios.
En
Chile campea la esencia de la dictadura, aunque por otros medios. La
prohibición, la represión, el miedo, la ocupación militar, el castigo, el
espionaje, la amenaza, contra todo el que oponga una opinión diferente, se ha instalado
como una conducta normal.
A casi nadie
espanta ver en la televisión a sujetos que deberían estar purgando largas
condenas en la cárcel, y que, sin embargo, son destacados referentes de
sectores que animan la vida política del país.
Esa
misma que de vez en cuando estalla como una purulencia en que destacan los
negocios oscuros, los arreglos fraudulentos, las componendas que buscan equilibrar
las desvergüenzas de unos y de otros, sin que una ola de indignación diga lo
suyo.
Los
frutos del sistema político son una tragedia cotidiana cuyos efectos caen sobre
una mayoría que ha sido convencida que solo este orden es posible y que los
efectos sobre sus vidas son inevitables tanto como soportables.
Solo un
país enfermo que ha degradado a niveles alarmantes su auto respeto se puede
permitir las anomalías que resultan tan naturales y que forman parte del diario
vivir de millones sin que esas mayorías expresen lo que debería ser una
comprensible tanto como necesaria bronca.
La
población se ha vuelto temerosa del más mínimo cambio, vulnerable a los miedos que mantienen latentes los políticos en sus
discursos por la vía de convencerlos que
de nada vale intentar algo diferente.
Políticos
de pasado izquierdista, ahora parte del sistema, han derivado también en
huestes rendidas ante quienes subyugaron al país de la manera más aviesa y
perversa, y han devenido en amigos y cófrades que comparten el mismo tándem. La
diferencia entre unos y otros, reside en las explicaciones que se dan para justificarlo
todo.
Resulta
evidente que los rebrotes de la dictadura se niegan a morir y han tomado un
ritmo vertiginoso en el último tiempo. La oleada conservadora hace esfuerzo por perpetuar un orden que
desprecia a la gente.
Todos
estos años la pregunta, con variaciones de estilo o de énfasis, ha sido por qué
es posible el triunfo de los cobardes y los que reniegan, mientras que la gente
decente no hace otra cosa que mirar desde la vereda de enfrente. Y por qué ni
siquiera los más bravos de los tiempos duros hayan sido capaces de hacer algo
más que mantenerse en la reconvención eterna de derrotas y fracasos añejos.
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